Es cada vez más habitual escuchar o leer que el declive de la crítica cultural es en parte la razón de que cada día más exista una cultura tan mediocre. A diferencia de la crítica sin más—esa opinión instantánea y compulsiva que muchos ofrecemos sin demasiada reflexión—, esta otra, la buena, combina conocimiento sobre un tema, honestidad y cierta sensibilidad estética (o buen gusto). Ofrece una perspectiva cultural, no una opinión o reacción ante algo. Es más, se atribuye a las redes sociales una parte significativa de la pérdida de la crítica cultural, al ser un formato inherentemente limitado.

Estamos limitados, en general, y hemos aceptado —abrazado incluso— que buena parte del entretenimiento y hasta de la investigación en internet se sustente en esa limitación infinita, que se alimenta del ‹engagement›. Un agujero existencial que ofrece soluciones a problemas derivados de su propio uso y, al mismo tiempo, una vía de escape de vidas anodinas, solitarias, tristes o frustradas. En la vida real no somos nadie, pero en internet nos montamos nuestras películas, en parte gracias al anonimato que permite empezar de cero y hasta hacer comunidad (para que nos valide).
Resulta difícil no pensar en todo eso viendo A la cara (2025), segundo largometraje de Javier Marco (cuyo argumento ya se pudo ver en un cortometraje homónimo de 2020), porque la película parece construida precisamente sobre ese ecosistema contemporáneo donde todo el mundo opina constantemente y casi nadie parece dispuesto a responsabilizarse de lo que dice. Una premisa esta, que reflexiona sobre el papel de las redes sociales en quienes odian y entre quienes reciben el odio, pronto avanza por otros caminos que en parte confluyen con el inicial, invitando a todo el mundo a “tocar hierba”.
A la cara entiende bastante bien esa dinámica y por eso resulta interesante que su punto de partida sea tan sencillo: una presentadora de televisión decide enfrentarse cara a cara al hombre anónimo que le dejó un comentario ofensivo (o varios) en redes sociales. Después entran también los medios, el cambio de rol que facilita la empatía, al recibir el odio que antes regalabas, y bastantes temas más. Pero uno tiende a quedarse en la primera premisa a pesar del desarrollo, y sigue en la reflexión, o en los diferentes planteamientos que la película no llega a plantear. Lo que podría haber sido un thriller moral sobre la toxicidad digital deriva poco a poco hacia otra cosa igualmente incómoda.

A la cara es un retrato de personas aisladas, física o psicológicamente, derrotados y emocionalmente incapaces de relacionarse con el mundo sin esconderse tras alguna máscara, que funciona mucho mejor como atmósfera que como narración. La película habla de soledad, paternidad, maternidad, culpa, identidad, fama, frustración masculina, necesidad de afecto, relaciones parasociales y crisis existencial contemporánea, pero rara vez consigue integrar todos esos elementos de forma orgánica. Muchas situaciones se perciben demasiado subordinadas a las necesidades del discurso; ocurren porque el guion necesita que ocurran en ese momento concreto y no porque nazcan naturalmente de los personajes. Hay una ligera artificialidad en determinados momentos que termina debilitando parte de la propuesta, si bien la puesta en escena y las actuaciones principales logran sostener bastante bien el conjunto.
Por otro lado, me resulta inevitable no pensar en cuánto ha cambiado el contexto desde aquel corto homónimo de 2020. Entonces todavía existía cierta ilusión de que la agresividad online era un exceso puntual o un fenómeno relativamente marginal. En 2025, después de pandemias, negacionismos masivos, radicalización algorítmica y la conversión del resentimiento en identidad pública, el odio digital ya no parece una anomalía, sino casi una atmósfera. Entre antivacunas, “conspiranoicos” y toda esa fauna contemporánea sobresale un grupo aún más amplio: el de los “malistas”, energúmenos cuya personalidad parece reducirse a reaccionar negativamente a cualquier cosa mientras fantasean con formas de autoridad que compensen su absoluta irrelevancia material. Gente que se cree Donald Trump sin tener ni el dinero ni el poder; apenas el narcisismo y la necesidad constante de sentirse por encima de alguien.
Pero bueno, eso son pajas mentales que me hago yo. Lo importante es que hay varios momentos de valor en A la cara, de la que hasta el título es revelador. La película, a través de sus personajes, a los que aprecia (importante detalle), busca asumir sus consecuencias. Los personajes hablan, se justifican, se observan e incluso parecen necesitarse mutuamente, pero rara vez son capaces de tomar decisiones claras o asumir verdaderamente sus responsabilidades. Todos permanecen atrapados en una especie de parálisis emocional muy reconocible en nuestro presente.

Quizás A la cara no termine de saber cómo unir todas las piezas que pone sobre la mesa. Avanza abriendo puertas que después apenas atraviesa o lo hace a oscuras y da la impresión de quedarse a las puertas de algo más incisivo o incómodo. Pero incluso en sus limitaciones hay algo revelador. La película entiende bastante bien una época donde las opiniones se multiplican sin descanso mientras la capacidad de sostener una posición real —moral, emocional o política— parece desaparecer. Todo el mundo habla; casi nadie parece dispuesto a hacerse responsable de lo que dice.





