Merci d’être venu (Alain Cavalier)

A principios de los años 90, la aparición en el mercado de pequeñas cámaras digitales permitió transformar el modo de producción fílmica dominante —equipos de técnicos relativamente grandes, presupuestos importantes, estricto control financiero y de la agenda de rodaje— e incentivar nuevas maneras de afrontar los proyectos cinematográficos, bien en la búsqueda de nuevas posibilidades estéticas, bien en el acomodo ante la oportunidad de poder filmar en solitario o con equipos muy reducidos. En este segundo grupo, seguramente Agnès Varda y Alain Cavalier fueran los casos más significativos del cine francés: la primera por su influyente reflexión sobre las propiedades de la imagen digital en Los espigadores y la espigadora (Les glaneurs et la glaneuse, 2000) y el segundo por acometer un vuelco radical en su filmografía, constituida hasta entonces por trabajos de corte más clásico protagonizados por estrellas como Romy Schneider, Alain Delon, Catherine Deneuve, Jean-Louis Trintignant o Michel Piccoli.

La rencontre (1996), una serie de memorias íntimas del cineasta junto a la que continúa siendo su compañera, productora y montadora Françoise Widhoff, es el jalón que parte en dos la obra de Cavalier y que inicia su singular, fecundo y muy personal diario filmado. Treinta años después y a punto de cumplir 95, Cavalier presenta Merci d’être venu que, por contenido, empezando por el mismo título (Gracias por haber venido), sugiere una despedida. No obstante, y aunque la muerte está muy presente entre las imágenes del cineasta —desde las convulsiones mortales de una paloma hasta la despedida de una gran amiga, de su gato doméstico… ¡pasando por la despedida de su propio hermano dentro del ataúd!—, su tono y espíritu no son para nada funestos: al contrario, uno puede inferir la ‹joie de vivre› de Cavalier en su abordaje entre alegre y juvenil de su última película, demostración de un director que se siente liberado, que comprende y se regocija con las posibilidades del formato digital y a quien no le tiembla el pulso experimentando en su torrencial registro de imágenes.

Cavalier reflexiona sobre el oficio de ser cineasta, pero también sobre cuál es su posición en el mundo como persona. Su film está construido a partir de imágenes, gestos y conversaciones que rodó en los últimos quince años: desde situaciones casi paródicas que involucran premios en el Festival de Cannes hasta eventos de mayor gravedad que capturan los azares de la experiencia humana. Es en la fluidez con que la película bascula entre lo trivial y lo trascendente, entre la ligereza y la gravedad, donde se percibe el rigor con el que Cavalier trabaja (junto a Widhoff) en la sala de montaje: lo importante no siempre son las imágenes, sino saber cómo empalmarlas. Al final, el espíritu lúdico y aparentemente ligero de Merci d’être venu se revela como una profunda reflexión sobre la capacidad del medio fílmico de capturar el tiempo y de trasladarnos al pasado con la misma intensidad, dolor y luminosidad con las que vivimos el presente. El cineasta francés sabe que el cine no da respuestas, pero puede ser un camino para llegar a ellas.

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