
Pablo Trapero es sin duda una de las figuras más importantes e influyentes del cine argentino del siglo XXI. Ya había demostrado una rotundidad narrativa sin concesiones a la galería en el que fue su debut en el largometraje (Mundo grúa, 1999), rematada y refinada con ese realismo sucio, del que haría gala a lo largo de su trayectoria, para radiografiar la sociedad argentina de su tiempo en su magnífica El bonaerense (2002).
En Familia rodante (2004), Trapero seguirá por estas vías, convirtiendo un viaje familiar que busca hacer realidad el último deseo de una anciana que ha sido elegida como madrina de bodas de una sobrina a la que no conoce, desde el Buenos Aires que alberga a la familia a Misiones, donde tendrá lugar la celebración (un estupendo ‹macguffin› articulado por Trapero para hacer suyo el verdadero objetivo de su obra de arte), en todo un trayecto vital y emocional que destapará muchísimas metáforas existenciales.
En este sentido el viaje se abrirá paso como un escenario móvil en el que sucederán cosas, todas ellas leves y aparentemente sin importancia, e igualmente, sin apenas conexión argumental, sirviendo ello como una comedia de la vida que muestra una sucesión de escenas, algunas alegres y otras tristes, implementadas sin ningún tipo de adorno ni floritura. Es por ello por lo que esta peripecia disfrutada en un viejo Chevrolet colectivo se transformará en una experiencia cinematográfica que señalará la carretera como espejo de la existencia.

Lejos de ser un plácido paseo turístico, la travesía se planteará como un combate diario por la supervivencia física, emocional y logística. No cayendo en el derrotismo barato ni en el drama lacrimógeno, sino empleando los artilugios de la comedia coral para insuflar humor cuando hace falta, pero también traumas amargos cuando todo se presta a ello. Exhibiendo la resolución de múltiples problemas mecánicos que ralentizan y estresan a nuestros protagonistas, que no serán meras excusas de guion para inyectar algo de suspense en la trama, sino que aparecerán como potentes batallas existenciales. Cada pieza que se rompe y cada parada en el arcén exigen inventiva, solidaridad y trabajo en equipo. Arreglar el motor será el modo en que la familia reafirma su negativa a quedarse parada y a no cumplir con el objetivo inicial que les obligó a reunirse y compartir trayecto.
Pero no solo asistiremos a estas incidencias mecánicas. También observaremos cómo una mujer tendrá que sacarse una muela ante el dolor que la caries le produce, cómo los peajes encarecen el viaje como también sucede con el repostaje de la camioneta en las gasolineras. Asimismo, asistiremos al despertar sexual de los adolescentes que se embarcan en el viaje y a discusiones entre cuñados.
También confirmaremos lo complicado que resulta cocinar apretados en un leve espacio, o lavar la ropa sobre la marcha e igualmente lo árido que resulta buscar dónde orinar cuando no hay un aseo a la vista. Asistiendo, finalmente, a la nefasta experiencia que tiene que sufrir la familia al tener que refugiarse por necesidad en un motel de mala muerte apestado de mosquitos.

Y es eso lo que le interesa a Trapero, mostrar, con ironía y sentido del humor, el viaje como lucha por la vida, la épica de lo cotidiano, donde cada situación se convertirá en un combate por la supervivencia emocional y física de los protagonistas. Esquivando en todo momento la idealización del núcleo familiar para mostrar su ambivalencia en la Argentina del colapso socioeconómico de principios de siglo. Una ambivalencia que se observará en ese clan presentado como refugio indispensable ante la ausencia de certezas institucionales, haciendo las veces de una tribu primitiva que contiene los problemas y cobija las penas. Pero también ese ente caótico, complejo, fuente de discusiones patéticas, de “cuñadismo” y resentimientos guardados durante mucho tiempo, que transforma ese refugio salvador en un volcán de incertidumbre y esperpento.
Además, me gusta mucho cómo ejecutó todo esto el autor de Leonera. Mimetizándose como una especie de Hermanos Dardenne roquero, tanguero y bufonesco (con mucho más sentido del humor que los belgas desde luego). Trapero no huirá de incluir banda sonora a su producto, sino que empleará la música como ornamento necesario y no como distorsión de la realidad. Explotando el recurso de la cámara en mano para articular encuadres asfixiantes en el interior del Chevrolet como si el espectador fuese un pasajero más de este vetusto vehículo, amplificando nuestra angustia a través de primerísimos planos donde observaremos el sudor de los protagonistas, sus ganas de sexo, el dolor de los golpes y las ausencias… Trapero tan solo renunciará a meterse como el más cotilla de los vecinos en la vida de la familia en las múltiples transiciones escénicas que tiene el filme, ejecutadas mediante ‹travellings› o panorámicas que exhiben los paisajes por donde discurre la trama (otro homenaje a los autores de El niño). Como los Dardenne, Trapero utilizará toda una serie de bocetos caóticos donde el guion no será lo importante, introduciendo elementos de fisicidad mediante conversaciones cruzadas e ininteligibles, risas, llantos o ruidos mecánicos que ensalzan la vida cotidiana y que muchas veces carecen de un sentido lineal clásico, enfatizando la observación de lo cotidiano y la fisicidad escénica y evitando subrayar cualquier tipo de línea argumental melodramática. El filme no emitirá ningún juicio de valor acerca del comportamiento de sus personajes, únicamente pondrá la cámara enfrente de ellos para estampar sus interrelaciones naturales, captando sus torpezas y aciertos, pero sin ningún añadido exógeno que entorpezca el objetivo principal: la filmación de la realidad extrema al más puro estilo documental.

Pero aunque es cierto que en muchos aspectos el filme podría parecerse a una película de los Dardenne, en cierto sentido Familia rodante conserva una personalidad propia, con un sentido del humor muy argentino y situándose en un momento de transición de las ‹road movie› sobre familias disfuncionales de finales del siglo XX y principios del XXI, en un momento en el que multitud de directores y geografías decidieron emplear este subgénero para tejer numerosos productos, tan similares como diferentes. Se ubica en un momento posterior a una cinta española que me gusta bastante, Carreteras secundarias (1997), otra tragicomedia que exploraba la intimidad nostálgica y amarga entre un padre y un hijo, sus problemas y también sus conexiones de un modo más clásico en cuanto a montaje y concepción técnica. Y anterior a otro artefacto tragicómico, Pequeña Miss Sunshine (2006), donde igualmente una familia se embarcaba en un viaje quimérico, en este caso, para llevar a la pequeña de la familia a participar en un concurso de belleza, sirviendo este hecho para igualmente radiografiar la complejidad de las relaciones cotidianas, pero con una estética más emparentada con el cine independiente USA frente al realismo social europeo que abrazó Trapero.
Y al final, todo tendrá solución. La meta será alcanzada tras el desgaste, las peleas y el sudor padecidos a lo largo de la odisea. La celebración de la boda será una catarsis repleta de fiesta, música, baile y euforia. A pesar de la consecución del objetivo final, la estructura de la película revela su carácter cíclico y trágico: la abuela, motor que movilizó a la familia a emprender el viaje, volverá a su hogar, sola, acompañada únicamente por sus mascotas y vecinas. La familia se ha evaporado. El caos desaparece y la cámara se detiene en un plano fijo que refleja la terrible soledad de la protagonista. El ciclo se cierra exactamente como empezó todo, dejando la imagen melancólica y serena de la abuela frente a su propio, e inevitable, desenlace existencial. Ese que aparece siempre al término de todo camino recorrido.

Todo ello convierte a Familia rodante en un bello cuento moral, que no moralizante, que sigue siendo una de las películas más conseguidas, frescas e imperecederas de Pablo Trapero. Y es que toda fábula que habla de temas atemporales tiene guardado para sí un espacio en la memoria colectiva futura.

Todo modo de amor al cine.





