Cine maldito surgió de la ilusión y un acuerdo no verbalizado de aniquilar nuestro tiempo libre. Nos encanta el cine, no hay otra explicación. No vamos a disimular las canas que ya le asoman a nuestra web, así que celebramos nuestros primeros catorce años juntos ordenando caóticamente los primeros veinticinco de este siglo XXI. Lo hacemos con nuestras propias normas, nuestros exagerados gustos y un cúmulo de amor (y seguro que también odio) por esta colección de películas cuidadosamente seleccionadas que representan un lapso temporal de malditismo. Sumidos en un bucle como el protagonista de la favorita de nuestros redactores, It’s Such a Beautiful Day, os invitamos a descubrir la vida a través del cine.
Gracias por seguir aquí con nosotros.
It’s Such a Beautiful Day (Don Hertzfeldt, 2012)
En una escena de World of Tomorrow (2015), Emily 6 cuenta que, siendo niña, una vez mató un insecto y fue el día más triste de su vida. Por toda la eternidad, a lo largo del universo infinito, esta había sido su única oportunidad de estar vivo. Vista por primera vez en 2012 y por última en 2023, It’s Such a Beautiful Day sigue provocándome sensaciones difíciles de describir, como si fuera algo más que una película: forma parte de mí.
Don Hertzfeldt es uno de los pocos cineastas capaces de enfrentar al espectador con el vértigo de existir sin recurrir al cinismo ni al sentimentalismo. Sus trazos mínimos esconden un universo inabarcable.
Mientras aquí el protagonista observa cómo su mundo se resquebraja, la narración explora la memoria, el lenguaje y la identidad sin convertirse nunca en un tratado filosófico. Hertzfeldt encuentra lo infinito en un árbol cualquiera, en una conversación sin importancia, en la luz de una ventana o en la rutina de un paseo. Como si toda la grandeza del universo pudiera concentrarse en esos instantes que casi siempre dejamos escapar.
It’s Such a Beautiful Day no es una película triste ni rara. Es una celebración de la vida. Nos recuerda que, aunque el universo siga siendo incomprensible, merece la pena detenerse a contemplar nuestra única oportunidad de estar vivos… antes de volver a trabajar. [Alberto Mulas]
¿Qué vemos cuando miramos al cielo? (Alexandre Koberidze, 2021)
¿Qué vemos cuando miramos al cielo? se edifica desde un elogio, el de la contemplación, que contradice frontalmente los ritmos vertiginosos de la vida moderna. La cadencia fílmica de Koberidze, en el que supone su segundo largometraje, se desplaza a tiempos pretéritos, aquellos en los que lo inmediato no imposibilitaba dejarse seducir por la belleza de los detalles —tesis capital de su filmografía, que amplía desde las coordenadas del cine experimental en Dry Leaf (2025). Solo una persona enamorada como Koberidze (en este caso de nuestro mundo) es capaz de relatar como antaño (época en la que los animales aún hablaban) una parábola sobre las fuerzas implacables e insondables del amor.
El cineasta georgiano, heredero espiritual del también humanista Otar Iosseliani, esquiva hábilmente los lugares comunes del relato cuentístico, tanto narrativa —su film está plagado de digresiones, guiños metacinematográficos y ‹cul-de-sacs›— como formalmente, como demuestra en el delicioso primer encuentro de los enamorados. Así, solo un lunático o un genio podría encontrar el equilibrio en una crónica que nace de un maleficio y que no teme en combinar perros futboleros, equipos de rodaje y objetos inanimados parlanchines. Porque, como Koberidze advierte líricamente y sin excepciones, toda historia merece ser contada. [Maties Tugores] [+]
Goodbye, Dragon Inn (Tsai Ming-liang, 2003)
Solo un director como Tsai Ming-liang podía contener la trascendencia elemental de un siglo que se desvanece en la imagen suspendida de una sala de cine vacía. Con la inconmensurable Goodbye, Dragon Inn, esta figura esencial para la configuración del ‹slow cinema› mundial logró recoger el testigo de otro autor como si eso se tratase de una transfusión de memoria y celuloide, ofreciendo un sentido homenaje donde mostraba el Dragon Inn (1967) de King Hu en el mismo cine donde tiene lugar su película. Esta conexión —de tiempos, de espectadores, de miradas— cobra sentido desde la estampa donde Chen Shiang-chyi se asoma al interior de la sala mientras se suceden las imágenes del clásico del ‹wuxia›, en la que sería la última proyección de ese cine antes de cerrar para siempre.
Mediante este tipo de pliegues entre ficciones, la poética decadente de un final anunciado cobra especial sentido cuando Tsai Ming-liang observa a los mismos espectadores, estableciendo una serie de relaciones silenciosas donde se deshace de la épica y la aventura de lo que ocurre en pantalla para exponer un espacio deshecho y carente de ilusión. Desde esa mirada melancólica, el film opera como receptáculo de nuestra propia experiencia como observadores al apelar a nuestra incumbencia como parte de su cometido, ultimando sobre aquella imagen tendida donde el cine vacío funciona como símbolo de las ruinas de un tiempo que todavía sigue desapareciendo. Sin duda, una de las más bellas cartas de amor a la naturaleza primigenia del séptimo arte. [Víctor Dalmau] [+]
El caballo de Turín (Béla Tarr, Ágnes Hranitzky, 2011)
Condensar la importancia capital de una obra como El caballo de Turín es un ejercicio prácticamente imposible. Tarr se apoyó en la leyenda de Friedrich Nietzsche que afirma que el filósofo vio a un cochero maltratando a su caballo exhausto. Impactado por la crueldad mostrada por el cochero, el filósofo corrió a abrazar al animal, colapsando segundos después, sumergiéndose en la oscuridad más absoluta hasta su muerte.
Esta fábula evoca a la perfección el film. Se trata de un viaje a los infiernos, una obra atmosférica y nihilista como pocas. Pero el filme no se aproxima a la figura del filósofo, sino que centra su atención en los padecimientos sufridos por el caballo, el cochero y su hija protagonistas de la anécdota. Todos ellos sobreviviendo a las inclemencias meteorológicas resguardados en una cabaña aislada en un campo.
Ese escenario único servirá para edificar una peli construida a partir de unos pocos planos secuencia, lo que propiciará un terreno ideal para exhibir la monotonía y lo repetitivo de ciertas actividades cotidianas (las comidas, el aseo, el tedio de ver la vida pasar encerrado en una cárcel de cuatro paredes), contando con una puesta en escena minimalista, pero muy inquietante, que se apoya en un sensorial blanco y negro para reflejar la opresión y carestías presentes en un ambiente hostil próximo a un apocalipsis reparador. El mundo parece languidecer a través de impactos violentos, del barro que nos engulle, de la crueldad inherente a la condición humana perfectamente radiografiada por una cámara que sabe acoplarse a un entorno moldeado con un tacto muy físico donde se siente el peso de la mochila de la vida, cada vez más cargada e insoportable.
Aquí los silencios, los sonidos del viento, los pasos de los tres protagonistas hundiéndose en un barro abismal o el vacío existencial propiciado por un tiempo que nos salpica y desgarra el alma al no saber explicar el sentido de nuestra existencia, serán los ejes vertebradores de un filme cuya influencia ha sido clave en muchos cineastas de diversos estilos y pelajes. [Rubén Redondo]
Mandy (Panos Cosmatos, 2018)
Mandy supuso la consagración estilística de Panos Cosmatos, y lo hace con un trabajo que parece erigir un ecosistema quimérico en torno a una de las obras más populares de su padre George, Cobra, el brazo fuerte de la ley (1986). Ambas comparten el héroe solitario, la violencia como un ente ritualista y un siniestro culto como telón de fondo. Panos es fiel a la identidad visual de su predecesora Beyond The Black Rainbow (2010), para otorgarle al camino vengador del protagonista Red Miller una simbiosis sensorial en la que la redención del héroe se convierte en una pesadilla alucinógena.
Cosmatos le concede a esta historia de venganza un poso contracultural impulsado por una luminosidad apabullante, con un arco de personaje que se encamina directo a los infiernos a ritmo de ‹heavy metal›, bajo una psicodelia inabarcable y con tintes de una epopeya de tintes mitológicos. Tomando como base las narrativas más enrabietadas de las décadas de los 70 y 80, Mandy supone la consagración de un discurso narrativo plagado de una belleza perversa e incómoda, y para ello se sustenta del dramatismo de una tragedia griega con el fin de regurgitar un enfoque hacia el fantástico tan necesario como inspirador. [Dani Rodríguez] [+] [+]
El cuento de la princesa Kaguya (Isao Takahata, 2013)
La que fue una de las películas más esperadas y anticipadas del Studio Ghibli durante años se convirtió inesperadamente en un monumental testamento cinematográfico. El cuento de la princesa Kaguya es la película más preciosista y pulida de Isao Takahata, una animación de un trazo muy propio y diferenciado dentro de un estudio con un estilo muy marcado y que, a nivel narrativo y temático, dialoga de frente con el resto de una filmografía que, por su escaso volumen en las últimas décadas, permaneció en un plano menor al de Miyazaki, pero que combinó como pocas la versatilidad visual con la coherencia en la apreciación del mundo a través de sus personajes femeninos.
El último largometraje de Takahata es una obra indudablemente hermosa, realizada con gran empatía hacia su protagonista y apropiándose de la base narrativa de un cuento del folklore japonés para desarrollar su arquetipo de heroína enfrentada y frustrada por la opresión social y las expectativas en torno a ella. El resultado, delicado y rebosante a su vez de fuerza expresiva, enérgico y profundo, es un canto de cisne insuperable y, por el momento, la última obra maestra del Studio Ghibli. [Javier Abarca] [+]
A la deriva (Jia Zhangke, 2024)
Viajando de norte a sur, recorriendo espacios conocidos que se convierten en un reflejo de momentos pasados, Jia Zhangke nos permite reinterpretar los límites de su cine en la brillante A la deriva, donde el director utiliza imágenes descartadas de los rodajes realizados en los últimos 25 años y nos explica, de esa forma tan profunda y espaciada, una historia de amor llena de idas y venidas, conservando un reflejo de eso que parece sentir por su país, por sus calles, por la gente que habita en ellas.
Nos desplazamos con el sentido y con la memoria por las escenas de una película que nos hace vibrar a través de un inteligente montaje que consigue relatar algo nuevo a partir de algo descartado, algo que pueden disfrutar los expertos en el director por experimentar nuevas emociones en imágenes que resuenan como aquellas que ya una vez quedaron grabadas en la retina, mientras que aquellos que descubran esos personajes —que no necesitan el roce de la piel para descargar su apego— por primera vez vivirán, una experiencia impactante que va estilizando su mirada a lo largo del tiempo, uno que realmente ha reposado entre cada fotograma, porque A la deriva es cine, pero también es un legado histórico que confunde espacio y solemnidad en una película preciosista. [Cristina Ejarque] [+]
Caballo dinero (Pedro Costa, 2014)
«Costa es uno de los más radicales poetas cinematográficos en activo y este trabajo supone una consecuente acentuación de sus constantes, pero en su ensimismada naturaleza se apunta el peligro de que forma y abstracción devoren la vida que las nutre», escribió Jordi Costa sobre la película de Pedro Costa cuando se estrenó en 2014.
Sin embargo, nada hay más concreto que el rostro de Ventura y el modo en que narra sus recuerdos de la Revolución de los claveles. Nada más concreto que las palabras a través de la que pone en escena un pasado que Costa no quiere ficcionar ni recrear, porque considera que ya está inscrito en el cuerpo y la mirada de su protagonista, en su devenir vital y en la forma en que lo narra. Y nada más abstracto que los lugares comunes —maestro del claroscuro, heredero de Rembrandt, poeta de las sombras— con los que se intenta hacer pasar a uno de los grandes cineastas de nuestro tiempo por un mero formalista. [Rubén Téllez] [+]
No esperes demasiado del fin del mundo (Radu Jude, 2023)
Radu Jude es un cineasta que, a parte de hacerte 8 pelis, algún documental y varios cortos cada año, se caracteriza por retratar la realidad actual e histórica de Rumania en cada nuevo proyecto. Nada escapa a su mirada, la atmósfera dictatorial comunista, el odio al judío y ultranacionalismo del periodo de entre guerras y la propia Segunda Guerra Mundial y cómo en la actualidad el país afronta (o no) dicha carga histórica, pasando al ultra capitalismo donde tenemos de todo y encima muchas cosas que comprar —en contradicción con esa nostalgia impostada y difícil defender de que con el comunismo no había dinero y nada que comprar—.
Precisamente esta última vertiente del país es a donde nos lleva No esperes demasiado del fin del mundo, donde nos presenta a una persona desquiciada, Angela, haciendo horas extra por una miseria para una empresa extranjera, recorriendo Bucarest en interminables viajes de coche escarbando en las peores desgracias ajenas para un spot publicitario donde los accidentes laborales son presentados como culpa directa de las víctimas, mientras sube historias a Tik Tok jugando a ser el macho homofóbico definitivo e insulta y es insultado por el resto de conductores. Y por si fuera poco, aparece Uwe Boll.
Posiblemente su película más universal, porque retrata un país que, como casi todos países de eso que se llama Occidente, se parecen cada vez más entre si con sus trabajos basura y vidas alineadas. Al menos nos queda el consuelo de que no conducimos tan mal. [Pablo García Márquez] [+] [+]
El cielo rojo (Christian Petzold, 2023)
Christian Petzold, gran simpatizante del arte como punto de partida para formar o quebrar vínculos a partes iguales, introduce en El cielo rojo una llama, esa misma que lleva a su protagonista, Leon (Thomas Schubert), a pasar el verano junto a su amigo Félix (Langston Uibel) cerca de la costa del Mar Báltico, con el objetivo de terminar su novela y que se va menguando a medida que la figura quimérica de una mujer llamada Nadja (Paula Beer) va irrumpiendo en sus vidas de forma inesperada. La sombra de esta mujer poco a poco va adueñándose de la cabeza de nuestro protagonista; su amigo y el entorno parecen no adaptarse a su realidad. Su novela es su prioridad principal y aun así Petzold, a base de una deliciosa traslación del tiempo, hace que los movimientos se apaguen, las miradas cobren aún más vida y lo carnal se oponga.
El artista termina sembrando su legado en los recuerdos que nos deja, las piedras que se nos interponen y los rumbos que perdemos o que otros perdieron. Petzold firma en El cielo rojo una obra postmodernista que se ensalza por sus sutiles formas, la inocencia que encarna y los extractos musicales que envuelven el relato en ensoñaciones una vez esas miradas se cruzan y el fuego se expande. [Diego Gil] [+]
Historias extraordinarias (Mariano Llinás, 2008)
Cuando se dice que una película resulta muy literaria, se adivina siempre un tono de reproche. La literalidad del texto (se infiere) está ahí para anular o reprimir la capacidad expresiva de la imagen en movimiento, etc. Pues bien, Mariano Llinás, asumiendo un riesgo suicida, puede que haya filmado con Historias extraordinarias la película más abiertamente literaria de la historia del cine: por encima de cualquier otra cosa, esto es gran literatura, trasvasada de forma sutil (casi alquímica, si me preguntan) al medio cinematográfico.
El poder de la palabra, así como la fuerza y el embrujo derivados de la tradición del relato oral (de la que el film supone última expresión y alucinante monumento), refulge con una luz inédita, asombrosamente moderna, en esta película de cuatro horas de duración que se pasan volando, en un estado de curiosidad y fascinación sostenidas, al ritmo de una voz en ‹off› que sobrevuela las imágenes, dialogando con ellas de forma esquinada y atrevida; si algo tan descabellado funciona, es por el mayúsculo talento literario de Llinás. El resultado es una obra singularísima, compleja, de narraciones dentro de narraciones, de bifurcaciones y sorpresas, que, en última instancia, funciona como lo que es: un emocionante homenaje al arte de contar historias, al placer (puro, desnudo) de la narración. [Nacho Villalba]
Trenque Lauquen (Laura Citarella, 2022)
El colectivo argentino El Pampero Cine volvió a sorprender con su juego constante de reemplazo de la cabeza visible que timonea sus excelentes productos. Era el turno de Laura Citarella para dejarse arrastrar por la fabulación de las anteriores Historias extraordinarias (2008) o La flor (2018), ambas de Mariano Llinás, bifurcándose constantemente por terrenos del misterio, la investigación, la ciencia-ficción, la huida y el amor.
Dos hombres a la deriva muy distintos entre sí encuentran su brújula y nexo en la búsqueda de Laura, la mujer que dio sentido a sus vidas y que, tras desaparecer, deja unos huecos que la bizarra mecánica narrativa va recomponiendo acudiendo a saltos espacio-temporales; comenzando en ‹sotto voce› para ir tejiendo una trama, tan enigmática como dispersa, que termina por absorberte sin remedio. Trenque Lauquen resulta impredecible, escrita en el momento —tal como se nos presentan las letras de su título al final de la primera parte— y nos trae ese aliento indescifrable y conspirativo con mezcolanza de géneros que exploró Jacques Rivette en Out 1: Noli me tangere (1971). Desentrañar el misterio de la fuga a golpe de pluma errabunda, convierte esta obra maestra en un prodigio de la dislocación temporal, en la historia de una liberación femenina tan escurridiza, como insondable. [Estrella Millán Sanjuán] [+]
Inland Empire (David Lynch, 2006)
Inland Empire es una obra expansiva, visionaria y monumental, cumbre de una forma muy particular de entender la imagen cinematográfica en su tránsito hacia el digital, el nuevo macroentorno de Internet donde el tiempo pierde su huella física. En 2006, David Lynch reinyectó en la ficción cinematográfica el beneficio del enigma y el placer de la ambigüedad, como cuando Otto Preminger dejó dormido al protagonista ante el retrato de Laura (1944) o Ingmar Bergman desdobló la misma escena en Persona (1966).
Lynch, como artista poliédrico y plástico que fue, presumió de una insólita capacidad para serpentear por la memoria del espectador, y también por los túneles de sus emociones. Allí donde muchos cineastas han congeniado con una moda o seguido una tendencia, el autor de Mulholland Drive (2001) ya había intuido cuáles serían las tendencias del cine a diez años vista. En Inland Empire está latente el ‹creepypasta›, las ‹backrooms›, el miedo a la ‹deep web›, el lado oscuro de Hollywood que tantas veces se ha mostrado de forma superficial y, sobre todo, la voluntad de hacer del cine el medio por antonomasia de captación de los fenómenos irracionales. Porque el cine muere y renace siempre. [Arnau Martín]
Mind Game (Masaaki Yuasa, 2004)
A principios del siglo XXI, la animación japonesa mutó a favor de una fisicidad plástica insólita hasta la fecha. Podemos pensar en los trabajos surgidos de (la ya extinta) Gainax o Madhouse y nombres de la talla de Hiroyuki Imaishi o Mamoru Hosoda. En esta misma liga, la figura de Masaaki Yuasa —fundador de Science Saru— se erige desde una determinación autoral rotundamente libérrima, incluso para sus compañeros coetáneos. Su ópera prima, Mind Game, es una obra expansiva que resulta imposible asimilar todavía; rasgo que podemos constatar desde la propia imagen que sostiene de Dios: un ser sin una forma concreta que cambia su aspecto a cada segundo.
La película, por correspondencia, se desarrolla desde la continua subversión de este tipo de ideas, en un delirio febril que se retuerce mediante una ebriedad coral sumamente característica en su filmografía posterior. Sin embargo, en su interior habita la pulsión de un amor inmenso que sobresale a cualquier asunción romántica convencional, en una última secuencia donde la huida del interior de una ballena se transforma en un grito a favor de una estima sin barreras ni concesiones. Un hito animado que configura el imaginario excéntrico y brutal de un director profundamente influyente en la imagen del anime contemporáneo. [Víctor Dalmau]
En construcción (José Luís Guerín, 2001)
Antes de escribir sobre En construcción de José Luís Guerín, si uno se atiene a la dimensión artística del filme que se le pone delante, se deben medir bien las palabras y las ideas, en una operación similar, quizás, a la planificación urbanística de un barrio. Es menester plantarse ante la obra y mirarla de tú a tú, como ella hace con sus personajes, pues cualquier otro acercamiento sería deshonesto, sería injusto con el trabajo y la belleza presentados.
Finalmente se lanza uno a ello: a la labor de describir, de ensalzar, uno de los filmes más preciosos, delicados, humanistas, que este noble arte ha sabido, o podido, producir. Es un esfuerzo que rápidamente se vuelve vano y el escritor se topa con la realidad de que En construcción como las grandes películas, no necesitaba de palabras en primer lugar. Lo único que pide la cinta, lo único que se le puede ofrecer, es de ojos y oídos, de atención y de dejarse saludar por esos entrañables residentes del barrio chino, desplazados por un futuro que no pidió permiso, futuro desde el cual vemos ahora sus fantasmas. Sus historias valen la pena, menos mal que Guerín se dio cuenta. [Robert Gómez]
Aftersun (Charlotte Wells, 2022)
Haciendo nuestras las reflexiones de Roland Barthes sobre la fotografía, podemos decir que la imagen filmada es prueba de que «esto ha sido»: captura al mismo tiempo un cuerpo en su presencia pasada y en su ausencia presente. Algo fue y ya no es. Esta ambivalencia es la que articula Aftersun de Charlotte Wells, que retrata el último verano compartido entre un padre (Paul Mescal) y una hija (Frankie Corio). Son muchos los recuerdos felices en sus vacaciones en Turquía, pero anuncian ya su propia desaparición.
Wells nunca explicita este duelo anticipado que todo lo tiñe, sino que lo sitúa por encima y por debajo de la historia, es decir, en la forma y en el subtexto. Emplea hábilmente una combinación de formatos —35mm para los recuerdos veraniegos, MiniDV para los vídeos caseros que graban los personajes— para enfatizar la materialidad de la imagen y convertirla en la textura de la nostalgia. Y se detiene, observadora, en los gestos, la mirada, cada elección de Paul Mescal, en una interpretación llena de matices que le catapultó al éxito. La directora escocesa elabora así un retrato sutil pero demoledor de la pérdida, en un debut que sorprendió al mundo y cuya influencia solo unos años después en nuevas generaciones de cineastas ya es innegable. [Sara Gancedo] [+]
Casa de tolerancia (Bertrand Bonello, 2011)
Entre la magnífica filmografía de Bertrand Bonello, Casa de tolerancia es desde mi perspectiva su película más fascinante, y una imprescindible de esta selección maldita. Un film tremebundamente hermoso, fatalista y radical, que en sus formas suntuosas, abigarradas y barrocas, sobre esa tenebrosidad lumínica en ocres tan opresiva, consigue componer un retrato atroz de una problemática socio-cultural tan relevante en aquellos tiempos a caballo entre el último día del ochocientos y el principio del siglo XX, como lo es en la actualidad. Aquella noche remota, el sueño esperanzador de una puta desorientada prendió la mecha de un incendio narrativo que reconstruye con precisión quirúrgica todos los mecanismos de poder, dominación y crueldad que se ponen en juego en un burdel ente las mujeres y los hombres que las someten.
El tratamiento claustrofóbico del espacio filmado que desarrolla con virtuosismo el cineasta francés —recordemos que el título original del film alude a los recuerdos de una casa cerrada— se erige en la metafórica y clarividente expresión de la realidad de las existencias de Lea, Samira, “Cacà”, Clotilde o Madeleine, la mujer de la sonrisa trágica, el monstruo que se releva en el espejo acusador de los auténticos desalmados. Y desde luego la belleza lacerante de los rostros y los cuerpos femeninos, dentro de esas composiciones pictóricas, casi ornamentales, sumergidos en un erotismo diabólico y depredador por obra y gracia de la humanista sensibilidad de uno de los creadores más inspiradores del siglo que transitamos, consigue componer una mescolanza esplendorosa, una oda artística y beligerante de la aberración. Porque aberrantes —e inolvidables y descorazonadoras— son las lágrimas amargas de semen que brotan de los ojos preciosos de la Judía. [María Verchili Martí] [+]
Al primo soffio di vento (Franco Piavoli, 2002)
En Al primo soffio di vento, Franco Piavoli vuelve a su territorio esencial: la campiña lombarda como microcosmos donde lo íntimo se abre a una dimensión universal. La película transcurre durante una tarde de agosto, después de una comida familiar. Bajo el sopor del verano, los miembros de una casa burguesa se dispersan: unos leen, otros tocan el piano, otros vagan hacia el río o se abandonan al pensamiento. Apenas ocurre nada en términos narrativos, pero todo vibra bajo la superficie: el deseo, la soledad, la memoria, el cansancio, la atracción de los cuerpos y el peso silencioso del tiempo.
Fiel a su poética, Piavoli no explica a sus criaturas mediante la palabra, sino a través de sus gestos, sus respiraciones y su relación con el entorno. La naturaleza no funciona como decorado, sino como fuerza dionisíaca que rodea y desborda la clausura emocional de los personajes. Frente al mutismo melancólico de la casa, el mundo exterior canta, trabaja, respira, crece. Al primo soffio di vento es así una película sobre la incomunicación, pero también sobre la persistencia obstinada de la vida: basta un primer soplo de viento para que el deseo vuelva a circular entre las cosas. [Martín Cuesta]
Fallen Leaves (Aki Kaurismäki, 2023)
Ya apuntaba Gustave Flaubert que el proletariado lee los mismos periódicos y tiene las mismas pasiones que el burgués. Pasiones domadas, erosionadas y maltrechas, desdibujadas por una realidad sofocante, diluidas en una rutina exasperante. Hay quien no puede permitirse soñar, y nadie comprendió esto tan profundamente ni supo capturarlo en fotogramas como lo hizo Aki Kaurismäki. El finlandés representa, pues, la quintaesencia del proletariado: un cineasta obrero, trabajador y desencantado que no se deja deslumbrar por los efectismos fatalistas del cine europeo más academicista ni por el nihilismo imperante en él.
Es por ello que, en 2023, Kaurismäki presentaba Fallen Leaves, destilando la esencia de su ‹corpus› artístico en una pieza que, en ochenta minutos, denotaba toda la madurez creativa que el cineasta había alcanzado. La depuración formal, la reiteración de los motivos y, ante todo, el romance más desgarradoramente humano que el director haya firmado. A Kaurismäki nunca le han interesado las pasiones del verano ni los florecimientos de la primavera, pues toda su poesía se ha volcado siempre en la melancolía del otoño, en el porvenir de las hojas muertas que habían de encontrarse. [Mario Peña] [+]
Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018)
Después de una de las películas más influyentes del terror como fue It Follows (2014), David Robert Mitchell se lanzó a un proyecto tan bizarro como complejo. Y es que Lo que esconde Silver Lake no es una película que se pueda leer en la superficie. Es una muñeca rusa de capas y capas donde lo hipnótico puede resultar incluso una trampa argumental dónde fácilmente uno puede perderse. Pero ¿Qué esconde exactamente Silver Lake?
Pues ni más menos que una fotografía de lo que llevamos de siglo XXI. Un panóptico del engaño, la superficialidad y el abismo en el que esta sociedad hiperconsumista e hipersuperficial nos aboca en una búsqueda, tan agotadora como imposible, de aquello que llamamos felicidad. Lo que esconde Silver Lake es irónica en su retrato del vacío y sarcástica en el despliegue de sus motivaciones. No hay tregua en sus conspiraciones ni en su vocación multireferencial. Una película que bien podría ser el Ciudadano Kane (1941) de nuestra era pasado por el tamiz del desencanto y la banalidad más absoluta. [Àlex P. Lascort] [+] [+]
Millennium Mambo (Hou Hsiao-Hsien, 2001)
En 2001, cuando los pronósticos generalizados aprovechaban la bruma temporal para proyectar una idea ventajista de futuro simultáneamente inacabable y apocalíptico, Hou Hsiao-Hsien dio el pistoletazo de salida al nuevo milenio relatando en pretérito, y mediante una circularidad intermitente, la vida de una de las muchas jóvenes sobre quien cayó la obligación de definir los interrogantes del porvenir. La imagen de juventud que pintó el cineasta taiwanés, con la hipnótica Shu Qi como cara de una generación entera, es la de unos sujetos tan desarraigados de su pasado como de su futuro, víctimas de una actualidad en estado de permutación constante.
La luz fluorescente y los minimalistas y repetitivos ritmos de música ‹techno› conforman una estética del tránsito, barnizada de melancolía, que iguala la vida dentro y fuera de la discoteca como una sola experiencia prolongada. Ya desde su inolvidable secuencia inicial, Millennium Mambo es de esas escasas cintas capaces de eternizar, quién sabe cómo, la incierta momentaneidad de la vida, y gran parte del cine posterior aún le está en deuda por ello. [Carles Verdaguer]
Memoria (Apichatpong Weerasethakul, 2021)
No cabe duda de que el bueno de Apichatpong Weerasethakul puede resultar divisivo. Desde cierta consideración crítica que le consideraba el mejor cineasta del mundo hasta la corriente que habla de él como poco menos que un auténtico vendedor de humo. El tema es que cualquiera de estas posiciones es sorprendentemente defendible pero, más allá de esto, la sensación que me ofrece el tío “Apichat” es que es un auténtico jugón de las artes cinematográficas. Un bromista de la estética tan hábil tanto en desarmarte en un misterio insondable como en dormirte en un metraje destinado a una reparadora siesta zen.
Memoria es justamente esa paradoja fílmica andante. La búsqueda de un enigma, la persecución de una obsesión que, mediante un dispositivo formal basado en el sonido, convierte a la película en casi una especie de aventura ‹pulp› pasada por el filtro de lo autoral. Hay algo realmente subyugante en una trama que se retuerce en su concatenación de requiebros argumentales imposibles. Tantos que, en su desenlace, Apichatpong nos ofrece uno de los momentos más surrealistas y al mismo tiempo desternillantes como resolución final. Lo dicho, un auténtico bromista, el amo de todo de esto. [Àlex P. Lascort] [+] [+]
Meek’s Cutoff (Kelly Reichardt, 2010)
Unos cuantos años antes de la celebrada First Cow (2019), la prestigiosa cineasta estadounidense Kelly Reichardt ya había atacado una deslumbrante redimensión del más genuino género norteamericano con esta magnífica película, que se coloca con todo merecimiento en esta selección, tan potente en su análisis filosófico sobre los gérmenes fundacionales del Imperio de las barras y estrellas, como delicada, poética, en los mecanismos narrativos y expresivos que pone en juego en pantalla. Fiel valedora de su adscripción al más glorioso ‹slow cinema›, el relato épico en sus esencias de Reichardt transcurre con el ritmo pausado que caracteriza su propuesta creativa, componiendo una rigurosa contemplación minimalista y existencial de los detalles cotidianos como mimbre sustentador del análisis de las vidas de estos hombres y mujeres a la busca de un futuro prometedor en el lejano oeste.
Sustentado en unos primorosos planos fijos generales —evocando el cine de Terrence Malick, entre otros—, que como hermosos retablos animados, acogen a sus personajes en movimiento, sobre una coloración ocre de ese desierto errático de Oregón —recordemos que el atajo del guía Meek los coloca en una situación desesperada, perdidos y sin posibilidad de abastecerse de agua—, o radicalmente ennegrecida durante la noche infinitesimal, la directora acaricia una abstracción formal que no hace sino reforzar ese dilema moral apabullante sobre la confianza en los que solo podían considerar enemigos mortales. Y por supuesto, su militante perspectiva femenina, en la mirada y en la presencia magnética y providencial de la Sra. Tetherow, una soberbia Michelle Williams, termina por subvertir todos las convenciones del ‹western› para poner en primer plano la impronta humanista que tanto interesa a Reichardt. [María Verchili Martí] [+]
Frágil como o mundo (Rita Azevedo Gomes, 2002)
La joven pareja de Frágil como o mundo vive un amor prohibido y perseguido, pero nadie en la historia lo prohíbe ni lo persigue de manera explícita. Y, sin embargo, esa emoción se siente auténtica y consecuente, como lo es todo el proceso del amor y el enamoramiento que se retrata. Rita Azevedo Gomes realiza una película a primera vista más convencional y más lineal en su narrativa de lo que acostumbra, pero el resultado es una asombrosa demostración de la capacidad de la artista para extraer y purificar la emoción en el cine; incluso despojadas del contexto, la tensión y la urgencia se sienten con una intensidad mayor que si se identificasen de forma explícita en la narración.
La trama es simple, sí, y llueve sobre mojado, pero es ahí donde se obra el milagro, en cómo desde la familiaridad narrativa se construye y refuerza una complicidad íntima con el espectador, y en cómo a base de lirismo, de una evocación casi abstracta y una elocuencia sentimental admirable hacia sus personajes, Gomes elabora una de las historias de amor más apasionadas y bellas del cine. [Javier Abarca] [+]
An Elephant Sitting Still (Hu Bo, 2018)
La decadente imagen de una ciudad teñida de gris se cierne sobre cuatro individuos (aunque a fin de cuentas todos y cada uno de los personajes que recorren el relato vayan a hallar un panorama imbuido en la desesperanza) que serán los que otorguen cuerpo al primer y único largometraje dirigido por el cineasta chino, quien precisamente perdería la vida de forma trágica durante el proceso de post-producción del film.
Obra póstuma, pues, de su autor, An Elephant Sitting Still recoge la tradición del cine chino de Sexta Generación —hay concomitancias, por ejemplo, con el cine de Jia Zhangke, aunque el destino de sus personajes en este caso esté marcado por sus propias acciones— ensamblando un film que se cimienta sobre el diálogo, y que encuentra pequeñas fisuras a través de esas prolongadas tomas que gobiernan la narración y que las veces resaltan un silencio solo desplazado por los compases de su banda sonora, obra del grupo chino de post-rock HuaLun —como en la portentosa secuencia donde Wang Jin visita el geriátrico al que lo quiere mandar su hija—.
Un film que, en definitiva, escapa a las suspicacias sobre su duración y halla a cada paso una angosta respuesta que sin embargo no localiza sus virtudes en los recovecos del basto y doloroso camino que dispone cada relato —el empleo del fuera de campo resulta primordial en ese aspecto—, dando con una entereza y madurez en cada una de sus imágenes que seguramente la lleven a erguirse como esencial en la siempre estimulante geografía del cine del país asiático. [Rubén Collazos] [+] [+]






























