Sesión doble: Historias de terror (1962) / La comedia de los horrores (1963)

Vamos con una sesión doble para celebrar Halloween como es debido. El terror de los sesenta llama a nuestra puerta con dos imprescindibles del cine como son Historias de terror de Roger Corman, rodada en 1962, y La comedia de los horrores, con la visita de Jacques Tourneur a Estados Unidos en 1963. ¿Preparados para una noche de miedo?

 

Historias de terror (Roger Corman)

En pleno desarrollo del denominado “ciclo Corman – Poe”, donde el viejo sabio del bajo presupuesto rindió un histórico tributo a la legendaria pluma del escritor a lo largo del primer trecho de la década de los 60, Historias de terror emerge en una dimensión diferenciadora bajo su condición de película episódica. Con Vincent Price como nexo de unión, interpretando tres papeles diferentes, Corman aprovecha el formato como pequeñas gotas de horror clásico de las que se extrae una mirada cínica y ágil hacia la subversión propia de la literatura de Poe, filtrada a través de la pluma de Richard Matheson y su más que incisiva, a la par que inteligente, reversión tonal de las temáticas del autor. La dupla Corman-Matheson apuesta por el barroquismo excelso de la época extrayendo las más directas moralejas provenientes del literato, adaptándolo cinematográficamente bajo un sentido ágil y directo, y bajo el regusto añejo que han categorizado las aportaciones al terror del tridente productivo formado por Roger Corman, James Nicholson y Samuel Z. Arkoff. Tres acercamientos a la muerte con cierta mordacidad en su confección que adaptan Morella, El gato negro y El extraño caso del señor Valdemar.

El primero de ellos, la historia de una joven que regresa a su casa en la que habita un padre que la culpa de la muerte de su mujer, presenta la antología en un tono menos disruptivo que los dos siguientes episodios, y donde Corman se rinde a la fórmula de sus otras adaptaciones de Poe creando en un entorno sombrío, espectral, con el desarrollo de una inmersión dramática puramente teatral; si bien aquí el relato original queda lastrado por la hermética duración que exige el formato, su composición del horror sobrenatural y la vehemente escenografía barroca confieren cierta complejidad formal a su atmósfera, aportando un gusto muy estimable aunque algunos conceptos no se lleguen a desarrollar como la historia parece pedir. El segundo, quizá el más acertado, propone la revisión del eternamente recurrido gato negro delator de Poe (con guiños incluidos a El barril de amontillado), a sazón de un férreo duelo interpretativo entre Prince y Peter Lorre, en el que un triángulo amoroso inesperado acaba por fomentar el esperado emparedamiento; quebrando el fondo y forma visto en Morella, aquí Corman se desata proponiendo una subversión formal en un tono mucho más ácido, que recae en un Vincent Price tan sobrio como excéntrico a colación de la exigencia de la historia, además de un Peter Lorre divertidísimo en su catador de vinos borracho y pérfido. Corman adhiere a la mordacidad trucajes de cámara al servicio del etilismo y la paranoia, dando un sentido anárquico a esta extravagante revisión de El gato negro. En el capítulo final, Price interpreta a un enfermo terminal que desea probar el alivio antes de la muerte a través de la sugestión mental, siendo finalmente hipnotizado por un cautivador personaje dramatizado por Basil Rathbone; trasunto en un inicio de la sobriedad hacia el pánico vista en Morella, funciona como un ‹mix› de las tonalidades vistas en los episodios predecesores, donde el director aboga por unas pretensiones fotográficas cromáticas muy interesantes y una inclinación hacia el suspense de lo abstracto que desemboca tanto en un nuevo duelo interpretativo de primer orden como en una conclusión impactante; bajo ella, se dibuja un culmen para la antología con ese terror situado entre las dos realidades, etéreo en su atmósfera pero catastrófico en su eco terrenal, que resume a la perfección algunas de las valías del escritor aquí homenajeado con tesón y enorme deferencia.

Escrito por Dani Rodríguez

 

La comedia de los horrores (Jacques Tourneur)

No se puede negar, ni disimular, el hecho de que esta comedia de los horrores es un Tourneur en horas bajas. No obstante, a pesar de no estar ante una obra que pase a los anales de la historia, y mucho menos dentro de la filmografía del director, hay que destacar su intencionalidad a la hora de crear algo nada sencillo como hibridar la comedia más disparatada con el terror.

Y nada mejor para ello que dotarse de, prácticamente, el mismo equipo que, tan solo un año antes, había realizado Tales of Terror de Roger Corman. Tourneur usa precisamente esa atmósfera del ciclo Poe-Corman, para narrar a modo de disparate, las andanzas de dos funerarios dispuestos a lo que sea, incluso generar muertos ellos mismos, para ganar pingües beneficios del negocio del óbito y el dolor ajeno.

Dos protagonistas como Vincemt Price y Peter Lorre que se desprenden en este caso de su vis más siniestra para adoptar el rol de villanos mezquinos, torpes y, en el caso de Lorre, finalmente más nobles de lo que aparentan. Un dúo que Tourneur convierte en trasuntos de Abbott y Costello o incluso, dada la apariencia física, en una suerte de Stan Laurel y Oliver Hardy de la era victoriana.

El humor es pues un elemento indispensable del film. Un recurso que Tourneur explota en diversas modalidades, desde el ‹screwball› a modo de diálogo ingenioso hasta el ‹slapstick› a base de una fisicidad mamporrera pasando por homenajes sentidos al cine silente y su aceleración de imágenes a modo de catalizador del absurdo. Aunque obviamente esta mescolanza no acaba de funcionar siempre, sí es destacable la química establecida entre Price y Lorre y lo bien que marcha, especialmente Price, su registro cómico.

Pero obviamente no nos podemos olvidar que más allá de la comedia estamos ante un film de terror y, en este sentido, podríamos decir que, como tal, no acaba de funcionar. Cierto es que las atmósferas victorianas, los aires tétricos y mugrientos a lo Poe, y el tema del entierro prematuro (directamente vinculado con La Obsesión) están presentes durante toda la trama. Sin embargo, y a pesar de tener momentos logrados, especialmente por lo que respecta a otro clásico del género como Basil Rathbone, todo queda demasiado ofuscado por la necesidad de darle un giro humorístico.

Podemos decir pues que La comedia de los horrores es un film tremendamente descompensado dentro de su ‹mashup› genérico. La balanza cae demasiado a favor del humor , dejando toda la parte terrorífica como invitada de cartón piedra, como si solo por su atmósfera y protagonistas ya generara terror por sí solo. A pesar de ello, este es un film que debe ser visto como una curiosidad, casi un contrapunto irónico dentro de la producción de la American International, y que, como mínimo, ofrece una buena dosis de diversión absurda, interpretaciones competentes y, ya que estamos en Halloween, un par de momentos realmente espeluznantes que, desgraciadamente, dan buena cuenta de lo que podría haber sido el film si se hubiera lanzado por esos derroteros.

Escrito por Àlex P. Lascort

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