Cyril Aris… a examen

En la recién estrenada Un mundo frágil y maravilloso era el contexto social de una ciudad como Beirut —y, por extensión, de un país como Líbano— lo que intercedía en lo familiar, un espacio que el cineasta había visitado ya en la que fuera su ópera prima (en largo) tras las cámaras. Cyril Aris, uno de esos talentos a tener en cuenta que ha ejercido las veces como montador (en títulos como Death of NintendoCosta Brava, Líbano de su compañera Mounia Akl, que precisamente adopta uno de los roles centrales en su debut en el campo de la ficción), tomaba así como epicentro el hogar de sus abuelos maternos en The Swing, pieza documental donde la injerencia de aquello que escapa a nuestro control en el día a día —en este caso, la muerte— se antojaba ya sumamente importante.

Aris se arma así su cámara postrándola en distintos rincones del hogar familiar durante momentos de lo más dispares: desde una celebración para festejar los 90 años de su abuelo, hasta el vacío dejado, y esgrimido en más de una estampa, por uno de sus miembros. Sostenida en torno a planos fijos que otorgan más relevancia a las palabras que a las acciones —de hecho, en más de una ocasión secunda el ‹off› de las voces de sus antecesores divagando sobre aspectos de su vida actual, o evocando memorias de etapas pretéritas—, The Swing se muestra como un testimonio que recoge con sinceridad, franqueza y sin adornos uno de esos instantes en los que parece que todo avance carece de sentido, que ante el remanente de un periplo prolongado ya sólo queda esperar el fin.

La obra transita así sobre terrenos como la pérdida, la muerte, la enfermedad, el lugar en el mundo o incluso la existencia y, cómo no, lo efímero del recorrido propio, buscando, más que ofrecer reflexiones heterogéneas —que es aquello que, al fin y al cabo, se registra en las escenas capturadas por la cámara de Aris—, dar forma a una cotidianeidad que quizá no nos resulte afín, por el momento tan concreto que viven los protagonistas del film, pero que sin duda desborda una naturalidad difícil de percibir. Las reflexiones de ambos, en especial las de su abuelo, se filtran más como una forma de aceptar lo que vendrá que de postergar aquello que ya se antoja, en parte, lejano a lo vivido y lo sentido.

El mecanismo empleado por Cyril Aris, donde tan pronto la cámara se convierte en mero observador como se transforma incluso en objeto de comentarios a su alrededor o da pie a que el cineasta se inmiscuya en la acción, otorga las virtudes necesarias a un film que, potenciado por su equilibrado y perspicaz montaje y con aparentemente poco, haciendo a un lado la gravedad de los temas que se personan en él, logra instaurar una sensación de tránsito sin hurgar en el dramatismo del que se impregna el dolor en ocasiones retratado. The Swing propone así el adentramiento en un rincón íntimo y personal donde aquello impenetrable, imposible de controlar, traza nuestro destino. Una marca de identidad que el libanés extiende en Un mundo frágil y maravilloso, exponiendo un contraste y dualidad —sin siquiera necesidad de recurrir al humor— que alejan su visión del mundo de cualquier atisbo de cinismo y descreimiento para aproximarla a una imagen más cálida que, huyendo de toda afectación, aboga porque otras realidades sean posibles.

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