Nos héros sont morts ce soir es una película en blanco y negro, que coge ciertos códigos del ‹noir› para deconstruirlo, donde seguimos a Simon y a su amigo Victor, que entran en el mundo de las peleas como luchadores enmascarados. Uno será el héroe, Espectro, aclamado por todos, para lo que el otro tendrá el papel de villano, el Desptripador de Belleville. Ni qué decir que todo es un teatro, nada fuera de lo normal para ganar espectacularidad, pero también se decidirá de antemano quién pisa la lona para influir en las apuestas que se realizan. El problema es que Victor, el villano, ansía el aplauso de su amigo, y se ve así mismo como un perdedor. No busca dinero, sólo que le quieran. Y aunque no se verbaliza, sí que parece alguien inestable, del que sabemos al inicio poco más de que ha sido “dado de baja” en la legión extranjera.
El responsable, como director y guionista, es un David Perrault interesado en coger los códigos del cine negro, o del polar francés, para construir un drama psicológico en su primera parte. Al fin y al cabo ambos hombres deben ponerse y quitarse las mascaras que llevan y esto parece afectarles más de lo que podría pensarse en un principio, sobre todo en el caso de Victor, al que le toca el papel de malo y que ansía hasta límites insospechados la máscara de su amigo y rival ficticio.
Esto da paso a una segunda parte que aborda más la mencionada deconstrucción del polar (toda la obra está salpicada con homenajes muy velados a cintas francesas y estadounidenses del género), con los dos amigos metidos en problemas serios con tipos con los que no querrías cruzarte por la calle. Podríamos decir que la cinta se quita la máscara dramática que porta para mostrarnos esa obra de los bajos fondos franceses, con sus encuentros a medianoche, trabajos sucios, amores no correspondidos y cigarrillos bajo una farola, pero de igual manera esta segunda parte casi funciona de diferentes formas; desde un homenaje a todo un género —y el polar frances es extenso e incluso un poco complicado encasillarlo en unas pocas etiquetas, pues va desde la posguerra a los años 70 con diferentes miradas— a cierta manera de deconstruirlo.
Nos héros sont morts ce soir comienza de manera pausada, no sabemos mucho de los hombres a los que observamos, pero su cineasta nos los enseña heridos por dentro. En definitiva, ya portan una máscara (voy a ser muy pesdadito con este chascarrido, pero es lo que hay). Sí, narrativamente es la historia del que gana y del que pierde y como este último lo único que quiere es ser querido. Pero la cámara nos va contando otra historia: los derrotados son los dos, simplemente uno sabe fingir mejor que el otro. Miento, los derrotados son todos, las mujeres de la obra también arrastran su derrota diaria, tal vez con más dignidad, sí, pero heridas y deseando probar la libertad.
Todo se desmadra en el combate entre Victor y Simon. Aquí es donde su responsable consigue, sin palabras, crear un baile con el combate, pues la lucha en el ring es una coreografía perfecta, y a la vez enseñarnos el comportamiento de cada uno de ellos y como la cosa se desmadra.
En su último tramo, el espectador espera la fatalidad final, la derrota de los perdedores que alcanzaron la gloria, pero como decía antes, el director tiene en mente otros derroteros para nuestros protagonistas. Así pues, coge el cine negro, lo saluda con admiración, mete guiños aquí y allá, lo usa para sumergirnos en su atmósfera y luego decide ir por otro camino. Y eso siempre se agradece.








