Conclusiones San Sebastián 2019: De enmiendas y descubrimientos

El año pasado la falta de previsión y algunas decisiones poco acertadas de la organización del Festival de San Sebastián marcó la experiencia de la prensa que asistía al certamen. Hubo problemas para obtener entradas para determinados títulos y el sistema de gestión de las mismas para los acreditados parecía cercano al colapso por el tiempo exagerado, la cantidad de personas, las colas y la poca disponibilidad de las taquillas dispuestas a tal función. Lo primero que hay que resaltar para ser justo es la corrección de estos problemas por parte de la organización en su 67ª edición o al menos en su mayor medida. A pesar de que los primeras días se concentraban un buen puñado de películas con grandes expectativas, en ningún momento se pudo vivir instantes como los del año pasado, en los que se veía como se agotaban entradas para pases alternativos de público en pocos minutos. Además se han abierto las taquillas media hora antes y se ha impuesto un nuevo sistema claramente inspirado —así lo reconoce el propio José Luis Rebordinos— en el que se usa en la Berlinale. Un folleto diario con códigos asociados a proyecciones para presentar al momento, que no deja espacio a la improvisación y debería servir para cambiar viejos hábitos de quienes asisten. El sistema inicialmente no parece ahorrar tanto tiempo como sería deseable, pero hay que dar un poco de margen para adaptarse tanto por el lado del festival como de la prensa que hace uso de él.

Fuera de su Sección Oficial —que es analizada y cuestionado cada año de forma excesivamente rigurosa e injusta tanto a priori como a posteriori—, el Zinemaldia reconoce abiertamente en su programación y su criterio de selección su perspectiva de gran recopilatorio de lo mejor del año y de evento hecho teniendo muy en cuenta al público local, con misión de darle acceso al cine internacional de todos los perfiles. El cine de más prestigio en Perlas suele hacer sombra a todo lo demás y monopoliza la conversación (todo sea dicho de manera justificada en muchas ocasiones). Este año ha sido el del alegato a la libertad, el deseo y el perreo de Ema (Pablo Larraín)  [trailer], la sensualidad subterránea convertida en un delicado arrebato de pasión fílmico de Portrait of a Lady on Fire (Céline Sciamma) [reseña1, reseña2, trailer], la atmósfera perturbadora y el terror psicológico lovecraftiano de The Lighthouse (Robert Eggers) [reseña1, reseña2, trailer], la sátira social alocada y retorcida de la divertidísima Parasite (Bong Joon-ho) [trailer] y el costumbrismo rural y la fascinación del fuego como destructor interno y externo de las imágenes en O que arde (Oliver Laxe) [reseña1, reseña2, trailer].

También hubo pequeñas y grandes decepciones de autores de renombre. Soderbergh no estuvo a la altura en la lúdica y muy desigual The Laundromat [trailer], aunque Antonio Banderas y Gary Oldman hacen llevadero su metraje repleto de explicaciones de la corrupción financiera internacional a base de puro carisma. Explicaciones que encontrarían mejor sitio en un documental que en otro ejercicio autoconsciente de ficción metanarrativa que interpela al espectador constantemente, muy al estilo de Adam McKay en The Big Short (2015). El agotamiento parece contagiarse a Costa-Gavras en Adults in the Room [reseña1, reseña2, trailer] como recuento pormenorizado de la lucha del gobierno griego contra la troika y sus políticas de recortes abusivas. Dos horas de negociaciones sin salida, juegos semánticos, burlas a la democracia, reuniones y viajes con juegos de poder de por medio que más allá del laberinto burocrático intenta ensalzar la figura de su personaje protagonista Yanis Varoufakis hasta extremos ridículos y consumiendo su propuesta mucho antes de llegar a su conclusión ya conocida. Como farsa se toma demasiado en serio y como documento histórico aporta bastante poco en retrospectiva.

Seguramente el contexto en el que el Zinemaldia cobra más sentido y destaca sobre otros festivales es en su selección de nuevos talentos sobre todo de las cinematografías española y latinoamericanas, atravesando sus secciones de Horizontes Latinos, New Directors y la propias películas a competición. La inocencia de Lucia Alemany [trailer] y La hija de un ladrón de Belén Funes [trailer] son los grandes ejemplos de esta edición dentro del cine patrio. La primera con el costumbrismo tierno, las relaciones familiares y el difícil equilibrio tragicómico de una adolescente intentando mantener una vida propia al margen de sus padres, La segunda con la exploración del universo íntimo de pobreza, precariedad, soledad y marginalidad con una extraordinaria Greta Fernández de actriz protagonista.

La primera película uruguaya en competir en Sundance —Los Tiburones (Lucía Garibaldi) [trailer]— se posiciona como una de las propuestas autorales más estimulantes de esta edición, con una aproximación narrativa y formal muy en la línea de psicología hermética y observación, descomposición de la familia y crítica social tan característico de las corrientes estéticas y discursivas contemporáneas del continente americano. Por su parte y para terminar, la argentina De nuevo otra vez de Romina Paula [trailer] —con su mezcla de influencias y personalidad arrolladora en el guión, la escena y su propia interpretación— da una vuelta a lo que sería típico de un film que aborda la tan manida crisis existencial de la mediana edad. Todo a través de la experimentación con recursos formales y narrativos que aúnan la deconstrucción de su personaje con elementos de elaboración más clásicos de un relato que juega con la ficción y la realidad, con el punto de vista y nuestra percepción como espectadores. Descubrimientos todos ellos que dejan nuevas voces como legado y un potencial enorme para el futuro. Son realmente estas producciones las que definen y dan valor al Festival de San Sebastián, que en muchas ocasiones las sepulta mediáticamente y para sus propios espectadores con la confección de una programación que resulta saturadísima en el día a día para sus asistentes.