Despidiendo a Yang (Kogonada)

Kogonada es el extraño caso de un cineasta que ya lo era antes de hacer su primera película. Sus pequeños ensayos fílmicos, que le dieron una gran notoriedad en ámbitos cinéfilos, tenían la virtud de explicar el cine y a alguno de sus autores, utilizando el propio arte cinematográfico como vehículo de expresión, en una búsqueda que no es ni biográfica ni explicativa, sino que se desarrolla a través de la plasmación sensitiva de la obra de los directores objeto de estudio, recreando su cine con sus propias imágenes.

A mí personalmente, me gustan sus ensayos cinematográficos (muy fácilmente localizables en internet). Marcan una clara hoja de ruta que ha tenido continuidad en sus largometrajes posteriores. Priorizar la generación de sensaciones en el espectador, dando un peso sustancial a la forma frente a un exceso de contenido que a veces es puro ruido. Para Kogonada lo importante, lo diferencial, es el estilo propio y la mirada que posa el espectador sobre la obra.

Heredera de esta idea ya fue su primera película, Columbus (2017), un film muy interesante cuyo recuerdo me evoca un escenario en el que no me importaría habitar, envolverme en esa historia y relacionarme con unos personajes llenos de hondura, en el contexto de una arquitectura arrebatadora, omnipresente y objeto de constante reflexión.

Su segunda película, After Yang, estrenada este 2022 y traducida como Despidiendo a Yang, que es la que nos ocupa, sigue claramente esa estela y ahonda en un estilo alejado de estridencias, donde el minimalismo, lo delicado y lo sutil se anteponen sobre una historia que, a priori, y enmarcada en el género de la ciencia ficción, podría prestarse a todo lo contrario. Pero ya lo dijo Kogonada en relación a Bresson, Bergman o Kurosawa, que el género de sus películas eran los propios autores. Eso parece querer lograr Kogonada: transmitir la visión, no de un drama, o un thriller o un film de ciencia ficción, sino la del propio universo artístico de su autor, que se superpone a cualquier género.

La película nos cuenta la reacción y la búsqueda de una solución de un padre y su hija cuando un robot, Yang, muy integrado en la unidad familiar, deja de funcionar. No es ajeno Kogonada con esta historia a un debate recurrente en los últimos 50 años sobre la consciencia de la propia existencia por parte de una inteligencia artificial. En cine tenemos ejemplos como 2001: Una Odisea del espacio (1968) o Blade Runner (1982), ambas sustentadas en obras literarias de culto de Arthur C. Clarke y Philip K. Dick. Pero en estas obras, a pesar de su claro trasfondo filosófico y trascendente, se utilizaban vehículos estéticos de dimensiones catedralicias, que ofrecían un espectáculo visual sin precedentes en ambos casos.

Kogonada está claramente interesado en ese discurso existencial, pero fiel a los parámetros de su estilo; su opción narrativa y estética es minimalista, pausada, sin estruendo alguno. Parece querer seguir la obra reciente de escritores que, como Ian McEwan en Máquinas como yo (2019) o Kazuo Ishiguro en Klara y el Sol (2021), abordan tan complejas cuestiones desde la cotidianidad, las relaciones personales y los afectos que pueden generarse entre personas y máquinas.

Kogonada parece de inicio querer desconcertarnos con unos primeros minutos que nos muestran una trepidante competición de baile entre varias familias que es todo un prodigio y que pone en marcha la película con estruendo. Pero es un espejismo, parece que el director pretende marcar un contrapunto de lo que va a desarrollar en un film que va en un tempo lento y reflexivo, y que en lo formal se va a apoyar sobre todo en el director japonés Yasujirō Ozu, autor a priori antitético con la ciencia ficción, pero cuya influencia es reconocible en muchos de los planos de Despidiendo a Yang.

Porque Kogonada, a pesar del envoltorio y planteamiento futurista, busca embarcarnos en un film de relaciones humanas, pero más complejas ante los afectos e influencia que provoca un robot y que nos llevan a cuestiones fundamentales como la pérdida, la familia, la paternidad, el recuerdo, la memoria o el duelo.

El peso actoral de esta tormenta familiar recae muy especialmente sobre la solvente interpretación de Colin Farrell. Un actor que iba para estrella, que no llegó a serlo, y que alterna cine comercial puro con algunas de las propuestas más audaces del cine de autor contemporáneo, como son sus trabajos a las órdenes de Yorgos Lanthimos.

Mi reflexión final tras ver Despidiendo a Yang es que me interesa y a ratos incluso me fascina, empatizando con su atmósfera y su discurso. Pero como ya me pasó con Columbus, no termina de conmoverme. Creo que termina adquiriendo un tono de excesiva frialdad que acaba distanciando y que provoca que la historia me enternezca pero no estremezca, me guste, pero no me emocione. Además, parece que el propio Kogonada nos plantea una situación, con un conflicto existencial de mucha altura, sobre el que no da una solución y donde todo parece quedar en ese aire etéreo que es su cine, interesante, a veces apasionante, que parece hablarte en voz baja al oído, pero que quizás necesite de alguna sacudida que golpee al espectador en forma de emoción.

En cualquier caso, seguiré atento a todo lo que proponga Kogonada. Un autor singular, con estilo propio, alejado de las modas y al que debemos estar atentos, aunque solo sea porque en tiempos de pirotecnia audiovisual y montajes trepidantes, Kogonada abrace las causas de la pausa, la contención, el sosiego, una cuidada estética minimalista y la presencia constante de clásicos como Ozu. Una suerte disfrutar de cineastas con estas pretensiones.

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