La figura de Edgar Allan Poe llega a la sesión doble con dos adaptaciones suyas: en primer lugar, una de uno de los grandes expertos en recurrir al nombre del escritor y poeta británico, Roger Corman, que adaptaba en 1963 El cuervo; y por otro lado el cineasta galo Alexandre Astruc, que un año después adaptaría El pozo y el péndulo en Le puits et le pendule.
El cuervo (Roger Corman)
El cuervo, dirigida por la histórica figura de Roger Corman, es una película de un cineasta que contribuyó a la transformación del Nuevo Hollywood de los años 60 y 70 y al que se le reconoce por su gran apego al cine de género.
Aquí, siguiendo una etapa en la que el padre del cine pop del momento estaba tanteando con varias obras del escritor Edgar Allan Poe, continuaba ese mismo ciclo con la adaptación del popular poema homónimo que da nombre a la cinta. En ella, Corman transforma la sombría, gótica y romántica prosa de Poe en una cinta de horror cómico que establece sus propias reglas y personajes, ciñéndose a algunas bases del texto original.
El cuervo se convierte así en una historia de hechiceros con pasados turbulentos que se vuelven a enfrentar, demostrando sus habilidades, ingenio y poder a través de las situaciones, con el objetivo de demeritar al otro y así proclamarse como el mejor hechicero de la hermandad.
Corman prioriza, ante todo, mantener un equilibrio en el tono entre el horror gótico, proveniente de ese primer impacto que genera el imponente castillo del Dr. Scarabus; la comedia, alimentada más por la absurdez de las escenas que por los propios diálogos; y también, cómo no, el cine de aventuras, cuando nuestros inocentes protagonistas intentan esquivar todas las artimañas que el Dr. Scarabus les tiene preparadas.
Una cosa que llama la atención y que puede jugar en contra de la película es que, aunque queda claro que no se toma tan en serio como el material del poema, ello se debe a lo regular que han envejecido algunas vías cinematográficas del género. El diseño de producción es atractivo y el reparto, a nivel de nombres, es aún más llamativo, con leyendas como Vincent Price, Boris Karloff o un jovencísimo Jack Nicholson, pero ese talento se ve diluido por un guion muy suave que solo utiliza a los personajes como artefactos para generar otro despliegue visual que provoque alguna risa fuera del tono que la cinta, por momentos, quiere lograr.
Es extraña la estructura de El cuervo; la transición entre géneros no termina de aguantar mano a mano consigo misma, y los efectos visuales tal vez son demasiado evidentes cuando Corman quiere añadirle alguna capa de profundidad al relato.
El cuervo es una película que es esclava de su época. Tiene todas las deficiencias lógicas que una cinta que apuesta constantemente por los efectos visuales puede tener y, aunque puede ser amigable a ratos gracias a ese vuelta de rueda que Corman otorga, como ocurre en esa última batalla de magia, donde realmente se nota una intención auténtica, la realidad es que tanto los personajes secundarios como algunas líneas de conflicto no terminan de compaginar con la creatividad que proponía desde un principio la obra.
Escrito por Diego Gil
Le puits et le pendule (Alexandre Astruc)
Aprovechando que vuelve a ser de actualidad el eterno dilema de la adaptación literaria a la gran pantalla, recuerdo la defensa del cine “impuro” que hizo en su día André Bazin, oponiéndose a los que pretendían uniformar indiscriminadamente toda adaptación como forma de subordinación artística. Su reflexión acerca de lo que determina la calidad de una película fiel a una obra literaria ahora nos parece muy obvia: «debe restituir lo esencial de la letra y el espíritu». Para ello el cineasta debe tener el mismo nivel de genio en su lenguaje que el autor original. Como la Madame Bovary de Renoir o la célebre traducción al francés de Edgar A. Poe por Baudelaire, dice Bazin.
Esa idea del cineasta como simple traductor en imágenes nace pocos años antes del artículo de Bazin, de la mano de Alexandre Astruc. Reconocido más como crítico y teórico que como cineasta, Astruc identificó en el cine de finales de los cuarenta los rasgos de un arte madurado, que debía – como el novelista con su pluma– escribir directamente con la cámara. De ahí nace el concepto ‹caméra-stylo›, que influyó tanto a los críticos de Cahiers du Cinema . Para Astruc, el cine es capaz de representar, con todos sus matices, la profundidad psicológica y metafísica de un Balzac o un Dostoyevski, si la proeza artística del realizador al volante consigue estar a la altura. Tarea al alcance de pocos.
Astruc adaptó a Poe —o, como aparece en los títulos de crédito, a Poe traducido por Baudelaire— en un par de ocasiones en forma de mediometraje televisivo. Su adaptación del relato corto El pozo y el péndulo —sobre un condenado a muerte por la Inquisición española— apareció en la Radio-Télévision Française en 1964, en un intento de familiarizar al público con la obra del escritor estadounidense. Astruc propone, como ya hizo Bresson con su versión de Diario de un cura rural —ejemplo robado de Bazin—, una traducción línea por línea de la obra original.
Aun así, toda traducción se ve en la obligación de llenar el aire originado por el salto entre lenguajes, intentando no perder la esencia nuclear en el camino. Astruc firma una versión muy meritoria justamente por su forma de algodonar esos espacios huecos, sin quitarle una coma al texto original. Cual rata hambrienta, la cámara del cineasta francés se independiza de su protagonista para trazar recorridos por las callejuelas y ranuras de la mazmorra, perdiéndose en la linealidad aprisionante de sus formas. Descriptividad y atmósfera convergen al igual que en la prosa de Poe.
La revelación progresiva del espacio (la celda a oscuras, la definición a tientas de sus dimensiones, el descubrimiento del pozo, la aparición del péndulo…) es una construcción esencial para el efecto que logra el cuento. La iluminación selectiva, el fuera de campo y el ángulo picado de los encuadres descubren gradualmente un espacio que es tan físico como psicológico. El relato de Poe consigue adaptarse sin demasiadas variaciones al lenguaje fílmico porque las acciones y espacios que describe reflejan y condensan las ansiedades internas del narrador. La oscilación interminable del péndulo, en su lenta repetición, encarna la agonía y el tedio del condenado. Las ratas son repugnancia y horror, apestan a muerte. Por su parte, nada es más visceral en su escenificación de la asfixia que el movimiento de cuatro paredes buscando aplastar a su inquilino. Esas falsas metáforas son materia prima del cinematógrafo y Astruc se abandona a ellas.
El cineasta francés, sin embargo, acompaña las imágenes con extractos de texto en “off”, manteniendo así el diálogo interno del protagonista en su carácter verbal. Ya sea por falta de confianza en sus imágenes, por demandas de la cadena televisiva, enemiga de la ambigüedad, o por una veneración excesiva a la obra de Poe, Astruc demuestra con esta decisión que su genio tal vez no está al nivel de sus predecesores, ni que se le pudiera exigir eso. Lo que sí que se le puede pedir es capturar con su mirada la mezcla agridulce de horror, angustia, tensión y esperanza que caracteriza el estilo del autor, tarea que supera con nota.
Escrito por Carles Verdaguer







