Empecemos con una verdad incómoda: para un hispanohablante de España, Chicuarotes es una película prácticamente incomprensible. Y no es una excusa para justificar una opinión cinematográfica; simplemente es una realidad que impide sobremanera interpretar correctamente ciertos pasajes del filme. La jerga callejera mexicana se escapa demasiadas veces a la comprensión, hasta el punto de perderse en ciertos diálogos que podrían —o no— tener una relevancia fundamental en la trama. Dicho esto, esta pequeña advertencia no supone un impedimento total para comprender tanto lo que sucede como la intención última de su director, Gael García Bernal.

Y es que la idea está más que clara: ofrecer un retrato de la marginalidad mexicana y cómo afecta a una juventud que se ve atrapada en la vorágine de la miseria, y cuyo dilema existencial no es tanto si delinquir o no, sino el grado adecuado que se debe aplicar para salir de ella. Con ello se nos ofrece un retrato cercano de sus protagonistas y su entorno, sin victimizarlos en exceso, dotándolos de la conciencia del problema del mal y el dolor que ello supone, pero guiándolos por un camino del que no hay salida.
No es, por tanto, una obra sobre la corrupción de la inocencia, sino un tratado cercano al determinismo, a una suerte de darwinismo social inexorable. Algo que se complementa con un entorno igualmente pobre, cuya única respuesta es ejercer más violencia comunitaria frente a los delitos. Un panorama que se presenta como un ecosistema casi cerrado, sin vía de escape, con una ley ausente que crea un caldo de cultivo idóneo para el drama, y donde el Estado y las salidas son prácticamente inexistentes.

En este sentido, Bernal pinta un lienzo impecable en cuanto a lo descriptivo. El problema surge cuando quiere que dicha fotografía tome movimiento y desarrolle la intimidad de sus personajes. Bernal parece querer establecer una cierta cercanía próxima al realismo documental, buscando que se sienta todo tan sucio y, si no real, sí lo más plausible dentro de lo posible. Sin embargo, en ese acercamiento falta estructura, guía e intención. No basta con poner a los personajes a hacer cosas y seguirlos con la cámara. Se trata de sentar un tono que no confunda la miseria y la locura adolescente con simples chascarrillos, que no haga de la ausencia de ley una excusa para giros de guion improbables porque “la vida es así”.
Ese es el principal problema de Chicuarotes, que acaba resultando tan interesante como una pequeña noticia de tres líneas en un periódico local. Queda desprovista de trascendencia, de un mensaje moral más allá de un titular manido. A la película justamente le falta lo fundamental: dirección, propósito y no mezclar la naturalidad con la ausencia de tono. Con todo ello se acaba produciendo lo contrario: una sensación continua de impostura e improvisación, como dando todo por válido en aras de un acercamiento a lo real que, a cada fotograma, se siente más y más lejano. Al final, el filme parece una pieza deslavazada en la que uno no sabe si está ante una comedia ácida (e involuntaria) o un drama con visos de universalidad al que le falta, desde luego, la contundencia mínima exigible.







