Zi (Kogonada)

No es fácil situar en un marco genérico concreto una película como Zi. Algo que de entrada puede descolocar, cierto, pero que al mismo tiempo ayuda a una inmersión más profunda en el misterio de su narración. ¿Drama? Sí. ¿Ciencia ficción minimalista? Por supuesto. Pero más allá de eso, estamos hablando de una película que, aunque clásica en su desarrollo, viene teñida de una poética visual innegable. Un film donde Kogonada parece querer huir intencionadamente de los modelos arquetípicos que plasmó en su serie Pachinko y busca una suerte de abstracción de las formas mostradas en películas como Columbus.

La historia es simple: una chica se desmorona emocionalmente ante las visiones de su futuro. Unas imágenes que no entiende y que le generan preocupación por una condición mental que cree en descomposición. Solo el encuentro con dos desconocidos le ayudará a comprender mejor su destino. A partir de aquí, asistimos a un tránsito continuo por Hong Kong, donde veremos tanto la ebullición de sus calles como el silencio de sus no lugares. Curiosamente, dos espacios que son asaltados por el silencio y la soledad ahí donde impera el ruido, y por la conversación íntima que rompe el silencio de lo vacío.

La metáfora es clara: donde existe la multitud, desaparece la posibilidad de la reflexión y el contacto humano profundo. Solo la ausencia de lo mundano da pie a la posibilidad del diálogo y también, por supuesto, del nacimiento del amor. Porque, en el fondo, Zi es una película que habla de eso: de búsquedas y comprensión, y de cómo a través de ellas podemos encontrarnos y encontrar aquello y a aquellos que nos completan.

¿Podríamos hablar de un film determinista? He aquí el gran misterio. ¿La relación nace de la casualidad hasta llegar a la profecía autocumplida o bien todo estaba destinado a ello? Una pregunta importante y deliberadamente no resuelta. Lo importante aquí es el viaje; acompañar a los protagonistas en su proceso de autodescubrimiento a través de interminables ‹travellings›, en las pausas dialogadas, en las miradas cómplices y en los silencios reveladores. Quizás lo problemático en la película es su necesidad de acabar por desvelarnos el misterio en su resolución. Algo, sin embargo, que no resulta especialmente molesto dada la condición de película sensorial.

Y es que Kogonada apuesta constantemente por la abstracción sensorial, por la estilización de ambientes y por un gusto delicado que le acerca a toda una tradición de cine urbano asiático, tan próximo a los devaneos románticos del Wong Kar-Wai de Deseando amar (In the Mood for Love, 2000) o a la peripecia de neón nocturno de Hou Hsiao-Hsien en Millennium Mambo. Eso sí, manteniendo una personalidad propia a pesar de las evidentes referencias.

Zi puede que se presente como una película modesta, como un proyecto surgido más por la necesidad de hacer del fotograma una oda a la rima visual que por querer una obra de impacto. Y aun así, quedando clara su apuesta por la modestia (con las costuras visibles que ello acarrea), se postula como una pieza hipnótica y sensorial donde quizás resulta difícil entrar, pero que ofrece una recompensa más que satisfactoria al final del trayecto.

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