Partisan (Ariel Kleiman)

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La omnipresente mirada de un patriarca impostado nos sumerge con sosiego y extrañeza en un universo conocido pero lejano. Con ese gesto, Kleiman se apropia de nuestra mirada y la equipara a la del protagonista. Nos pone en la tesitura de un niño que afronta ya su más que inmediata adolescencia explorando, siendo partícipe del microcosmos que pone en sus manos ese patriarca interpretado por Vincent Cassel, pero entablando cada vez una curiosidad mayor con el medio, como si las enseñanzas impartidas no lo fuesen todo y obtener una perspectiva propia tuviese un valor añadido. Es ese el mismo proceso que el aquí debutante entabla con un espectador ya del todo familiarizado con la «coming of age», y lo hace ciñiéndose a cuestiones genéricas, como tratando de llevar esa categoría a un plano donde la pureza, esa ingenuidad difusa que se palpa en el ambiente, obtenga un sentido mucho mayor. Su visión se nos antoja desde ese prisma entera, ecuánime. No hay condicionantes que indiquen cual es la esencia y objetivos de ese patriarca hasta que se desmantela, poco a poco, una razón de ser menos transparente y, en especial, evidente de lo que a priori se podría deducir.

Kleiman reformula de este modo las constantes de aquello que prácticamente se ha convertido en algo más que un género, y es que la evolución vital ante el paso a una edad adulta ha obtenido una respuesta cada vez más notoria, pero en Partisan se desempeña de un modo distinto. No se trata, pues, de avistar una cierta transición en el periplo de Alexander —que también—, sino de comprenderla desde ese espacio creado por su mentor, Gregori, así como de vislumbrar esa relación entre ambos como un reflejo de lo que supondrá para el joven afrontar esa nueva etapa. Pero la confrontación entre ambos no es sugerida, como hacia preveer esa vertiente genérica desarrollada por el cineasta «aussie», desde una perspectiva que potencie sus cualidades como thriller, y Kleiman la afronta a través de un terreno dramático tan capaz de explotar su vertiente más psicológica como de transformar esa exploración ejercida por Alexander en un elemento indispensable para el desarrollo de un relato que no se conforma únicamente con exponer lo obvio en un vínculo cada vez más inconsistente, incluso esquivo.

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Vincent Cassel y Jeremy Chabriel interpretan esa relación entre ambos con una madurez que se podría deducir de un actor como el galo, pero donde el joven actor otorga una réplica magnífica: tanto la expresividad que es capaz de otorgar, colmada en ese carácter entre inocente y taimado, como el temple sostenido ante una figura inapelable en ese reino, hacen de Alexander un ente poliédrico capaz de dotar de complejidad y mesura a un personaje sin cuya esencia sería inentendible el marco dispuesto por Kleiman. Algo que además ensalza cada escena compartida aunque sus mimbres sean simples, incluso apelando a una universalidad reinterpretada en ese contexto.

Partisan compone así un escenario que va más allá de su creación como tal, y emplea ese nexo para ir descubriendo sus posibilidades. Pero Kleiman no potencia esas virtudes únicamente desde una puesta en escena austera y definitoria, también lo hace a través de las imágenes, indagando en ese sustrato violento y tejiendo estampas tan expresivas como heladoras. Es en ese terreno donde el cineasta australiano logra traspasar el umbral entre una idea sugerente y la consecución de la misma, y precisamente ahí radica el triunfo de Partisan, en el hecho de saber componer tanto un universo propio como representaciones simbólicas capaces de quedar grabadas en la retina del espectador y de modelar su percepción con una composición tan sencilla como descarnada.

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