El ‹body horror› más atípico llega a nuestra sesión doble con dos títulos que afrontan el género desde una perspectiva distinta: en primer lugar nos encontramos con uno de los maestros modernos del género como Shinya Tuskamoto, que en 2004 dirigía Vital; y por otro con el potente debut de Carlo Mirabella-Davis portagonizado por Haley Bennett con Swallow.
Vital (Shinya Tsukamoto)

Vital podría parecer, sobre el papel, una película bastante alejada de los impulsos más físicos y desquiciados del cine de Shinya Tsukamoto, pero en realidad vuelve a moverse alrededor de algunas de sus obsesiones habituales: el cuerpo, la identidad, la memoria y esa frontera cada vez más difusa entre lo humano y la muerte… aquello que queda cuando la vida desaparece.
Hiroshi sobrevive a un accidente de coche en el que muere su novia y pierde por completo la memoria. A partir de ahí, su aproximación al pasado pasa por un lugar tan extraño como coherente en la narración: las clases de anatomía. Frente a un cadáver que poco a poco empieza a resultarle familiar, el protagonista intenta reconstruir aquello que su mente ha borrado. La película convierte así la disección en una forma de investigación sentimental, como si conocer un cuerpo pudiera servir también para recuperar a la persona que una vez lo habitó.
Es una premisa que encaja con lo que Tsukamoto tiende a ofrecer, pero Vital la desarrolla desde un registro sorprendentemente contenido. Aquí no encontramos la energía descontrolada de Tetsuo ni la agresividad formal de buena parte de su filmografía. El director se toma su tiempo para observar, escuchar y construir una atmósfera en la que la realidad y los recuerdos parecen pertenecer al mismo espacio. El frío y clínico escenario de las disecciones contrasta con unas imágenes de memoria mucho más cálidas y oníricas, mientras el sonido de los instrumentos, el lápiz sobre el papel o el contacto con la carne aportan una incomodidad que nunca llega a convertirse en auténtico horror, aunque te llegue hasta el tuétano.
Vital utiliza el cuerpo muerto sin convertirlo en un espectáculo morboso. La anatomía funciona como una puerta hacia cuestiones más abstractas. ¿Hasta qué punto somos lo que recordamos? ¿Puede permanecer algo de una persona después de que su cuerpo haya desaparecido como individuo? ¿Es posible reconstruir una relación a partir de fragmentos que ya no sabemos si pertenecen a la memoria o al deseo?
Tsukamoto encuentra algunas respuestas en imágenes de una belleza considerable. Hay escenas realmente hipnóticas y un lenguaje visual que confirma la madurez de uno de los maestros del ‹body horror›. También el sonido tiene un peso fundamental y contribuye a esa sensación de estar viendo algo suspendido entre el sueño y el despertar.
Es verdad que la película no siempre consigue que esa contemplación resulte igual de estimulante, pues su ritmo pausado se corresponde con el estado emocional de Hiroshi y eso también provoca cierta distancia. La historia es relativamente sencilla y, en determinados momentos, da la impresión de que Tsukamoto confía demasiado en la atmósfera para sostener una narración que necesitaría algo más de desarrollo.
Aun así, Vital es toda una peculiar experiencia. Es un Tsukamoto más delicado, menos visceral y bastante más melancólico, pero no por ello menos interesado en explorar qué significa estar vivo dentro de un cuerpo. Puede que no sea una de sus películas imprescindibles, pero sí una obra en la que la carne deja de ser un lugar de violencia para convertirse en un espacio de recuerdo, pérdida y despedida.
Escrito por Alberto Mulas
Swallow (Carlo Mirabella-Davis)

El territorio del ‹body horror›, ya desde los tiempos del primer Cronenberg, se ha prestado a ser un vehículo para ir algo más allá de la casquería o de las imágenes impactantes por lo gráfico de las mismas. Se trata de poner de manifiesto, principalmente, la verdadera cara del miedo. Un temor que puede ser individual —un trauma no superado, una angustia ante cosas que a veces pueden parecer insignificantes, cierto—, pero que fundamentalmente se encarga de exponer miedos colectivos.
Miedo al futuro, a las nuevas tecnologías, o al mismo presente de una sociedad que, de forma velada, se siente al borde de una descomposición que tiene su reflejo en las mutaciones del cuerpo a las que asistimos. Dentro del subgénero, Swallow es una ‹rara avis›. No hay un cambio propiamente dicho, pero sí un comportamiento corporal extraño: el hábito de comer todo tipo de objetos.
Lo interesante es que, aunque hay un diagnóstico médico para este desorden, el film de Carlo Mirabella-Davis opta por usarlo de forma metafórica para crear una analogía que no se circunscribe a una sola dinámica. Aquí se va de lo individual a lo colectivo. La ingesta, pues, funciona como placebo de un trauma individual oculto y, a la vez, como respuesta a una situación familiar opresiva y asfixiante.
Swallow se inicia con una suerte de planteamiento —con su puesta en escena colorida incluida— que remite a los dramas sociales de Douglas Sirk. La situación es de sobra conocida: una mujer atrapada en un matrimonio convencional, forzada a ser poco más que un objeto más de la colección de los caprichos de un hombre abusador. Lo interesante es que ese escaparate de felicidad no se rompe a través del escapismo, sino de la interiorización; de la deglución del objeto material que la apresa.
El desarrollo, chocante en su planteamiento, huye deliberadamente de lo desagradable visualmente para centrarse en lo psicológico; en crear un descenso al infierno personal donde la ingesta acaba por convertirse en un círculo vicioso. Cuanto más fuerte es la opresión, más engulle la protagonista, y cuanto más engulle, más degradante se vuelve su realidad cotidiana. Sin embargo, el film ofrece una salida inesperada, una revelación impactante que pone de manifiesto que lo matrimonial no es la causa, sino la consecuencia de un trauma interno más profundo.
Es aquí donde asistimos a una resolución que evidencia la necesidad del empoderamiento y, a la vez, del perdón: tanto al que te genera dolor como, al final, a uno mismo. Esto, que puede parecer fácil, se trata de forma muy frontal, seca, cruda y, a la vez, con la delicadeza de quien sabe que está tratando un tema serio pero no quiere moralizar sobre ello.
Swallow, pues, no es un film de terror, aunque mucho de lo narrado resulte pavoroso. Este es un film sobre el daño que nos infringen y cómo puede acabar por hacernos creer que el dolor es la solución. No; Swallow nos pide combatir el dolor con la aceptación y la confrontación como la única forma viable de escape, de redención. Y funciona.
Escrito por Àlex P. Lascort





