Krakatoa (Carlos Casas)

Carlos Casas quiere que experimentemos su película por encima de su mensaje. Krakatoa rebusca en lo sensitivo para evocar una aventura introspectiva a partir de una sencilla premisa y una realidad lejana. La premisa parte de lo personal, un pescador solitario que naufraga cerca de la isla volcánica Krakatoa y busca su propia supervivencia; pero también se aprovecha de lo conceptual, en este caso como archivo sonoro, pues intenta dar forma al que se considera el sonido más fuerte registrado en la Historia, el generado durante la erupción del volcán, que dio lugar a una destrucción masiva antes de crear a esa misma isla.

Por tanto, el sonido es nuestro pasaporte para sobrevivir a Casas. Krakatoa no hace uso de la palabra pero tampoco existe el silencio en su película. Recibimos todo tipo de estímulos sonoros, acompasados incluso en algún momento por alguna nota musical perdida, acompañando su otra vía de comunicación: la imagen. Aquí es donde podemos completar todos los estados de la materia —líquido, gaseoso, sólido— en esa clara comprensión de lo indestructible y maleable que es todo aquello que nos rodea. Casas se aprovecha del entorno pero también busca entre lo microscópico generando baterías de imágenes a diferentes ritmos que intentan compensar el ruido externo.

Krakatoa se atreve a través de esa fusión sonora y visual a acaparar todo tipo de géneros cinematográficos. Esta es una película de aventuras, una de ciencia ficción, también de terror y supervivencia, todo depende de la gama cromática y la acumulación de ruido que se combine en pantalla. Vagamos por los tonos azulados del mar abierto, junto a la claridad del día; nos sumergimos en la calidez de la tierra, donde tonos anaranjados nos invitan a asumir un desierto inconmensurable de rocas y arena; el negro y el rojo sobrevienen entre las sombras, donde los rugidos internos de un volcán transforman la experiencia en algo asfixiante, es sinónimo de fuego, de infierno. Todo es sugestionable mientras la materia se va transformando, como una involución de la naturaleza que desea contar su propia historia y tragarse al hombre hasta convertirlo en algo insignificante, más allá de su labor de guía.

En ese sentido, la película es un depósito de vibraciones, necesita de una atención plena para acomodarnos en sus estímulos, convirtiendo el cine en una exposición artística de elementos capaces de captar el asombro. Parece que el director desea deshacerse de lo formal sin que seamos capaces de percibir el laborioso trabajo técnico que requiere una visión como esta. Nos quiere llevar a contemplar el átomo, a desligarnos de las formas complejas para evadirnos de una realidad que nos transporte a lo efímero, a veces relajante, a veces angustioso: el concepto del instante.

El enfrentamiento del hombre a la soledad nos lleva a sentir esa lejanía con lo que nos rodea en una película que va sumando elementos y contemplando de soslayo el tiempo para dictaminar cuándo actuar sobre el espectador. Es difícil no dejarse llevar por sus imágenes, del mismo modo que es peligroso quedarse anclado en ellas, sobre todo en una última parte que se convierte en un ataque difícil de mirar fijamente, donde el festival hiperactivo al que nos enfrentamos nos expulsa, dirigiéndonos sin ningún miramiento a una explosión definitiva.

Es entonces cuando el sonido más fuerte jamás registrado se convierte en una anécdota que evoca la destrucción que sobrevino con él, utilizando un volcán como símil del fin de todo aquello que conocemos. No somos nada, pero qué bucólico es todo aquello que nos rodea, porque uno de esos seres insignificantes que conforman la masa especular ha creado algo significativamente bello y activo para enviarnos al fin del mundo.

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