La obsesión sigue deleitando las historias de Ann Oren, que montó una fiesta a través de la perfección del sonido en su debut Piaffe, y se somete a la necesidad de convertir el objeto en una fuente de deseo en su nuevo film, Objet A.
Pulcra, distante, granulada, la experiencia visual que ofrece la directora alemana sigue prometiendo toda serie de estímulos desde los pausados movimientos de sus personajes, que aquí se convierten en trío para crear su propia idealización de la santa trinidad ante lo físico y lo onírico. Una pareja metódica y elegante de cirujanos especializados en injertos reproducen sus costumbres diarias frente a la cámara. Tonos otoñales y limpios que ofrecen la seguridad de lo conocido y controlado y contraponen sus verdaderas ansias como animales que son. A Ingeborg le gusta coleccionar objetos robados, pequeñas piezas inútiles que le producen un extremo placer; en cambio, Adam (no es casual compartir nombre con el primer hombre conocido en la Biblia) desearía convertirse en un objeto, ser una pieza más que obtenga ese estatus de adoración por parte de su mujer. Como una prolongación de su profesión, y pese a sus debilidades inconfesables, son personas metódicas y rectas que solo rompen los esquemas establecidos en la intimidad, pero algo se rompe en sus rutinarios placeres cuando una extraña paciente y un inesperado accidente cambia el orden de sus pormenorizadas vidas.
Invitando a la actriz protagonista de Piaffe, Simone Bucio, a desplegar sus alas como tercera persona en discordia, Ann Oren encuentra todos sus elementos para enarbolar una confusa interpretación de lo material, el instinto de naturaleza, el deseo y la reinterpretación de los roles de género en una película que sigue la estela de su debut paso a paso, pero que sabe en cierto modo encontrar su propio rumbo, uno del que desprenderse en otro tipo de apoteósica fiesta visual, sonora y sensorial.
Combina así esa pulcritud en los movimientos de sus protagonistas con la inocente intromisión de la ayudante en modo de estímulo capaz de romper las normas de la cosificación autoimpuesta por ambos. Oren tiene muy clara su percepción de fluidez frente al género, se niega a encasillar un rol concreto y en esta ocasión profundiza en el tema mutando lo físico hacia algo macizo, palpable y duro que consigue la concepción líquida y pasional, transmitiendo impulsos humanos a lo inanimado.
Objet A puede parecer compleja, pero no deja de narrar una historia de amor onanista que quiere romper los límites entre lo prefabricado y lo orgánico, siempre con esa detallista forma de observar el mundo que tiene su directora, que no deja escapar ninguna oportunidad para darle un significado propio a sus imágenes, sin importar que el mensaje traspase la pantalla. Eleva así la intensidad frente a la monotonía y sabe inducirnos a la curiosidad, a la apertura de miras o al desquicie más absoluto, sin importarle lo más mínimo la respuesta del espectador. Todo un desafío.
Estos tres pilares consiguen fundirse tras el estatismo en una bacanal no apta para cardíacos, donde Ann Oren difumina sus propios límites y busca la belleza en lo transgresor de una forma inusual y chocante, algo que funciona en ese mismo sentido aunque se haya experimentado Piaffe, y que no deja de crear una sintomatología a la hora de dejarse llevar por una de las evoluciones del lenguaje visual (y para nada descuidado el sonoro) de esta atrevida realizadora. Una experiencia que consolida su mensaje sin perder la oportunidad de encontrar delicadas variantes.









