Cinco años, cuatro meses (Esteban Hoyos García, Juan Miguel Gelacio)

Cuerpos sin rostro, espaldas ajenas a la vida que mantienen su postura erguida entre neblinas, sin una identidad propia. Como una pequeña representación del infierno, los directores Esteban Hoyos García y Juan Miguel Gelacio salpican una realidad agónica para miles de familias colombianas, que nunca podrán dejar atrás las secuelas del conflicto armado en el país.

Con un significativo título como Cinco años, cuatro meses, nos acercamos a la cara visible del recuerdo de las víctimas a través de asociaciones de madres que buscan incesantemente a sus familiares desaparecidos en cualquier fosa común que sea destapada a lo largo del país. Es así como conocemos a Martha Baquero, con una contenida y emocional interpretación por parte de Jenny Nava, que cuenta ya a sus espaldas el pesado paso del tiempo desde la desaparición de su hijo mayor, justo cinco años y cuatro meses que confirman esa desazón de necesitar un punto final para despedir a quien ya no hay esperanzas de encontrar con vida.

Ella es solo un punto de luz en un camino plagado de cadáveres sin nombre (esas espaldas recurrentes entre tinieblas), y aunque la violencia explícita parezca algo pasado en la sociedad que retrata la película, la necesidad de una respuesta hace que siga el mismo camino que otra madre, Sandra, en busca de alguna verdad que deje descansar esa pérdida de una vez por todas.

Más cercano al cine social, esta especie de ‹road movie› en la que se convierte el encuentro de dos desconocidas con un mismo objetivo tiene un concepto mucho más profundo al que aferrarse. Como ese camino a lo desconocido que iniciaba el protagonista de Stalker (Andrei Tarkovsky, 1979), Martha necesita una última oportunidad, casi desesperada, con la que poder despedir a su hijo cuando las vías oficiales ya han sido desgastadas. Aunque sea casi de modo apreciativo, queda constancia del duro proceso físico y psíquico en el que se convierte visitar tumbas colectivas en busca de unos restos que coincidan con el ser querido, un hecho casi universal en toda zona de conflicto que se puede extrapolar a muchos movimientos de mujeres buscando familiares desaparecidos, pero que sabe abrazar la individualidad de estas dos mujeres para concedernos dos vías en las que comprender el duelo: la esperanza y el autoengaño.

Porque una vez se propone una radical solución que pasa por la fe ciega y el contacto directo con los muertos, la duda es un ente corrupto frente al negocio que se hace con el dolor ajeno, algo que convierte ese camino casi aventurero en un juego de irrealidad, siempre apoyado en la contención de sus personajes, en un espacio lleno de pesadumbre y supervivencia que juega con la firmeza luminosa de sus imágenes y los escasos pero certeros diálogos que se comparten en pantalla.

Cinco años, cuatro meses decide mantener la tensión de la angustia mientras contempla un viaje definitivo para dos personas extrañas con un mismo padecimiento. Nos habla de necesidad y de dolor a través de unas imágenes claras que desembocan en un misticismo particular, casi sanador, enfrentando el miedo al silencio, a esa respuesta que nunca llega y que una madre no es capaz de aceptar. Los directores saben narrar ese tortuoso camino hacia una paz necesitada frente a las constantes mentiras que se amontonan enterradas en tierra de nadie. Saben dignificar una búsqueda a cualquier precio de algo que, por lo general, queda olvidado por una mayoría y lo hacen de una forma respetuosa y a la vez atrevida, sin cuestionar los métodos frente a un resultado valioso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *