
El cortometraje es difícil. El formato más pequeño del cine es, como las reducciones en la cocina, el más concentrado. El margen de error en un corto es exponencialmente menor que en el de un mediometraje, ya no digamos los populares, distendidos y cómodos largometrajes, o como todos los llamamos: “películas” (esto lo son todas pero en este mundo se goza del favor del ‹marketing› o la historia te deja de lado). Esto es terroríficamente estimulante como cineasta si uno se propone tomarse el juego del cortometraje en serio, hay mucho pescado por vender y muy poco tiempo para hacerlo, así que hay que ser buen comercial, ser impactante, por una vez se puede utilizar bien el término: hay que atrapar al espectador. «El enemigo del arte es la ausencia de limitaciones», decía Orson Welles; si le damos la razón al (quizás) mejor director habido y por haber, entonces el cortometraje es el mayor aliado del cine. Y, pese a todo, el primer corto sobre el que escribo en esta revista no me ha entusiasmado.
El amor me queda grande de Javier Giner es una obra curiosa y simpática, muy acorde con lo que es la niñez, donde un par de chavalines de diez y doce años mantienen un diálogo donde se declaran amores y se ponen condiciones en un creciente giro hacia una trama “hitchcockiana”. Eso es básicamente todo y aunque una propuesta austera es funcional en un cortometraje, aquí la secuencia se alarga demasiado. A lo largo de los 15 minutos que dura el metraje, lo que tenemos es una única secuencia de diálogo, que si bien encuentro ingenioso y bien escrito, se me hace pesado. Creo que Giner, guionista también, estaba entusiasmado con el texto, el cual no es malo, y parece gustarle mucho su pieza, lo cual digo positivamente, pero sufro pensando que quizás ese entusiasmo interfirió en la depuración del concepto a algo más escueto. La premisa se hace inteligible de manera efectiva muy pronto y eso juega en contra de un guión que luego da vueltas sobre sus temas y sus giros, ambos vistos venir con antelación en mi caso. Veo el corto como espectador con una falta de algo, de mayor dinamismo audiovisual, de más acción, no se decir qué le falta al guiso, pero algo falta.

Algo que acentúa más lo anterior es el despliegue de medios del que farda la pieza. Hay una serie de lujos, evidenciados en detalles como los créditos personalizados y animados o los planos de grúa, que revelan que este por seguro no es un corto de estudiantes. Hay toda una estructura, una industria, por qué no decirlo, hay dinero detrás de esta producción. Los medios nunca han asegurado resultados pero la falta de ellos puede explicar ciertas carencias o recursos más austeros, aquí, sin embargo, no encuentro esas excusas. Creo que los recursos cinematográficos se han usado en una línea más cercana al estilo, a la estética por el bien de la estética, que para remar a favor de obra, de la historia y la pieza de cine a mostrar. No voy a entrar en la hipótesis, en si el dinero llegó con la planificación ya hecha o si había exceso de medios por algún otro motivo, pero genera una sensación extraña como espectador ver la capacidad de saltar y no hacerlo.
Me gustaría acabar, como siempre intento, con notas más positivas. Los niños, Lucía Caraballo y Izan Corchero, son geniales, aunque precisamente de buenos que son se pasan en cuanto a actores y personajes que nunca fueron niños reales, pero es sin duda un despliegue de talento. También añado los créditos, lo cual puede parecer extraño y yo mismo considero una suerte de envoltorio de la pieza las más de las veces, pero aquí me muestran que Giner tiene verdadero afecto tanto por el mundo de los niños como por el del cine y, en la línea del trabajo de Lee Lennox en Atrápame si puedes, aquí los créditos son más, son parte del conjunto como un bonito lazo alrededor de un regalo.







