El cine de… Wojciech Has (II)

Posteriormente, Has estrena en 1966 Manuscrito cifrado (El código) (Szyfry), adaptación de un relato breve de Andrzej Kijowski sobre el retorno de un hombre Tadeusz (interpretado por Jan Krezcmar) desde Inglaterra a Cracovia, 25 años después de la II Guerra Mundial, para averiguar qué le sucedió a su hijo pequeño y reencontrarse con su esposa e hijo mayor. Trata el retorno de un hombre a casa, a su pasado y a una ciudad, Cracovia, presentada a través de un plano único y naturalista desde el interior de un taxi, en torno a la búsqueda de un hijo. Excusa para rememorar una guerra, sus horrores y recuerdos, la distancia creada con la realidad actual y la propia familia, con la que apenas permanece vínculo afectivo.

Una película desasosegante, pesadillesca, kafkiana (muy marcada por la música de Penderecki en las partes oníricas), llena de simbolismo, belleza y elegancia. Bien rodada, con mucho movimiento de cámara y una eficiente puesta en escena, algo críptica pero interesante. Asoma en cierto modo la crítica política por la presencia de verdugos de guerra entre la gente de a pie; también transmite la sensación de depresión y grisura de una sociedad que describe un personaje con la frase «vivimos por debajo de nuestra valía» y, aunque frío y distante, es un film sin duda estimable que contiene muchas de las señas de identidad de su director, aunque aquí más apegado a una realidad social contemporánea, que esquiva en muchas de sus obras.

En 1968 Has estrena La muñeca (Lalka), su primera película en color, adaptación de la novela del mismo nombre de 1890 del escritor y periodista polaco Bolesław Prus y todo un clásico de la literatura polaca. Wokulski (interpretado por Mariusz Dmochowski) es un hombre de origen humilde y mentalidad moderna que alcanza una posición relevante como comerciante y empresario frente a una nobleza declinante, que le necesita para mantener su tren de vida, pero cuyo brillo anhela el protagonista, enamorándose de una joven (interpretada por Beata Tyszkiewicz) de familia noble venida a menos. Un film muy notable, ambiciosa e irregular. Una historia con aroma a Tolstói, que cuenta con algunos momentos impresionantes (hay un magnífico ‹travelling› con una música bellísima que acompaña en su paseo a una prostituta), una elaborada puesta en escena plagada de objetos de todo tipo (recargado a veces, pero habitual en Has, sobre todo en su última etapa) y tonos algo manieristas. Se presenta fragmentada (lo que a veces dificulta la conexión con el relato), pero en el fondo es un viaje al alma humana, a la relación entre pobres y ricos, nobleza y burguesía, los viejos y los nuevos tiempos y el anhelo de dotarse de una respetabilidad que la cuna no le ha dado, como última estación del deseado ascenso social del protagonista, entremezclando engaño, amor y pasión en el contexto de una sociedad compleja marcada por fuertes contrastes.

Cinco años tardará Has en estrenar su siguiente film, será en 1973 con El sanatorio de la Clepsidra (Sanatorium pod klepsydrą), quizás junto a Manuscrito encontrado en Zaragoza su obra de mayor trascendencia. Adaptación de unos cuentos del escritor y artista Bruno Schulz, la película cuenta la visita de un joven judío a su padre en un extraño sanatorio.

Premio del Jurado en el Festival de Cannes y muy valorada a nivel internacional, Has lleva al extremo algunas obsesiones de su cine con esta película inclasificable, con una sobrecargada presencia, en lo que parece ser una ensoñación abigarrada e irreal, llena de símbolos, con claves de la cultura judía-polaca, que a mí me resulta ilegible. Reconozco su complejo diseño de producción, su música y escenificación, y me gusta su inicio en un tren y la expectativa de lo que encontrará el protagonista, Jozef (interpretado por Jan Nowicki) en el lugar al que se dirige. Pero, a partir de ahí, la saturación e incomprensión ante lo que pasaba por mis ojos me condujo primero al desasosiego, para terminar en puro aburrimiento.

Pasa a veces que, como espectador, quizás uno no sabe entrar en la historia. Aún así, el prestigio de este film me condujo a un esfuerzo de sobredocumentación tras su visionado, a la búsqueda de claves perdidas que quizás había pasado por alto. Pero tampoco esto fue satisfactorio, ya que todos los análisis son complejos, algo indeterminados y ninguno me permite conectar o reengancharme a una narración que me es ajena.

Asistí a su pase en la Filmoteca Española, la vi en pantalla grande, en una magnífica copia restaurada y con el esplendor de todo su color y puesta en escena. Mi presencia en esta sala, sin ser constante, es regular a lo largo del tiempo y he observado a un grupo de personas que se colocan en las primera filas, aparentemente entendidos y que en cierta manera parecen conservar las esencias cinéfilas del lugar. Pues se levantaron casi en pleno, en mitad del film, no sin realizar previamente algún aspaviento de hastío. Y, claro está, si ni siquiera los guardianes del templo han podido, qué puedo decir yo… Un film con el que conectas o no, pero al que sospecho que el tiempo le ha pasado una factura que dificulta su visionado, sólo ceñido a cinéfilos muy audaces.

A pesar de gozar del momento de mayor prestigio profesional, se abre un paréntesis de 10 años en el que Has no estrenó ninguna película. Algunas acusaciones de filosemitismo en su último trabajo, la llegada de un nuevo cine polaco con figuras como Kieślowski o Holland, de las que se desmarca por su excesivo realismo, y años de esfuerzo para levantar sin éxito un proyecto, El burro tocando la lira, hizo que acabara volcado en la docencia, concretamente en la escuela de cine de Łódź.

Al fin, en 1983 estrena Una historia aburrida (Nieciekawa historia). Adaptación de un obra de Chéjov, nos narra la vida de un viejo y prestigioso profesor de medicina desilusionado con la vida. Has aborda el relato, alejándose de films anteriores, desde una mayor quietud y sobriedad, para contarnos las andanzas de alguien que ya no es ni quiere seguir siendo, en lo que parece el testamento vital de un hombre derrotado por la vida al que ya todo le es ajeno.

Has sigue reconocible en forma de crear escenas, el tono crepuscular y reflexivo, alguna ensoñación, la continua presencia de las ventanas y una música espectral muy interesante de Jerzy Maksymiuk que nos lleva del sueño a la pesadilla. De ‹tempo› lento, pausada y plagada de diálogos llenos de hondura, la siento influida por Ingmar Bergman. Se trata de un film fiel al texto de Chéjov, reproduciendo con exactitud muchos detalles de su obra, en una historia que nos conecta con el protagonista de La muerte de Iván Ilich de Tolstói. Crepuscular y con la muerte de fondo, buena parte de la valía de este film está en la impresionante y contenida actuación de Gustaw Holoubek. Se trata de una gran película, una obra profunda y conmovedora

Dos años después en 1985, con El escritor (Pismak) adapta la novela de Władysław Terlecki, con guión del propio autor, sobre un periodista satírico que es recluido en una cárcel en la I Guerra Mundial y que toma notas sobre sus compañeros de celda con la intención de escribir una novela basada en ellos.

Un relato austero, sin apenas movimiento de cámara, mezcla de realidad y ensoñación, donde no queda claro lo que ocurre, qué es realidad o delirio o qué es presente o pasado, en el contexto del proceso de escritura. Lenta en exceso y demasiado discursiva a ratos, en el fondo parece pretender reflexionar sobre el sentido del arte conectado con la verdad como una constante deformación de la realidad. Más allá de su protagonista, el escritor interpretado por Wojciech Wysocki, no se profundiza demasiado en el resto de personajes, lo cual termina redundando en el desarrollo de una película que parte de una idea interesante pero no del todo bien desarrollada.

En 1986 estrena Diario de un pecador (Osobisty pamiętnik grzesznika przez niego samego spisany). Adaptación de una novela gótica del siglo XIX del novelista escoces James Hogg, cuenta la historia de un muerto llamado Robert (interpretado por Piotr Bajor) quien tras ser desenterrado de su tumba nos relata su vida.

Los primeros minutos son puro cine de zombis, que Has utiliza como preámbulo de un relato bien ejecutadogmu técnicamente, con ‹travellings› y planos elaborados y bien planificados, en la que se nos muestra el tema de la dualidad. Un personaje con dos almas y dos naturalezas en un contexto de terror, crímenes, posesiones y fantasmas, con estética romántica y destinos marcados, que acaba configurándose como el juicio a un muerto. El director se zambulle en los territorios del terror gótico desde una mirada muy particular y ajena a los parámetros del género, incidiendo en las cuestiones existenciales, pero incapaz de transmitir el horror verdadero de una historia que se nos presenta algo acartonada e impostada.

Has pondría punto final a su carrera en 1988 con Las tribulaciones de Balthasar Kober (Niezwykła podróż Baltazara Kobera), que adapta una novela del francés Frédérick Tristan, sobre la historia de un joven huérfano que recorre la Alemania del Siglo XVI asolada por la peste y su encuentro con diversos personajes. Film barroco, compendio de muchas de los obsesiones del cineasta, en el que se entremezclan vida y muerte, realidad y sueño, teología y conocimiento, plagado de simbolismo y abstracción, con el que no empatizo en su conjunto, aunque reconozco la belleza y profundidad de algunos momentos, con un gran último plano que no puede simbolizar mejor el final de la carrera de un director como Wojciech Has, representado por el barquero Caronte que nos lleva al inframundo.

El polaco ya no volvió a dirigir, continuando con su actividad docente en Łódź, vio como Manuscrito encontrado en Zaragoza era reivindicada como una obra maestra clave del cine por directores como Scorsese y Coppola durante los 90 y falleció en el 2000 a la edad de 75 años.

Wojciech Has nos ha dejado una obra clave del cine, que le ha colocado en la historia del séptimo arte, pero a la vez ha enterrado casi al olvido al resto de una remarcable filmografía con un claro sello de identidad autoral. Creador de atmósferas oníricas, laboriosas puestas en escena, magníficos ‹travellings› laterales, movimientos de cámara complejos y un adaptador literario capaz de superponer el significado visual de sus imágenes a la propia trama, lo cual retroalimenta el lenguaje literario con el fílmico de una forma muy particular. Influido por el surrealismo y la fantasía, plasmada a través de la mezcla entre sueños y realidad, se movía muchas veces en un estadio de ensoñación e irrealidad protagonizado por unos personajes habitualmente solitarios y obsesivos (donde destaca su actor fetiche Gustaw Holoubek, presente en más de la mitad de su filmografía). Has le daba importancia al tiempo, al significado de la existencia, usando referencias como las ventanas o los relojes, algo que evolucionó a lo largo del tiempo, desarrollando unos primeros dramas minimalistas, para desatarse en una etapa final más simbólica y barroca. Además de Manuscrito encontrado en Zaragoza, merece la pena descubrir films extraordinarios como El nudo corredizo (su debut en el largo) y Una historia aburrida, o piezas notables como La despedida, Cómo ser amada o La muñeca, o en general el grueso de una filmografía capaz de transmitir sensaciones e imágenes cargadas de poder y significado.

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