El ladrón de perros (Vinko Tomičić)

El cineasta chileno Vinko Tomičić se traslada a La Paz, en Bolivia, para su primer largometraje en solitario, en el que sigue los pasos de Martín, un adolescente huérfano que se gana la vida como limpiabotas. Durante su trabajo, entabla una amistad cercana con el señor Novoa, un sastre solitario que figura entre sus clientes habituales; sin embargo, todo se complica cuando el chico decide robar a su perro. Martín elabora un plan, consistente en devolverlo después de un tiempo y reclamar la recompensa, pero detrás de este acto se esconden otras intenciones que poco a poco van cristalizando cuando, a raíz del suceso, la amistad entre ambos se estrecha todavía más.

Con un título que, no por casualidad, alude a la famosa película de Vittorio De Sica, El ladrón de perros tiene muchos paralelismos y una inspiración clara en los clásicos del neorrealismo italiano, trasladando la acción de aquellas obras a la capital boliviana en la actualidad, pero manteniendo los elementos de manera casi exacta. Como en ese tipo de cine, se fundamenta en actuaciones no profesionales, con un enfoque en la pobreza, el abandono social y la falta de oportunidades, y el adolescente protagonista es una reencarnación del clásico niño de esas películas que debe recurrir al trabajo en la calle para sobrevivir en una ciudad que le mira por encima del hombro.

Por supuesto, la raíz de esta marginalidad cambia. Martín ya no es una víctima de una guerra reciente en un entorno que está todavía resurgiendo de sus ruinas. Su situación ya no es generacional, común a una ciudad o un país que ha vivido un trauma reciente, sino más bien el resultado colateral de un desarrollo acelerado y desigual, en una ciudad que crece rápido pero que no atiende las dinámicas de racismo y clasismo que brotan de esta, aumentando las brechas entre el protagonista y la sociedad. Frente al retrato de los niños del neorrealismo como un símbolo de la situación de pobreza y falta de oportunidades que afecta a toda la población, la de Martín es una marginalidad condicionada por la diferencia: por su etnia, por su acento fuerte y por su situación familiar complicada.

Todo esto, que en sí representa un comentario social muy adecuado a los tiempos que corren y a las problemáticas que surgen en muchos países considerados hoy en día como en vías de desarrollo, hace de esta una película bastante interesante y elocuente en el papel. Sin embargo, esta claridad de diagnóstico se vuelve muy difícil de extraer de la experiencia cinematográfica de El ladrón de perros, porque todo lo que se menciona aquí, el contexto y los detalles de la situación marginal de Martín, está narrado y pasa de un punto a otro de una forma muy esquemática. Sabemos que sufre de ‹bullying› en el colegio, que tiene una dicción muy distinta a la de sus compañeros y se le dificulta leer, o que quiere formar parte de la banda del colegio y para ello tuvo que sacrificar un año de clases para ganar dinero y pagarse una trompeta. El problema es que todo eso se menciona y se pasa de largo, sin énfasis, con el propósito, en mi opinión errado, de centrarse en la relación entre el joven y el señor Novoa, que es probablemente el aspecto menos interesante y más manido de un retrato social y psicológico del protagonista potencialmente muy rico.

No digo con ello que la película de Tomičić no emocione, o que sea incluso en absoluto mala, pero en todo momento se siente el potencial desperdiciado en el desarrollo de su personaje principal, reduciendo sus aristas con ello, para alcanzar un cierre bonito y esperanzador pero que en mi opinión aborda uno solo de los muchos aspectos a los que la película apunta sobre la situación de Martín, mientras introduce un montón de conflictos en torno al personaje que quedan en menciones anecdóticas. Si bien este final puede funcionar, no hace justicia a la complejidad a la que llega a aludir la cinta, y por tanto, lo incisivo de su crítica social y su amplitud de miras quedan lastrados por esa suerte de “bienquedismo” narrativo. El resultado es una fábula agradable pero menor, filtrada y simplificada, que queda lejos de la capacidad analítica y crítica de sus antecedentes teniendo la oportunidad y, por momentos, la apariencia de voluntad de hacer algo incluso más complejo.

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