Yôji Yamada… a examen (I)

He de confesar que la propuesta inicial acerca de la posibilidad de incluir una película de Yôji Yamada en la sección «El director de la semana» no me atraía para nada. En primer lugar no soy un fiel seguidor del cineasta japonés ya que únicamente había visto sus dos películas más conocidas, es decir, El ocaso del samurai y La espada oculta, las cuales sinceramente me dejaron una sensación más bien tibia tras su visionado. En segundo lugar el simple vistazo a los títulos que adornaban la carrera de Yamada me provocaba cierto rechazo. El solo hecho de leer las sinopsis de las cintas de la saga Tora-San me inducía a pensar que me encontraba en realidad con un friki reconvertido en cineasta de culto a base de renovar los esquemas del cine clásico japonés de samuráis así como por el hecho de osar acometer el remake de quizás la mejor película de la historia del cine nipón (Cuentos de Tokyo).

Ante la insistencia del tiránico dueño de esta web, accedí a visionar una película que me recomendara o que al menos, él creyera que me pudiera interesar. La primera opción propuesta fue El pañuelo amarillo de la felicidad, cinta que a simple vista podía encajar en mis gustos a la perfección. Sin embargo, motivado por la imposibilidad de conseguir una copia de la misma, al final decidí atreverme con la segunda opción propuesta, es decir, Llanto de primavera, película que Yamada dirigió en 1980 y que en un primera ojeada parecía tratarse de un drama romántico muy japonés de estilo similar a El pañuelo amarillo de la felicidad, ya que compartía con la misma la presencia de idéntica pareja protagonista: Ken Takakura y Chieko Baisho. El hecho de que el film contara con Takakura como intérprete principal suponía un fuerte estímulo ya que al menos iba a poder disfrutar con las apariciones en el film de este auténtico mito del cine nipón.

Pero de nuevo la experiencia demuestra lo equivocados que estamos los seres humanos recelando de una obra con desconocimiento de causa o buscando siempre anticiparnos a los acontecimientos. Porque esa película llamada Llanto de primavera no sólo me ha sorprendido muy gratamente sino que me ha cautivado y encantado, convirtiéndose por tanto en una cinta que no dudaré en recomendar a aquellos cinéfilos que deseen disfrutar de cine desconocido de calidad suprema. Y es que Llanto de primavera es una de las películas más Fordianas jamás filmada por un cineasta que no sea el propio autor estadounidense.

Yamada abandonó todo esquema característico del cine japonés para construir una película de talante muy occidental que es puro John Ford. Llanto de primavera es un sentido homenaje al cine de Ford, no solo en cuanto a los parámetros dialécticos de su cine (gusto por el sentido de la épica y la soledad del pistolero, querencia por revestir las escenas cotidianas con un humor bufonesco gracias a la presencia de actores secundarios que ayudan a ello, así como el tratamiento equidistante y nada pasional de las relaciones amorosas entre los personajes principales impregnando su estilo de diálogos cotidianos y sencillos en los que prima la naturalidad a la filosofía doctrinal) sino igualmente en cuanto al estilo fotográfico empleado, y es que en Llanto de primavera podemos vislumbrar un par de planos que recuerdan claramente a Centauros del desierto y a Pasión de los fuertes lo cual provocará una satisfacción muy especial para cualquier amante del western.

Porque para mí básicamente Llanto de primavera es un western crepuscular que al igual que del mencionado cine de John Ford, bebe de la influencia de cintas seminales como Raíces profundas, Will Penny, Cazador de forajidos u Hombre sin fronteras. De hecho, en una de las escenas más escapistas de la cinta el personaje del primo de la protagonista nombra en un diálogo cotidiano con su novia las películas Sonrisas y lágrimas, Pasión de los fuertes y la propia película de Peter Fonda, Hombre sin fronteras, lo cual demuestra claramente las intenciones artísticas de Yamada con esta cinta.

Las siluetas del western se encuentran claramente dibujadas en los diferentes personajes que plagan la trama. El personaje de Takakura (Kosaku) representa al fugitivo huido de la ley, un viejo cowboy perseguido por su pasado que encuentra un lugar en el que echar raíces cuando arriba para solicitar únicamente alojamiento a cambio de su trabajo en la granja del personaje de Chieko Baisho (Tamiko), que es a su vez una joven viuda que sobrevive a la soledad del duro trabajo diario en la granja con la única compañía de su pequeño hijo Takeshi, el cual encuentra en la figura de Kokasu la fascinante y olvidada figura paterna que por desgracia dejó de disfrutar siendo casi un bebé. A estos personajes (¿a qué les recuerda a los integrados en las sinopsis de los westerns que mencioné anteriormente?) que soportan el peso de la historia hay que unir las apariciones puntuales de secundarios que aportan las gotas de humor precisas y coherentes. Muy grato es la aparición del personaje que hace las veces de vecino entrometido y pretendiente del amor de la viuda Tamiko, una figura que homenajea sin rubor a los personajes que interpretaba Victor McLaglen en las cintas de John Ford.

Otro aspecto esencial con el que cuenta este magnífico film es el abandono de la doctrina puramente nipona a la hora de narrar la historia, algo muy presente en el cine japonés de los sesenta y setenta, en el cual las viejas tradiciones japonesas apenas encontraban hueco en el que sobresalir en pantalla. Las mujeres que emergen en la fábula no visten quimonos ni se muestran sumisas, sino que las vestimentas occidentales parecen fomentar el carácter guerrero e independiente de las mismas. Del mismo modo, en Llanto de primavera no contemplaremos ese estilo silencioso y contemplativo tan habitual en el cine nipón clásico, sino que es el cine americano de los setenta (en el cual los aspectos contemplativos se adornaban de cierto dinamismo que hacía avanzar con trazo lento pero a la vez dinámico el discurrir de la historia) el que gana la partida estética y esquemática. Porque si bien a alguien le puede parecer lento el planteamiento narrativo de Yamada, de éste brotan bosquejos expresivos (tales como los ralentís que sirven para embellecer las escenas más estetas visualmente o las elipsis que apoyan la aparición de personajes subsidiarios) que impiden que el tedio se apodere de la narración.

A pesar de la ausencia doctrinal de los métodos propios de la escuela de cine nipona, existe una cierta envoltura autóctona en el hecho de apuntalar el espacio temporal en el que discurre la trama en el paso lento de las estaciones, desde la primavera, verano, otoño e invierno hasta, de nuevo, la primavera (no, no es un título de una película de Kim Ki-Duk). El argumento se resume fácilmente: una lluviosa noche de invierno llega a la granja de la viuda Tamiko un vagabundo desconocido, al cual tanto Tamiko como su pequeño hijo Takeshi ayudan a guarecerse de la intemperie. Tras abandonar la granja y agradecido por este desinteresado gesto Takeshi regresará con la llegada de la primavera al hogar de la viuda Tamiko con la intención de permanecer un tiempo en el mismo a cambio únicamente de ofrecer sus brazos en el trabajo diario de la granja. Si bien la llegada del desconocido despierta la curiosidad de los vecinos y familiares de Tamiko (los cuales instan a la viuda a vender la granja para que ésta pueda comenzar de nuevo en la ciudad) poco a poco Kosaku va ganándose la confianza y el afecto de madre e hijo gracias a su esfuerzo y trabajo.

A pesar de los intentos de acercamiento, Kosaku es un hombre reacio a hablar de su pasado, lo que hace sospechar que un turbio asunto le persigue, obligándole por tanto a convertirse en un nómada sin hogar. Tras un accidente en el establo que fuerza a Tamiko a permanecer ingresada en el hospital, Kosaku se hará cargo del cuidado de la granja y del pequeño Takeshi. Al regreso de su convalecencia, Tamiko empezará a sentir un extraño afecto hacia el desconocido vagabundo, pero los convencionalismos y el amor pretérito que aún siente hacia su marido, frenarán los instintos de Tamiko. Sin embargo, en el momento en el que la viuda decide declarar su amor hacia el desconocido, el pasado de éste retornará de manera cruel, suponiendo un obstáculo para el logro de la felicidad y el abandono de la soledad que parece perseguir como un rastro insoslayable a los protagonistas de la historia.

La película es una auténtica delicia de principio a fin, no sólo por la bonita historia romántica que cuenta, sino por el magnífico retrato que efectúa sobre la soledad del perdedor, ya que el dúo protagonista del film es un reflejo cristalino de la figura del perdedor tanto en la esfera masculina como en la femenina (figura ésta no tratada en demasía en el mundo del cine). Yamada construye una bella historia de amor no consumado pintando un cuadro contenido y afectuoso que rebosa soledad y derrota desde una épica crepuscular en la cual el mundo descrito en el film parece tener los días contados ante la voracidad del mal denominado progreso. Sin duda, una película a descubrir, filmada en un precioso entorno paisajístico que deleitará a los amantes del cine clásico con reminiscencias al western de John Ford. Una joya a descubrir.

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