En una de sus películas germinales, el prolífico director japonés Yōji Yamada se aventuraba, por primera y última vez en su dilatada carrera, en el terreno del ‹noir› para narrar la historia de Kiriko, una joven que busca desesperadamente que Otsuka, un abogado prestigioso, le ayude a defender a su hermano en su juicio por asesinato. Otsuka rechaza su petición al no contar con los suficientes medios para pagarle, y finalmente el hermano es condenado y fallece en prisión. Un año más tarde, los remordimientos del abogado le llevan a cobrar interés por fin en el caso, pero Kiriko no se muestra receptiva a participar en su redención.

Kiri no hata, que se traduciría como Bandera en la niebla, es un ejercicio de género muy sólido, que adapta la novela La chica de Kyushu de Seicho Matsumoto. La película inicia poniendo énfasis en la dimensión social de su historia, representando en el personaje de Kiriko las enormes dificultades que atraviesan las personas de bajos recursos para acceder a la justicia y señalando la actitud desinteresada de Otsuka. Sin embargo, y pese a que este elemento se encuentra presente y persigue a sus personajes durante todo el metraje, la narración termina mutando de maneras muy interesantes, que desafían la expectativa del espectador y su búsqueda de una conclusión moral al conflicto, y que ahondan tanto en la perspectiva fatalista tan típica del ‹noir› como en lo inalcanzable o, más exactamente, en que sus personajes no pueden redimirse o tener un cierre. El resultado de este aparataje narrativo complejo e intrincado es fascinante, y hace que merezca mucho la pena ver este film sabiendo lo menos posible del desarrollo de su trama, en particular a partir de su segunda mitad.
Y si hay un elemento central en todas las fases de esta historia, que las hace funcionar y que conduce con habilidad al espectador a través de las emociones variadas que se dan a lo largo del filme, esta es la interpretación de Chieko Bashiō, actriz fetiche de Yamada en su segunda de muchas colaboraciones con el director, que da vida a una Kiriko inicialmente enérgica y desesperada por salvar a su hermano pero que, en particular, brilla en esa versión fría, distante y llena de ira contenida que queda después de que ella y su hermano fueran abandonados a su suerte. Bashiō le toma la medida perfectamente a un personaje muy difícil de abordar, que representa como ningún otro las complejidades éticas y emocionales de una propuesta que, a pesar de lo que su posicionamiento moral inicial y su vehemente crítica social parecen prever, no busca respuestas fáciles a sus preguntas.

Asimismo, la dirección de Yamada es sorprendentemente segura, permitiéndose un lenguaje visual complejo y ambicioso que recuerda a las vanguardias cinematográficas del momento, con una una búsqueda de encuadres creativos e imágenes viscerales e impactantes, incluidos primeros planos detallados de un cadáver. En ese sentido, también a nivel de puesta en escena Kiri no hata arranca varias secuencias memorables, transmitiendo una soltura muy inusual para alguien que apenas realiza su única incursión en este tipo de historia y en su tono correspondiente. Por lo general, en los méritos de esta película no puede soslayarse su condición de rareza estilística y narrativa en la filmografía de Yamada, porque, tomada esta perspectiva, todos sus logros resultan incluso más impresionantes.
Sin embargo, pese a sus méritos, hay ciertos elementos narrativos que no terminan de cuajar, y, pese a los esfuerzos siempre notables de la obra, hacen mella en el resultado final. En particular, la gran revelación que encuentra Otsuka por casualidad sobre el caso del hermano de Kiriko es un detalle tan obvio que su subrayado constante en distintas circunstancias no deja de ser hasta molesto, y en mi opinión funciona mucho mejor como una exposición casi burlona de las ínfulas del abogado y su complejo de salvador tardío buscando redención que como un detalle que se deba tomar en serio en su literalidad. Prefiero verlo como lo primero, porque me parece más interesante así, pero lo cierto es que no creo que la obra se sienta particularmente cómoda o lucida en los aspectos procedimentales de la investigación. Por otro lado, el personaje del periodista, que por momentos amenaza con convertirse en una tercera pata de la historia, nunca llega a concretar ese rol central prometido, y su presencia en la trama se siente prácticamente como una pérdida de tiempo. Por ello, la segunda parte es en global más satisfactoria que la primera, pero también menos consistente, y da la sensación de que le cuesta más alcanzar una cohesión emocional y narrativa que la fuerte convicción moral de la primera le permitía armar con facilidad.

No hay duda de que Kiri no hata resulta imperfecta y matizable, pero su amplio rango expresivo y sus ambiciones narrativas aseguran una película que, como mínimo, es siempre disfrutable, y que resuelve su incursión en el género con un desparpajo impresionante. En ese aspecto, se siente como un secreto temprano fascinante en una filmografía usualmente alejada por completo de lo que se muestra aquí, y con una interpretación central que es clave para que esta aproximación novata al thriller criminal y al ‹noir› funcione con la fuerza y solidez que demuestra.






