Mare’s Nest (Ben Rivers)

En una de las paradojas de Zenón, Aquiles persigue infructuosamente a una tortuga, interminablemente, hasta la infinitud. El hecho de que sea incapaz de atraparla (una hipótesis que la formulación matemática se encargaría de refutar ‹ipso facto›) sirve como bonita metáfora sobre la incombustible persecución de las cosas (llamémoslo verdad, llamémoslo realidad, llamémoslo sustancia, en general) y eso, irremediablemente, nos lleva al cine de Ben Rivers. Rivers no filma, busca. No rueda, explora. No habla sobre las cosas, ni divaga sobre metafísica, sino que crea sus propias reglas y se revuelca en su propia argila. No escribe, indaga y cuestiona lo rodea, justamente, a través de la proyección de parcelas imaginarias donde ficción y realidad (como ya hizo, por ejemplo, con Jake Williams: primero, en Two Years at Sea y más recientemente en Bogancloch) se funden en un mismo magma.

Precisamente, con la parábola réptil de Zenón arranca Mare’s Nest, su último artilugio fílmico, que dejó pasmado el público de Locarno y boquiabiertos a los espectadores de Gijón, en las ediciones de 2025 respectivamente. Basada en una pieza teatral de Don DeLillo, aquí Rivers presenta una dimensión desprovista y vaciada en su totalidad de adultos, en sintonía con aquel panorama salvaje que presentaba El señor de las moscas (1990), de Harry Hook; o, como en su día, aunque a través de un lenguaje antagonista, lo hizo Alan Parker en aquella inquietante e irresistible Bugsy Malone (1976). Moon (interpretada por la primeriza Moon Guo Barker) protagonista de este relatito gigante, nos sirve de guía, de druida, de sherpa. Su inocencia puede leerse también como un reflejo alter-egocéntrico por parte del realizador experimental y su habilidad para convertir lo artísticamente radical en un placentero y lubricante ejercicio lúdico. Hacer cine es, justo eso: jugar y gozar. Vivir y saborear. El resto es parlanchina pedante. O sea, postmodernismo banal y vanidoso.

Sea como sea, en este vergel laberíntico, tobogán de hazañas y minúsculas gestas primordiales, Moon es nuestra Aquiles. O nuestra Odiseo, ahora que lo homérico parece volver a estar de moda. Mare’s Nest, la última incursión simbólico-lírica de Ben Rivers, es una especie de maratón distópica (o utópica, según para quién) que mira a la niñez sin ápice de paternalismo, ni voluntad alguna de impartir pedagogía. Llamarlo ‹coming of age›, por eso mismo, sería un fatal y atroz reduccionismo. En este cuentito capitular de hadas y brujas que late como un corazón, dilatándose y contrayéndose sin parar durante todo el metraje, todo parece cobrar vida por sí solo. Entre paisajes costeros, cabañas de cobijo, epifanías trascendentales, líricas bíblicas, reminiscencias mitológicas y encuentros rituales, y mediante un formato elementalmente analógico (marca de la casa), el film nos invita a alojarnos en un lugar donde, durante unos minutos, poder sentarnos alrededor de una hoguera y contemplar las vistas universales y escuchar las pequeñas fábulas absolutas.

La mirada del espectador y/o autor acaso se unen para participar en este safari que nos es extrañamente exótico como naturalmente misterioso. Hay dos anatemas pilares para entender el cine de Ben Rivers. El primero es la exploración como motor creativo de todo lo que tiene que ver con la producción artística. El segundo, el íntimo roce con lo apocalíptico que desprende siempre Rivers. En una era donde la alienación digital y el tecnofascismo parecen querer dejarnos más solos que nunca, quizá un reinicio sistémico pueda ser uno de los escenarios más atractivos para volver a empezar. El director británico, lejos de parecer un nostálgico reaccionario, sencillamente parece repetirnos insistentemente que puede que el camino resida en volver a la materia, al grano, a la escucha, a la posibilidad primigenia de fascinación. El niño es curioso, el niño es honesto, el niño es generoso. En términos políticos: el ser humano es por naturaleza colectivista (solidario, si me apuran). En esa línea, el Mojave puede que no sea el fin, sino la oportunidad que merecemos para apuntalar una revancha contra nosotros mismos. Puede que el fin del mundo sea la contingencia del resurgimiento de uno nuevo. Un último apunte, si me lo permiten: algo conecta de forma caprichosamente maravillosa con nuestros lares. La producción de la catalana Andrea Queralt, por una parte, y la humilde y a la vez majestuosa fotografía captada a cuatro manos entre el cineasta y la barcelonesa Carmen Pellon Brusossa.

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