Uno de los acontecimientos cinematográficos más importantes de este 2026 ha sido sin duda la recuperación de una de esas obras que se creían perdidas: Gugusse et l’Automate (1897), un primitivo artefacto ideado por el genial Georges Méliès en sus primeros años de experimentación. La película permaneció perdida durante más de cien años, siendo hallada una bobina original en un viejo baúl sito en la residencia de un profesor jubilado en Michigan cuyo bisabuelo fue uno de esos proyeccionistas de películas mudas en los inicios del siglo XX.
El producto fue enviado a la Biblioteca del Congreso de los EEUU para su verificación y restauración en 4K para uso y disfrute de los cinéfilos amantes de los orígenes del cine. La recuperación de este celuloide no es para nada baladí, puesto que se trata de la primera aparición en pantalla de un autómata, o robot como posteriormente sería denominado en los años 20.
Con apenas unos 50 segundos de duración, Gugusse et l’Automate pertenece al género de la comedia física (‹slapstick›) y a esas primeras obras del genio francés basadas en un plano fijo perfectamente delimitado en un escenario recargado y muy bien planificado, en el que el protagonismo recae en una especie de mago o profesional del vodevil de principios de siglo.
Así, nos encontraremos con el mago Gugusse (interpretado por el propio Méliès), que tras una breve presentación hará funcionar mediante una manivela a una especie de niño autómata llamado Pierrot (personaje típico de la comedia europea de principios de siglo), situado en un pedestal que le sitúa a la altura del artista circense.
A medida que Gugusse manipula la manivela, el autómata irá creciendo en estatura por arte de magia hasta alcanzar el tamaño de una persona adulta. De forma sorprendente, Pierrot se desatará del control de la manivela y propinará un golpe en la cabeza a Gugusse con un palo que tenía en su mano.
Enfadado, el mago cogerá un martillo de madera con el que empezará a golpear a Pierrot, volviéndole poco a poco a su tamaño original hasta hacerlo desaparecer por completo.
A pesar de lo sencillo de su premisa, la película cuenta con un ritmo endiablado en el que pasan muchas cosas en poco menos de un minuto, todas ellas muy bien hilvanadas para hacer explotar la comedia más hilarante y fascinante. El efecto ‹wow› que produjo la película en su estreno en 1897 entre el público fue comparable con la aparición de otros ingenios que han ido surgiendo a lo largo del siglo XX. Y eso es precisamente lo que seguro buscaba Méliès, un ilusionista genial que vio en el cinematógrafo la herramienta perfecta para acompañar a sus números de magia.
Gugusse et l’Automate es un experimento visual. Un truco de magia que evita en todo momento construir un relato narrativo clásico, sino que funciona como un acto de ilusionismo que buscaba sorprender a todo aquel que lo disfrutase en los teatros de variedades y espectáculos en los que eran proyectados, como acompañamiento al número de magia real ideado por el genio.
Este legado fue homenajeado de forma emotiva y muy divertida por Jiří Menzel en su obra Los hombres de la manivela (Báječní muži s klikou, 1979), rindiendo una sentida ofrenda a esos locos pioneros que recorrían los pueblos y ciudades de finales de siglo ataviados con su cámara al hombro para llevar la ilusión y las carcajadas a ese público que descubría por primera vez la fotografía en movimiento.
Igualmente, Gugusse et l’Automate se observa como una obra muy importante en la trayectoria y evolución del autor de Viaje a la Luna. Fue uno de sus primeros ‹trick films›, incluyendo a un robot para inyectar comedia mediante trucos de montaje que hacen crecer de forma instantánea al Pierrot original hasta transformarlo en un hombre adulto, para después hacerlo desaparecer. En solo unos años, Méliès refinó absolutamente esta técnica. Así, con Illusions fantasmagoriques (1898), la misma premisa de presentar a un mago haciendo un truco de magia se aceleró en una combinación de trucos de transformaciones de distintos objetos y cuerpos que no dejan respiro alguno. Pero el maestro dio un paso más con una de sus obras cumbre, Un homme de têtes, mostrando a un mago en un escenario de fondo oscuro mientras se decapita varias veces dejando sus diferentes cabezas postradas a lo largo de diferentes mesas. Después vendrían otras de sus piezas clave, L’Homme-orchestre, una evolución de Un homme de têtes pero en la que se introduce el elemento musical y la técnica de la sobreimpresión mucho más estilizada, jugando con los límites de la creación y la dualidad. Finalmente todo ello explotó —nunca mejor dicho— en su prodigio El hombre de la cabeza de goma (L’Homme à la tête en caoutchouc), donde igualmente será una cabeza la que crecerá hasta el infinito gracias a un juego de sobreimpresiones espectacular para su época, y donde ya se nota una querencia del maestro a emplear un nuevo lenguaje narrativo al introducir a más personajes en la acción y al construir escenarios mucho más teatrales y recargados.
Todo ello convierte a Gugusse et l’Automate en una pieza clave de los orígenes del cine, felizmente recuperada para disfrute del público contemporáneo. No solo un ‹trick film› primitivo fundamentado en el ‹slapstick› más radical, sino un chispazo de genialidad que combina con mucho tino la comedia más absurda, la ciencia ficción primigenia y el arte burlesco fundamental de finales del siglo XIX.

Todo modo de amor al cine.









