Los días libres (Lucila Mariani)

Nos acostumbramos a que el proceder adolescente sea tosco, llevado por una naturaleza hormonal que se apropia de sus sentimientos y su forma de proceder, del más sosegado al plenamente alterado por los acontecimientos, todos fluyen a través de impulsos eléctricos que se trasladan a las cámaras de directores debutantes que intentan atrapar ese recuerdo que convive con ellos, adaptado a sus incipientes intereses cinematográficos.

Lucila Mariani intenta salirse por la tangente con Los días libres, donde sí, una adolescente convive con un verano, una intención de encajar en el universo y un entorno que no atiende sus inquietudes, pero su interés por vaporizarse y desaparecer —algo muy propio de esta etapa vital— toma un sentido cósmico que convierte la propuesta en una ‹rara avis› en la que perderse por unos instantes.

Para Bego, que está en ese ‹impass› estival en el que el tiempo parece estancarse, el ‹shifting› es su única preocupación. A través de uno de esos chats en el que muchos adolescentes se perdieron en otra época en busca de respuestas a preguntas no formuladas, la joven intenta alcanzar esa puerta a una nueva vida, dominada por los intereses propios que el proceso del ‹shifting› promete. Una luz tenue en una habitación teñida de azul donde tumbarse en el suelo y buscar ese estado de eterna vigilia se contrapone a la rutina diaria de Bego, donde encontramos la distancia generacional con sus padres y la emocional con las que deberían ser sus amigas. Lucila Mariani busca un desequilibrio constante para una protagonista silenciosa y observadora, a la que poco le importa lo terrenal más allá que como vía para alcanzar ese otro lugar desconocido. Escueta en palabras y gestos con su normalidad, cambia a torrente informativo en el chat donde conecta con una joven brasileña que quizá sepa descifrar las claves que le llevarán a ese otro lugar.

La película que propone Lucila Mariani es contemplativa, misteriosa. Se apoya en lo empírico, como es un eclipse y lo convierte en algo extravagante y místico, capaz de doblegar la voluntad de los hombres bajo la perspectiva caprichosa de las necesidades de Bego. Porque Bego es una protagonista exigente, una adolescente que, dentro de unas típicas expectativas en las que cualquier otra vida es mejor que la vivida en estas edades tempranas, busca unas motivaciones y resultados que bailan con lo onírico y lo sensorial con unos mínimos recursos y la oferta de sembrar la imaginación propia en sus prolongadas y significativas escenas. Es imposible no recordar el debut de Jane Schoenbrun con We’re All Going to the World’s Fair, eliminando el concepto de terror, donde la argentina libera sus prejuicios sobre el paso al mundo de los adultos, uno imposible de conectar con un pensamiento que va más allá de lo material, que busca el bienestar absoluto.

Es curiosa su forma de juzgar, desde los ojos de una joven de 12 años, un mundo perdido que no es capaz de avanzar con decisión y que la impulsa a buscar el paralelismo, cruzar ese horizonte donde sí poder controlar el futuro, que en nuestra realidad es siempre incierto e inabarcable, y tiene ese aspecto valiente y soñador de querer elegir, de buscar en lo desconocido una estabilidad que nadie sabe si existe, mientras el mundo queda alunizado por las fuerzas de la naturaleza. Cuanto más críptica se vuelve la psique de Los días libres más sencillo es su funcionamiento, más nos mimetizamos con un sentimiento común, que traspasa el sentir de las ‹coming of age› y aporta un soplo de aire fresco en esa rebuscada oscuridad.

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