Naza (Yuval Abraham, Rachel Szor)

¿Cómo miramos un genocidio que está siendo perpetrado a tiempo real? ¿Es posible pensar en cuestiones colindantes a la ética o dignidad de sus imágenes? Ante la innegociable urgencia humanitaria —frente al desasosiego y la impotencia—, lo mínimo sería no apartar la mirada, ¿pero acaso sirve de algo hacerse estas preguntas? El año pasado, alrededor de estas mismas fechas, escribí por aquí sobre La voz de Hind (2025), la película donde Kaouther Ben Hania recrea el intento de rescate de la niña asesinada que da nombre al film. Más allá de mi total animadversión con el dispositivo y la forma que emplea la directora —concebida a medio camino entre el espectáculo y la crueldad—, sigo suscribiendo, pese a todo, la necesidad imperiosa de contar y mostrar estas realidades; ocupando espacios (salas de cine, entrevistas, galas de premios) que fomenten la conciencia y la conversación alrededor de la injusticia transversal que asola la historia y el presente de Palestina.

Evidentemente, este cometido último no se reduce exclusivamente a aquellas obras que hablan íntegramente del genocidio. En un sinfín de ficciones, la realidad alrededor del mismo se refleja e interpreta en historias de índoles y tiempos muy distintos entre sí. Sin ir más lejos, resulta inevitable ver el asedio de Troya en La Odisea (2026) de Christopher Nolan y no pensar en los innumerables vídeos donde aparecen los escombros urbanísticos de las imágenes de Gaza —visión que probablemente también negarán los que se indignan por su falta de precisión literaria—. Si nos ceñimos a una perspectiva inequívocamente histórica, un caso aún más evidente de estas consonancias es aquel plasmado hace unos años en La zona de interés (2023), donde Jonathan Glazer —productor del film que ocupa este texto— refleja la total impunidad del mal y la falta de escrúpulos que cimientan los principios del nazismo (y cualquier doctrina construida sobre el odio y la intolerancia), disponiendo la cámara y el relato del otro lado del muro para señalar la conciencia y frialdad de su terrible ejecución.

En Naza (2026), los directores Yuval Abraham y Rachel Szor descubren el testimonio confeso de la boca de quienes perpetúan diariamente una acción militar directa y coordinada contra la población civil de Palestina. En este sentido, si la imagen de La zona de interés estaba detrás de los muros que delimitaban los campos de concentración, la de Naza está en la noche de Tel Aviv a tiempo presente, a apenas 70 kilómetros de la masacre. En este revelador documental, mediante una serie de conversaciones tendidas, los verdugos —que esconden su identidad en la sombra— son interrogados desde la asunción y reconocimiento de sus propias acciones, exponiendo las estrategias, motivaciones y posturas detrás de su desalmada intervención.

Los responsables de No Other Land (2024) se acercan ahora a la intimidad de los mismos invasores que derruían las casas en la región de Masafer Yatta. Los testimonios, más allá de suscribir con sus propias palabras cómo el ejército israelí acomete sus actos con la voluntad de ejercer un exterminio, exponen también las contradicciones que guían sus ideales, acabando por justificarse en términos esquivos como “eran las órdenes” o “ese es mi trabajo” y entendiendo su parte como si todo se tratase de un videojuego. En esta retahíla de confesiones escalofriantes, la crudeza circunstancial de este material se ve reforzada por una observación más amplia y alegórica, en una serie de planos de las viviendas de los ciudadanos y el suceder cotidiano de sus vidas dentro del hogar —imágenes que acentúan su impacto cuando estos soldados explican, precisamente, cómo derruir un edificio—. En esta mirada sobre los balcones de la ciudad, el rostro de Benjamin Netanyahu se proyecta con la convicción totalitaria de un líder “orwelliano”, y las estampas de programas y anunciantes de los televisores empatan la banalidad de una sociedad alienada por distracciones inanes y superficiales.

A esta inquietante quietud se suma la parsimonia con la que explican su labor, acompañada por una serie de bocetos que dibujan en una libreta. A través de esta trivialización esquemática de herramientas y sistemas diseñados para matar, el film constata la trivialidad y la completa falta de empatía humana con la que abordan su causa, siendo esto un reflejo de nuestro tiempo, donde el mundo entero está cada vez más sedado frente a los estímulos y detonantes de las injusticias.

Naza es un reflejo de la conciencia de los escaparates del mal. Una imagen borrosa e incómoda de la realidad que se esconde detrás de números y estadísticas en infinidad de titulares. Aquí no hay rastro de ficción alguna: esta es una producción eminentemente periodística y comprometida que busca evidenciar cómo piensan y operan los artífices del genocidio. La imagen, por correspondencia, no puede ser otra, porque no hay decoro ni dignidad en la crueldad.

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