
Con el estreno de Magallanes, una de esas voces atípicas de la cinematografía del siglo XXI llega por primera vez a salas; y es que pese a no ser inusual vincular el relieve que ha alcanzado el cine de un autor como Lav Diaz a la inconmensurable duración de sus propuestas, algunas de ellas situadas entre las películas más largas de la Historia, basta con aproximarse a su obra para alejarse de una concepción que, por pura lógica, se cae por sí sola. De entre sus diferentes (y mastodónticas) obras, que abarcan un trabajo formal meticuloso y no siempre fácil de asumir a través de narrativas que derivan las veces en un extraño paroxismo ya sea por la dilatación de sus secuencias más excesivas o por una comprensión muy particular de los mecanismos sobre los que desarrollar la propia narración, quizá Norte, the End of History sea uno de los títulos más apropiados desde los que alcanzar la comprensión de un cine donde esa expansión de estados (más que de escenas propiamente dichas) sirve para derrocar los preceptos de toda lógica o comprensión.
La razón sirve en tanto sus personajes son capaces de expresar inquietudes acerca de una sociedad moldeada lejos de su discernimiento, ya sea por los vestigios de una Historia dolorosa y todavía presente, o por los engranajes que rigen los distintos estamentos de dicha sociedad. En ese aspecto, la introducción de sus personajes centrales —por un lado Fabián, un estudiante aspirante a abogado con una profunda percepción moral en busca de rebeliones inalcanzables; y por el otro Joaquín, un humilde padre de familia trabajador— dispone una descripción pormenorizada que sirve para instaurar los cimientos de la obra.

Diaz dispone en el primer segmento de la obra, desplegado desde una narrativa que se parte en dos siguiendo en paralelo las historias de ambos protagonistas, largas secuencias donde el diálogo se apodera del camino de Fabián mostrando a un individuo con principios cuyo arrebatador nihilismo no parece tener límites, mientras por otro lado da forma al relato de Joaquín, un personaje que vive supeditado a su propio estatus e intenta forjar su vida familiar mientras hace frente a una usurera que se persona en su casa como si de una suerte de divinidad se tratara, desplazando cualquier atisbo de humanidad.
Norte, the End of History se desarrolla de este modo en secuencias que desgranan el carácter y la condición de sus protagonistas, pero que además acunan un meticuloso formalismo que permite al cineasta filipino otorgar a la imagen aquello que no siempre está implícito en el diálogo —como ese plano de Elisa, la mujer de Joaquín, en un oscuro callejón, quien termina allí empujada por las circunstancias después de que Fabián observe con perplejidad cómo la mezquina prestamista la expulsa del portal de su casa como si fuera poco más que un perro callejero—, y que vislumbra mediante su medido carácter visual —con un sobresaliente empleo de las luces y las sombras— las cualidades de un film que sin embargo se distancia del cálculo y la impostura para dotar a cada pasaje de una magnitud desde la que explora concienzudamente tanto el destino como las decisiones de sus personajes.

Es a través de esa concisión —que aporta el poderoso dominio estético de una trabajada puesta en escena— como Diaz halla la dimensión de una crónica que incluso en sus impulsos, en esos estímulos (aparentemente) desmedidos que surcan la obra de vez en cuando, sabe apuntalar cada arista con una determinación desde la que transitar nuevas capas. Ni siquiera los instantes que se pudieran antojar más atmosféricos precisan de elementos invasivos: destaca en ese sentido la ausencia total y absoluta de una banda sonora que canalice el significado de sus imágenes y les otorgue un distinto alcance.
Con ello, Norte, the End of History fluye con una normalidad que prácticamente se adapta a las posibilidades que se advierten en un relato que si atisba su verdadero calado es por la resolución de un cineasta imponente. La (des)humanización de sus personajes no solo va sujeta a las acciones de los mismos, sino asimismo del modo en cómo Diaz pondera cada uno de sus pasos y es capaz de conceder una mundanidad que se deriva tanto de su virtud como de su flaqueza, tanto de la compasión que rezuma la mirada de Joaquín en un contexto desfavorable, como de la huida apocada de Fabián, cuya moral termina enfrascada entre testimonios y sectas. Su verdadera naturaleza no se desliza de una condición y pensamiento que con facilidad se tornan cambiantes ante lo antojadizo de la vida, sino de una mirada donde lo humano, lo quebradizo y lo efímero constituyen la verdadera razón de caminos inescrutables, sea cual sea su transcurso.


Larga vida a la nueva carne.





