Descubrirse cuando nunca te han permitido una identidad propia es más que complicado. A Girl Unknown, el acertado título del debut de Zou Jing tiene la difícil tarea de definir a una niña, luego adolescente, que no parece tener un espacio propio en la sociedad, arrastrando siempre esa sensación de vivir de prestado en todos aquellos lugares que otros han definido como su hogar.
La directora nos permite crecer con Lin Juan en ese apartado atemporal de la niñez donde parece feliz, disfrutando de aquello que le rodea y enganchada a esos lazos familiares que, con apenas seis años, son el único mundo conocido. Pronto queda truncada esa utópica vida rural donde el padre aparece como su pilar indispensable, ese momento en el que surgía una mirada de adoración y complicidad que desaparece de un plumazo. Comienza así una vida de duelo personal en el que la pequeña nunca terminará de encajar. La cámara siempre cerca y ella desplazada constantemente de ese lugar.
Una nueva familia para su madre obliga a inventar una nueva vida para la niña, ahora Wang Juan, lo que nos lleva a un vuelco del film con un cambio de rumbo en su corta vida. Zou Jing es delicada con su forma de mostrar el drama, nos acerca a otra vivienda, otros padres, otros modales, otra forma de vestir. Y todo esto engloba ese cambio no pedido, no consultado, donde la obligación de quien no puede decidir por sí misma queda atrapada en las decisiones de los adultos. Se mezclan dos relatos aquí, el de la pareja que no tiene resuelto su duelo personal, algo que flota en el ambiente aunque no se exprese, apenas se intuye a través de detalles silenciosos y el de la imposición infantil a un entorno ajeno, a tener que reconsiderar la figura maternal y el deseo de cobijo para pasar al modo de supervivencia.
Es algo que queda mucho más claro en ese salto temporal que nos lleva a su adolescencia. En esta ocasión sí nos sitúa el film a finales de los noventa por la decoración de su cuarto —que podría pasar por cualquier dormitorio occidental con referencias que mezclan nuevas inquitudes como Trainspotting o La naranja mecánica junto a elementos más infantiles como las imágenes de Doraemon o Sailor Moon—, sobrevolando ese estancamiento en una familia que no consigue conectar. Seguimos a Wang Juan por sus rutinas y, con la cámara igualmente cercana a su figura, somos capaces de diferenciar la independencia que le ofrece el exterior frente a la asfixia doméstica. La joven sigue sin sentir el hogar como propio ante las sombras del pasado y del sentimiento de tener la función de reemplazo. Son aquí diferentes los colores y es evidente la frialdad con la que ha construido su propio armazón para sobrevivir ya no solo a su desencanto, también a la alterada vida adolescente. Zou Jing sigue mostrando sin perder tiempo en profundizar en los hechos que más relatables. Se muestran retazos de historias de calado muy profundo pero no incide en la oscuridad de los hechos concretos, solo los percibimos para comprender las sombras que definen el ánimo de los personajes. Son más gestos que palabras y aún así se convierten en escenas profundas e implacables.
Durante toda la película, tanto el agua como la luz son elementos que permiten fluir el discurso del film, tanto visual como conceptual, convirtiéndose ambos en cuestiones etéreas que se prolongan en el tiempo tanto para la protagonista como para su segunda madre. Mientras el agua parece el flujo que puede llevarla lejos para siempre y pasa de ser un elemento de juego en la infancia a algo de lo que distanciarse por precaución, la luz tiene un sentido casi sobrenatural, que se equipara en esta ocasión a la muerte y al sentido en el que entendemos la presencia eterna (o no) de aquellos que ya no están.
Dos hechos marcan la furia indisciplinada de Wang Juan, que llevan a la chica a una especie de huida hacia delante en un intento por conectar con sus verdaderas raíces y es aquí donde la realidad social toma forma. Zou Jing ha intentado personalizar el punzante dolor de esas mujeres que fueron un estigma desde su nacimiento para la sociedad, cuando en China solo se permitía tener un hijo y la llegada de una niña a una casa era una desgracia, cuyos mayores represaliados fueron miles de infantes abandonados a su suerte por no ser considerados legales. A Girl Unknown experimenta con la angustia de no ser reconocido dentro de un mal común, un hecho que no consuela jamás al individuo.
La joven no encuentra ese lugar al que pertenecer, donde sentir un hogar correspondido y, a través de la total emancipación, se vislumbra una vía de escape que pasa por aceptar la soledad absoluta como único modo de reinicio. No por ello los momentos más oscuros de la joven son los más definitorios. El drama es mayúsculo pero queda adormecido por la elegancia que desprenden las imágenes, pero esta falta de identidad en una edad tan temprana consigue que la historia que se cuenta se sienta más desnuda y necesite del calor humano de quien la contempla. La película consigue que los múltiples nombres, padres y hogares no oculten el verdadero rostro de su protagonista, ofreciendo una nueva voz a la singularidad por encima del ruido de fondo.







