El deporte de élite ofrece una imagen idealizada en la que durante el tiempo en el que dura una carrera, una rutina, un partido o un ejercicio, vemos un esfuerzo desmesurado por parte de cuerpos jóvenes y atléticos que, dentro de las posibilidades que ofrece esa competición, nos permite observar una victoria exultante por encima de una colección de rostros decepcionados que quedan relegados a un segundo plano. Esto es lo que todos aquellos ajenos a un deporte concreto recibimos como información en un corte televisivo, en una noticia o en algún evento casual. Nuestro cerebro es capaz de procesar que hubo un gran esfuerzo y preparación para llegar a ese punto, pero lo que recibimos es una victoria esplendorosa, galardonada con medallas, trofeos, flores, peluches e himnos que nubla el verdadero sentido de este sacrificio.
Corredora amplía la imagen para que correr tenga un significado propio más allá de la victoria. Esta es la historia de Cris, una persona nacida para correr. Tal vez ya es ‹vox populi› que un deportista de élite respira por y para ese deporte que defiende. Ese nivel de exigencia es algo que la mayoría de mortales no conoceremos, porque es uno voluntario, escueto y, en la mayoría de modalidades, desagradecido. Cris vive en un centro de alto rendimiento y tiene un objetivo muy claro desde el primer instante en que cruzamos una mirada con ella: ganar. También en ese momento sabemos que su discurso de ganadora tiene un punto de irracionalidad, que podría traducirse en ambición o ceguera, pero que no suena totalmente a ello. Laura García Alonso utiliza un terreno peligroso para hablarnos de salud mental. La película es un inteligente juego de límites sobrepasados donde estudiar el foso en el que se convierte en lo personal, pero también en lo profesional, un cambio de ritmo forzado por el mismo cuerpo que necesita explorar lo excesivo para triunfar.
Es Alba Sáez el contenedor perfecto para encerrar a Cris, una joven de máxima plasticidad en la pista pero absoluta rigidez en lo personal. El límite mental se mezcla con el físico en una creciente paranoia que comienza como esquivos apuntes, pero va creciendo en las interacciones con su equipo, con los objetos que forman parte de su disciplina, mientras un insoportable sonido agudo nos angustia a la par que todo se desmorona. Es una exposición controlada y necesaria que le lleva a tocar fondo para asistir a esa segunda parte en la que existe un nombre para lo que le ocurre y un remedio que pasa por las drogas sin implicar una solución que pueda convivir con su estilo de vida.
Nos sentamos frente a una película que aborda subjetivamente la cultura del esfuerzo, donde no todo es triunfo ni derrota, donde el límite sobrepasado implica una respuesta más allá del drama, en busca de una reconstrucción personal que va más allá del deporte, de la culpa y de la necesidad constante de superación en un personaje lleno de aristas pese a su rectitud y capacidad de disciplina. Tiene además ese cariz humano de una familia que aporta y confía pese a la dificultad de retomar ciertas jerarquías a esas alturas de sus vidas. Vivimos en cierto modo esas consecuencias del brote psicótico al introducirnos de lleno en las ansias de Cris, que se alejan del tema deportivo y se convierten en un dolor universal y poco soportable. Es más, la directora desea traspasar el tema de la salud mental como algo genérico y lo enfoca hábilmente a la hora de volver a armar unos objetivos para la protagonista a un nivel que solo una deportista de élite podría afrontar, algo que nos descubre nuevos horizontes para uno de esos temas que apenas se reflejan en las constantes victorias de las grandes competiciones y que Laura García Alonso sí ha sido capaz de reproducir sin aleccionar, sin disimular este trayecto hacia ningún lugar —la vida pasándole a alguien por encima es también necesario— que es la reconstrucción que se percibe en Corredora.









