La alternativa | Deudas imperdonables (André De Toth)

Si hay una película extraña y compleja, de entre todo el cine de propaganda que se produjo en el transcurso del conflicto de la II Guerra Mundial en los Estados Unidos, esa es sin duda Deudas imperdonables (None Shall Escape, 1944), dirigida por el siempre aguerrido André De Toth allá por el año 1944, con la guerra en su etapa final, pero aún vigente y en marcha. Extraña por su planteamiento y carácter visionario, pues su premisa plantea un escenario futuro a corto plazo que se cumplió plenamente: la caída del ejército alemán y la consecuente ejecución de los juicios (que se llevarían a cabo un año más tarde en Núremberg) de los criminales de guerra nazi.

Ya en su arranque dejó claras sus intenciones, indicando que la narración se sitúa en un futuro aún no alcanzado, pero no muy lejano, trasladando la acción al escenario de un tribunal de naciones aliadas contra la barbarie (la ONU que emula de forma transparente esta escena de arranque era aún un organismo inexistente en el momento de la filmación de la peli) donde se va a llevar a cabo el proceso contra Wilhelm Grimm (Alexander Knox), un criminal de guerra sádico y sanguinario que parece auspició toda una serie de barbaridades en la Polonia ocupada por el III Reich. Una vez que el juez de instrucción abre el proceso penal, empezará el llamado de una serie de testigos (el párroco de la localidad donde vivió Wilhelm, su hermano que le albergó cuando fue expulsado del pueblo tras un hecho vomitivo y su primer amor que le abandonó en el momento en que el procesado perdió el juicio) que a través del relato de los hechos por ellos vividos, irán construyendo, mediante unas habilidosas y portentosas analepsis, la narración de la caída en desgracia de un hombre aparentemente decente que sufrió los traumas de la derrota alemana en la I Guerra Mundial y su transformación en un monstruo totalmente alienado por las ideas nacionalsocialistas que brotaron en el período de entreguerras.

En este sentido, observaremos (bellamente presentado por un ‹travelling› que recorre la calle principal, exhibiendo así el entorno en el que va a transcurrir la acción), el regreso de Wilhelm a su pueblo natal (una localidad situada en la frontera polaco-germana) tras haber participado en las trincheras de la I Guerra Mundial. Un Wilhelm totalmente derrotado física (le ha quedado como secuela una visible cojera) y psicológicamente después de haber contemplado las atrocidades inherentes a un conflicto bélico. Wilhelm era un profesor muy respetado y prudente que parece haber cambiado radicalmente. Su novia Marja (Marsha Hunt) no reconocerá en el recién llegado a aquel hombre honesto y cariñoso del que se enamoró. Igualmente su resentimiento hacia los enemigos de la patria alemana le acarrearán una serie de conflictos con sus vecinos, y su nihilismo le llevará a abusar de sus alumnos, propinándoles golpes sin una aparente causa, así como incitándole a obsesionarse con una joven discípula que parece ser la única que le mira con admiración.

El nacimiento de esa semilla de odio y maldad le llevará a abusar de esa alumna que le trataba con respeto, hecho que provocará que la pobre víctima se quite la vida por la vergüenza de haber sido ultrajada por aquel a quien admiraba. Tras salvarse, por mediación del párroco del pueblo, de un linchamiento público, Wilhelm huirá a Alemania, buscando refugio en casa de su hermano. Allí se alistará al partido Nazi, adoptando a su sobrino, (un niño que adoraba a su tío y cuya fascinación le arrastrará a la perdición) como su mano derecha, siendo este hecho una bomba explosiva que excitará sus ansias de venganza y odio en contra de la humanidad, enfrentándose incluso a su propio hermano por el simple hecho de no compartir sus ideales expansionistas y violentos así como haber contaminado la mente de su sobrino hacia las derivas del odio.

Una vez estallada la II Guerra Mundial, con la invasión nazi de Polonia, Wilhelm retornará a su pueblo natal, como alto comisario del ejército nazi, llevando a cabo toda una serie de atrocidades y matanzas en contra de la población judía de la localidad o usando su poder absoluto para ensañarse y vengarse de unos lugareños que le expulsaron por su comportamiento depravado y repulsivo.

La película es fantástica, narrando en tan solo ochenta minutos la auténtica bajada a los infiernos de un hombre destruido psicológicamente, cuya maldad aflora de un modo irracional y despiadado, no aceptando ni el debate ni la confrontación de sus ideas de forma pacífica, y transformando al resto de los mortales que no entienden su punto de vista ni planteamientos en unos enemigos acérrimos a los que hay que masacrar y eliminar, de modo físico o moral. Un auténtico psicópata que pervierte a todo aquel que está a su alrededor. Un hombre que no admite disputas ni discusiones. Solo actúa, matando sin piedad y ordenando la ejecución de todo aquel que considera va a atentar contra su forma de ver el mundo.

Esto se reflejará en dos escenas memorables e impactantes, totalmente adelantadas a su tiempo por mostrar la extrema violencia y la malicia sin ningún tipo de filtro: la secuencia de la masacre a balazos de los prisioneros judíos en el tren que los iba a transportar a un campo de exterminio y el ajusticiamiento de su sobrino, en la iglesia, cuando éste trataba de expiar sus pecados al ver la ejecución a sangre fría de una pobre inocente, punto que culminará las analepsis que estructuran la narrativa del relato.

André De Toth tuvo un material perfecto para su forma de entender el cine. A su ya conocido manejo de los tempos narrativos, su agilidad en la construcción de escenas clave de forma aparentemente sencilla y su gusto por la disección psicológica de unos personajes quebrados y marcados por su pasado, se unió el hecho de contar con una total libertad, filmando en parajes al aire libre con un tono sorprendentemente neorrealista (cuando este término aún no había nacido en la Italia de posguerra) y no sufriendo ningún tipo de censura, pudiendo así insertar no pocas escenas de una violencia extrema, tanto a nivel físico como intelectual. Además contó con su habitual tono profético y adelantado a su tiempo, pues optó por construir el producto alrededor de la hipótesis futura de la celebración de juicios de guerra contra los criminales derrotados en la II Guerra Mundial, en un tiempo en que eso era auténtica ciencia ficción, anticipándose a lo que ocurriría un año después del estreno del filme, en los ya mencionados juicios de Núremberg. Además la peli cuenta con otra anécdota muy simpática: el hecho de que un film americano introduzca una especie de homenaje a la Unión Soviética mostrando en el plano final, una fila de banderas entre las que se encuentra la del Régimen de Stalin, algo que sería totalmente demolido un par de años después, tras la culminación del conflicto bélico, y el cambio de los intereses geopolíticos de los EEUU (de hecho algunas de las figuras del film, como su guionista Lester Cole, o los actores Alexander Knox y la bella Marsha Hunt, fueron perseguidos por el macartismo e incluidos en su lista negra de actores apestados por su ideología).

Todo ello convierte a Deudas imperdonables en algo más que una película. Es ante todo un documento histórico que refleja de modo cristalino, y sin ningún tipo de caricatura (tan típica del cine de propaganda surgido de los platós del Hollywood de principios de los cuarenta del siglo pasado), lo que fue el nazismo y sus seguidores más fervientes. Unos auténticos fanáticos que no admitían el debate, unos seres cuyo rencor y frustraciones sirvieron de caldo de cultivo para el renacer de una inquina y rabia no bien canalizada que fue empleada por los mandamases del partido para poner al frente de un grupo de jóvenes imberbes y maleables a unos psicópatas que no tenían ningún tipo de respeto por el alma humana, odiando al diferente, al que no les seguía el juego, poniendo toda la carne en el asador en fomentar actitudes depravadas e inmorales. Una radiografía cristalina de lo que hoy llamamos un intolerante. Y todo esto sin autocensurarse, sino mostrando la brutalidad en primer plano, de forma muy honesta, sin abrazar el sensacionalismo barato. Un producto, por tanto, potenciado por la mano de ese maestro del cine de bajo presupuesto que fue André De Toth. Aqui bajo el paraguas de la Columbia, que a pesar de ser una Major, auspiciaba pequeñas películas de serie B, sin contar con grandes estrellas ni presupuestos exagerados. Un hecho que no fue obstáculo para que De Toth diera un recital de dirección, mostrando un temperamento casi documental, sin artificios ni fuegos artificiales. Dejando que el propio relato de los hechos fuese empapando de realidad al espectador de forma fidedigna y para nada maniquea. Un genio que con sus juegos de luces y sombras, heredados de su etapa europea, logró poner en pie una auténtica obra maestra del cine americano de los años cuarenta.

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