Comportarse como adultos (Costa-Gavras)

«Muestra, no cuentes». Es la principal premisa que cualquier director que se precie debería acatar a rajatabla. En el caso de Costa-Gavras es todo lo contrario, pues mediante una verborrea infinita y repetitiva, aderezada con toques de comedia barata y explicaciones de economía con lápiz y papel (!), el director de Z. (1969) nos cuenta la historia del proceso remodelador económico en la Grecia de Tsipras tirando de conceptos maniqueos —como acostumbra— y un renovado vacío en la imagen.

A grandes rasgos, es propicio comentar que Yanis Varoufakis, el que fuese Ministro de Finanzas hasta hace bien poco, es el protagonista indiscutible de la cinta. Se le presenta mediante una caracterización ensalzadora, de inquebrantable fe, pensada quizá solamente por un admirador púber y caricaturizado como el “héroe” frente a la tiranía de la UE, BCE etc. Y no puedo salir de mi asombro al pensar en cómo alguien que pasa de los ochenta —me refiero obviamente a Costa-Gavras— puede tener una vara de medir tan corta y ser tan maniqueo a la hora de narrar unos hechos, tan complicados, que escapan al redundante y aburrido “buenos contra malos”. Con diálogos tan sonrojantes como los que ensalzan a la izquierda radical o escenas tan sumamente planas que componen, insalvablemente, la totalidad de la película, somos partícipes de un espectáculo al más puro estilo televisivo. Donde la perspicacia del discurso se vende a uno de los extremos de una línea trazada por otros y la falta de sentido crítico —es decir, la ceguera— convierte esta película en una obra sin interés de ningún tipo.

Para algunos el asunto que se trata supondrá un acercamiento, sin dudarlo. Pero el atractivo que pueda tener el “hecho” se convierte en irrelevante cuando, al pasar los minutos y con ellos los planos —tan vagos y fútiles— te percatas de que lo mejor hubiese sido coger el libro del propio Varoufakis y leerlo con calma. Porque no hay ni un segundo para el silencio, ni un momento para apreciar una imagen. Todo son cortes rápidos, planos-contraplanos y una irritante falta de estilo que acaban por dilapidar la obra y convertirla en un mero pseudo-discurso político con aires de drama.

Adults in the Room carece de estética, de textura, de forma… Y el fondo se queda frío, inerte. Ahogado en un mar de palabras y números que sirven para ilustrar la más horrorosa de las Nadas.