Los extraterrestres y la serie Z se ponen en marcha en esta nueva sesión doble donde la arqueología cinéfila nos lleva hasta la década de los 80, donde descubrir dos piezas como la Zone Troopers con la que debutaba el también guionista Danny Bilson, y la particular incursión de Tim Kincaid en su La muerte ataca Nueva York (Breeders, 1986).
Zone Troopers (Danny Bilson)
Ya que estamos en un film de carácter bélico, pongámonos, para empezar, a pasar revista: ¿Hay batallas? Sí. ¿Hay acción? Sí. ¿Hay nazis malvados? Desde luego. ¿Arquetipos soldadescos? Que no falten. Y, cómo no, teniendo un presupuesto exiguo, ¿hay situaciones esperpénticas que, a su vez, resultan tremendamente divertidas? Dudarlo sería de herejes. ¿Qué falta entonces en Zone Troopers para pasar de ser un serie Z ‹pulp› de hazañas bélicas a convertirse en la fantasía psicotrópica resultante? Extraterrestres. Y vaya si los hay.
La idea es simple: unos soldados americanos tras las líneas enemigas, en una misión que no se acaba de entender ni de explicar, se encuentran de repente con una nave espacial averiada y rescatan a un ‹alien› que entablará amistad con ellos y los ayudará a enfrentarse a las malvadas fuerzas del Eje. A partir de esta premisa asistimos a un producto honesto, divertidísimo y carente de cualquier atisbo de racionalidad o de vergüenza en sus diálogos y situaciones. Algo que se siente como si el guion original fuera una película más de guerra en versión barata y hubieran añadido el elemento alienígena como el ingrediente enriquecedor definitivo.
Resulta un tanto difícil desgranar la película en base a criterios puramente cinematográficos, en tanto que las costuras de sus escasos recursos están latentes en cada fotograma. Actuaciones delirantes, efectos no tan “especiales” continuos, batallas multitudinarias con armas de plástico y un vestuario tirando a fiesta de disfraces voluntariosa. Nada que no se pudiera esperar. Lo positivo es, en cambio, la desvergüenza absoluta con la que todo está filmado y desarrollado. Un típico caso de autoconsciencia ‹trash› que funciona a base de subir la apuesta de lo improbable.
De hecho, una de las razones por las que funciona tan bien es que, detrás del desaguisado general, se respira humanidad y ternura. No solo en la confección del metraje, sino en el interés de que ese espíritu trascienda. Detrás de cada tópico, de cada diálogo infumable, de cada situación mal resuelta y peor montada, el factor credibilidad, sorprendentemente, impacta. No, no es que estemos ante un documental, ni mucho menos, pero uno llega a coger cariño a esos miembros del comando yanqui tan marcados en sus roles. Y lo mejor todavía: la presencia del extraterrestre y su posterior rescate del habitual científico nazi que quiere experimentar con él aumenta todavía más esa sensación, con un arco dramático que desarrolla competentemente sus cualidades humanas.
El mejor ejemplo de todo ello es el momento en que ese encuentro de civilizaciones se sella con el extraterrestre pidiendo un “piti” y fumándoselo con el resto del comando. Sí, aunque parezca casi paródico —y en cierto modo lo es—, este momento hace más por la inclusión y la multiculturalidad que otras obras con pretensiones más sesudas. Al final, Zone Troopers, de Danny Bilson, está lejísimos de ser una película de autor, claro, pero tiene más sello personal de lo que aparenta. Una fantasía ‹sci-fi› total y absoluta que, no a pesar sino gracias a sus fallos y carencias, resulta auténtica y disfrutable. Cine del bueno, popular; del que incluso un ‹alien› de goma hace soñar más que millones de dólares en CGI.
Escrito por Àlex P. Lascort
La muerte ataca Nueva York (Tim Kincaid)
La década de los ochenta fue un periodo dulce para el cine de ciencia-ficción, especialmente aquel centrado en el contacto extraterrestre. Por supuesto, la serie B explotó el tema en numerosas producciones. Mi compañero de sección ha rescatado la divertida y reivindicable Zone Troopers. Con La muerte ataca en Nueva York, me temo, hay que descender drásticamente en el abecedario, hasta alcanzar esas simas de desvergüenza y delirio inexplicable que marcan el cine de serie Z. Sí, digámoslo de entrada para poner sobre aviso a los espectadores más delicados: la película es mala a rabiar. El guion no hay por donde cogerlo, las interpretaciones son dignas de una función escolar (con Teresa Farley alcanzando cotas de inexpresividad absolutamente inéditas), el trabajo de cámara es tan rudimentario como el de una película de cine X (lo cual tiene su lógica, ya que su director venía precisamente de la industria del porno gay) y, en fin, cualquier apartado técnico y artístico que se quiera analizar roza o cae de lleno en lo lamentable. Pero, aun con todo eso, o quizás precisamente por ello, su visionado resulta casi siempre fascinante y agradecido. Es, en opinión de quien esto escribe, una película mala del modo correcto.
Lo es, para empezar, porque tiene un planteamiento tan delirante como divertido, a saber: unas esporas alienígenas se han esparcido por la ciudad de Nueva York, transformando a los infectados en horribles criaturas que, buscando la propagación de la especie, violan brutalmente a cualquier mujer virgen que se cruce en su camino (es decir, todo el reparto femenino), inseminándola y haciéndole incubar la nueva raza en una especie de nido extraterrestre subterráneo, localizado en los subsuelos del Empire State Building, símbolo de progreso y civilización humana y también figura fálica por excelencia. Los encargados de arreglar el entuerto son la doctora que ha atendido a todas las jóvenes violadas (la ínclita Teresa Farley) y un detective que arrastra un pasado traumático también ligado a las agresiones sexuales.
El ritmo es trastabillante, pero la película no aburre. El mérito es de una mixtura atractiva de ciencia-ficción zarrapastrosa y ‹body horror› (hay un par de escenas de mutaciones y traumas corporales bastante logradas, usando efectos prácticos gore de un modo que hoy nos hace sonreír con nostalgia), a los que se añade una sobredosis de erotismo que se traduce en una acumulación de desnudos gratuitos femeninos que servidor se niega a censurar, y que el bueno de Kincaid filma con una cámara lasciva atenta a cada centímetro de piel que queda al descubierto.
La guinda del pastel está, por descontado, en el humor involuntario: el desaliño, los malos diálogos, los malos disfraces (ese extraterrestre que parece salido de un capítulo de los Power Rangers) o la mencionada ineptitud del reparto (el momento glorioso en el que los dos protagonistas asisten a la descomposición grotesca de un cuerpo humano sin mostrar ningún signo de terror, perturbación o incomodidad, más allá de un leve arqueamiento de ceja) aportan no pocas dosis de diversión, rematada por ese clímax final en el que las jóvenes fecundadas retozan en una especia de bañera llena de semen alienígena, imagen descaradamente libidinosa que posee, también, una fuerte carga surrealista.
En definitiva, La muerte ataca en Nueva York no es para todo el mundo. De hecho, puede que no sea para casi nadie. Pero, dentro de su naturaleza de cine de derribo, supura cierto encanto ‹camp› y constituye una digna opción para una desprejuiciada sesión golfa con cerveza y amigos. Los amantes del cine ‹trash› (y del erotismo por el erotismo) harían bien dándole una oportunidad.
Escrito por Nacho Villalba







