An Elephant Sitting Still (Hu Bo)

El chino Hu Bo dirigió tres cortometrajes y escribió dos novelas antes de realizar este filme que será recordado por ser el único largometraje de un autor que se quitó la vida a los 29 años nada más terminar de rodar un debut que también se ha convertido en su testamento cinematográfico, pero ha sido una de las grandes sorpresas de la década. Se comenta que el director asiático luchó contra viento y marea con su productor por mantener la incendiaria duración de la película y que ése fue el principal motivo del suicidio; algo demasiado liviano y absurdo para ser cierto, y más teniendo en cuenta que el visionado del filme deja bastantes pistas sobre la personalidad de su autor y su descorazonadora visión del mundo que abandonó de un modo premeditado.

La narración se inicia, mientras se despiertan los cuatro protagonistas, con una voz en off que relata la historia sobre un elefante que se encuentra en el zoológico de una localidad cercana y que siempre permanece sentado. La gente, expectante e incrédula, se sitúa alrededor del animal y le tira comida, pero éste se hace el sueco y continúa con su sorprendente quietud. An Elephant Sitting Still se detiene en los acontecimientos que suceden durante un día en la vida de cuatro personas en una localidad industrial y desamparada ubicada en el norte de China. Una obra coral a lo Vidas cruzadas de Robert Altman o Magnolia de Paul Thomas Anderson en la que los protagonistas (salvo dos de ellos que ya tenían una pequeña relación de amistad) se van cruzando paulatinamente por culpa de las circunstancias y el azar. Tenemos a un matón amante del tabaco que se acuesta con la mujer de su mejor amigo y presencia una escena que cambiará su vida. Un anciano al que su familia quiere enviar a un asilo para hacerse con otra vivienda mejor situada. Un joven que vive una relación insoportable con su padre y ayuda a un compañero que sufre acoso en el colegio. Mientras hace frente al asunto tiene un percance violento que le obliga a abandonar su hogar. Y, finalmente, una amiga del estudiante que tiene que ejercer de adulta con su madre y guarda un secreto oscuro sobre su vida sentimental.

El pesimismo, la culpa y la decepción gobiernan todos los actos de unos personajes marcados por el egoísmo (que provoca que se evadan de la culpa de su estado), en constante conflicto con su entorno y con una agobiante situación psicológica, cargada de dudas existenciales. Hu Bo se detiene en unos incómodos silencios que señalan la incomunicación entre unos personajes que se engañan tanto a sí mismos como a sus interlocutores. No hay el menor atisbo de esperanza en ellos salvo, quizá, ese lugar donde se encuentra el animal que da título al filme y que nunca aparece en pantalla, aunque esté presente a lo largo de todo el metraje de un modo simbólico como vía de escape. De todos modos, la película se encarga constantemente de recordar, como dice el anciano, que por mucho que huyamos o cambiemos de lugar de residencia, el futuro será igualmente desolador (como dijera La Polla Records en los años 80, «ya no hay dónde huir»). La mayoría de personajes se comunican con frialdad con su interlocutor mediante frases breves y cortantes y el 80% del metraje incide en las disputas dialécticas. Nadie se encuentra cómodo con la vida que le ha tocado vivir. Y no es sólo un problema de los protagonistas, todos los secundarios se encuentran en un contexto igual de asfixiante.

La obra luce unos tonos grisáceos y apagados que encajan a la perfección con la poco motivadora ciudad en la que deambulan sus protagonistas. Una urbe sucia donde el cielo rivaliza en oscuridad con el tono de la decadente ciudad retratada. A pesar del característico ritmo pausado del cine de China, el movimiento de cámara resulta mucho más dinámico de lo que cabría esperar en una película de casi cuatro horas procedente de ese territorio y hay suficientes alicientes en la trama que impiden que nos durmamos en los laureles. An Elephant Sitting Still cuenta con una estructura narrativa muy interesante teniendo en cuenta que se trata del primer trabajo en forma de largometraje de un cineasta sin apenas experiencia. Entre sus innumerables virtudes destaca un excelente trabajo del objetivo (manejado manualmente en todo momento) que se aproxima a los rostros de los personajes y permanece como si estuviera flotando, generando una sensación hipnótica.

La cámara se despreocupa de casi todo lo que acontece en esa ciudad y se centra, casi por completo, en el purgatorio de estas almas en pena. Hay momentos que el movimiento del objetivo viene acompañado por pequeños efectos de sonido que nos introducen de una manera brillante en la psique de sus atormentados personajes cuando están absortos en sus preocupaciones. Hay otros donde la cámara se ve muy borrosa en las imágenes de fondo que acompañan a un primer plano. Un efecto muy poco pulido que hemos visto muchas veces con mejores resultados y que aquí podría intentar señalar lo distorsionada que ven la realidad estos personajes. Uno de los puntos más destacados es el excelente empleo del fuera de campo en las escenas más trágicas (que hay unas cuantas, presentes casi de un modo catártico) o del elefante que da título a la película.

Tampoco tiene desperdicio una banda sonora con evidentes reminiscencias del postrock (como no podía ser de otro modo con un entorno tan pesimista y melancólico) y un uso del efecto ‹delay› que recuerda a los belgas Cecilia::Eyes o a los japoneses Mono. Otro punto fuerte son las actuaciones de los cuatro actores principales. Todos crean personajes creíbles y a pesar de su constante avinagramiento y egoísmo terminan cayendo simpáticos por su cercanía y mala suerte. Incluso el supuesto malote que tiene que acometer la venganza tiene una losa psicológica que lo convierte en un ser tan vulnerable como encantador.

Aparecen situaciones (y no sólo por su exigente duración de casi cuatro horas) en los que el malogrado director y escritor chino recuerda (eso sí, con un mayor grado de nihilismo) a la lucidez y la profundidad de las obras corales de Edward Yang, sobre todo a la presente en Un día de verano por la abundante presencia juvenil. Como en esta joya del taiwanés, Hu Bo hace hincapié en la falta de comunicación familiar de unos personajes que se encuentran tan abstraídos en su desasosiego que no tienen capacidad de preocuparse por los demás. También se percibe una evidente influencia de Béla Tarr a la hora de otorgar lírica al pesimismo y la desilusión, y por la forma que tiene el objetivo de perseguir a sus personajes en sus largas caminatas, aunque el autor chino no utilice unas analogías políticas tan rebuscadas como las del húngaro. Hay un aroma a una de las escenas finales de Armonías de Werckmeister en un asilo de ancianos (que no encoje tanto el corazón, por fortuna). Además, coincide con el tema central de la peregrinación en Sátántangó.

También resulta inevitable acordarse de las historias urbanas de los primeros filmes de su compatriota Jia Zhang Ke, con quien comparte una visión similar de su país y la fascinación por los sonidos de obras y fábricas, aunque Hu Bo no le haga ascos a usar algunos elementos dramáticos que se encuentran fuera del ideario del director de Platform y Naturaleza muerta (al menos en la primera mitad de su filmografía, que es la que he explorado). No obstante, hay una gran diferencia; mientras los personajes de Zhang Ke se encuentran agobiados por el peso de la salvaje industrialización de China, los de Bo están a punto de caer por el precipicio en este aciago día.

Cine de altos vuelos por parte de un cineasta dotado de un humanismo, una sensibilidad (sin caer nunca en la sensiblería) y una capacidad de observación del comportamiento humano dignas de mención. Algo que incrementa notablemente el dolor por su prematura pérdida. Lo más llamativo es que Hu Bo tuviese el talento de extraer belleza de un relato tan intenso y tan poco condescendiente con sus personajes (y su entorno) y deparase uno de los finales más conseguidos del cine reciente.