Un taxi en Tokio (Yôji Yamada)

El prolífico cineasta japonés Yôji Yamada estrena con más de 90 años su nueva película; una historia sobre Koji, un taxista que acepta, reemplazando a un colega, el encargo de llevar a una anciana llamada Sumire, en un largo viaje que le ocupará todo el día. Esta premisa sencilla se convierte en un diálogo fascinante entre conductor y pasajera, en el que esta última revive eventos de sus más de ochenta años de vida, incluidos sus recuerdos traumáticos de la Segunda Guerra Mundial o su matrimonio miserable con un hombre maltratador y despótico. A lo largo de la cinta, Koji escucha con atención creciente las anécdotas de Sumire, y su relación con su clienta se va fortaleciendo hasta devenir en una amistad inquebrantable.

Tal vez ya hayamos visto lo que nos quiere contar Un taxi en Tokio, y está muy claro que apela a un sentimentalismo bienintencionado, que busca la complicidad inmediata del espectador y crearle la ilusión de que una conexión tan profunda entre dos personas puede surgir y desarrollarse hasta ese punto en un plazo tan breve y espontáneo. Desde una cierta distancia, supongo que se puede rasgar las costuras de esta película; sin embargo, Yamada lo pone realmente difícil, porque el nonagenario director demuestra una enorme habilidad para hacer funcionar todos los elementos de la cinta y, de principio a fin, lograr que el espectador se crea lo que está viendo y se implique en esta fábula humanista.

Las interpretaciones en general son excelentes, pero entre ellas destaca sin duda la de la veterana Chieko Baisho como Sumire, no solo por la emotividad de su actuación, sino por el significado. Baisho y Yamada realizan la que será sin duda una de las últimas de un larguísimo historial —más de sesenta años— de colaboraciones entre director y actriz, y esta relación laboral tan duradera se traslada en el guion a los tonos nostálgicos y crepusculares que pueblan la cinta. Por ello, Un taxi en Tokio es, ante todo, una mirada al pasado que no está exenta de romanticismo, porque siempre hay una cierta emoción ingenua en revivir eventos del pasado, pero que en último término no abandona su mirada crítica, no excluye ni olvida el sufrimiento y no rechaza el presente, buscando en último término una reafirmación de la vida en todo su recorrido. La manera en que Yamada logra trasladar estas sensaciones en el personaje interpretado por Baisho es, en mi opinión, lo que hace que la película llegue a tan buen puerto, sin demeritar todo lo demás.

Porque, sí, el punto de vista de Koji también es muy interesante, y sus conflictos personales, con el ‹burnout› laboral y las dificultades económicas que se le presentan, conectan muy bien con el espectador, haciendo de él un protagonista con el que resulta sumamente fácil identificarse y empatizar. Y, sin embargo, la película brilla cuando entra en escena Sumire y se empieza a forjar la relación entre estos dos personajes. Tal vez porque, aún con la honestidad desarmante que logra imprimir Yamada a su relato, su conexión emocional con Sumire y con lo que representa es la verdadera razón de ser de la cinta, y lo demás es simplemente una muy emotiva historia de fondo frente a lo que implica de manera más profunda y personal a su director.

Hay, por tanto, una descompensación fundamental en Un taxi en Tokio, y cuánto encandile el resultado final dependerá, en mi opinión, en gran parte, de lo mucho que se esté dispuesto a aceptar el juego de sumergirse en una relación central que, por comparativa, relativiza y por momentos hace que se diluya el trasfondo del personaje de Koji elaborado en la primera parte de la cinta. Hacia el final del metraje, cuando se regresa al punto de partida, la sensación de inmediatez emocional que tenía el conflicto de Koji ya no es tan intensa, y ese algo que se pierde por la propia estructura de la narrativa puede no ser demasiado importante como para estropear una bonita conclusión acorde con el espíritu de la obra, pero sí reduce su impacto significativamente; porque ese conflicto, después de más de una hora recorriendo otros derroteros narrativos, se me ha hecho un poco más lejano en el tiempo y en el espacio de la película.

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