Piaffe (Ann Oren)

La condición motriz del cine

No son pocas, en el cine contemporáneo, las películas que reclaman un retorno al sonido, comprendido este como una herramienta que secunda a la imagen y que la hace adquirir un significado nuevo. Puede venirnos a la cabeza la extraña Berberian Sound Studio, de Peter Strickland, que se vuelca sobre el género del ‹giallo› una vez este ha renunciado a las cadenas de producción que lo hicieron glorioso en su momento, la inusual Tres, de Juanjo Jiménez, donde una diseñadora de sonido abandonaba la sala de montaje y los sonidos cotidianos empezaban a distorsionársele, o por supuesto la extraordinaria Memoria, de Apichatpong Weerasethakul, en la que una botánica establecida en Colombia irá en busca del origen de un sonido explosivo que anida en su cabeza.

La nueva película de Ann Oren, Piaffe, se mueve en el territorio entre sonido e imagen, artificio y realidad, espigando en la cultura visual contemporánea. El objetivo de su protagonista es ocupar el lugar de trabajo de su hermana enferma, que es artista de Foley. De repente, cuando está intentando emular y reconstruir los sonidos del animal al moverse —el film, como la reciente Nope, de Jordan Peele, podría estar demandando un regreso a los orígenes a partir de las famosas imágenes del caballo de Muybridge— le aparecerá una cola de caballo que atraerá a un botánico a través de un juego de sumisión. Lo que parece una trama disparatada, digna de Quentin Dupieux, la directora alemana Ann Oren lo transforma en una meditación sobre la propia construcción de la imagen en movimiento, por momentos casi a modo de ensayo visual o de cine de vanguardia. Las escenas de sumisión, por ejemplo, beben de la obra de Catherine Breillat, quien apostó por desplegar una mirada subversiva y condescendiente para desmembrar el mecanismo falocéntrico y pornográfico de opresión del cuerpo de la mujer, traducido en las ataduras para la obtención morbosa del placer.

No obstante, Piaffe trasciende hábilmente lo que podría haber sido un ejercicio cargado de pretensiones y clichés. De entrada, la premisa y el desarrollo dramático esconden un humor tímido, que se encaminaría hacia el delirio de no ser porque la cineasta sabe exactamente lo que quiere explicar, y graba a sus protagonistas con una ternura infrecuente, sin estigmatizarlos y proporcionándoles una estética en celuloide que vivifica la dimensión artesanal del medio y les incrusta en el espacio de forma más orgánica y creíble. En cierto modo parece una reimaginación en clave paródica de películas como Impacto, de Brian de Palma. Su visión es la de una antropóloga que equipara audazmente el comportamiento humano con el animal, que al fin y al cabo no son tan distintos. Señalaba Jacques Lacan que el humano es el único ser viviente capaz de identificarse en un espejo. ¿Y qué no son las imágenes cinematográficas sino espejos de nuestros comportamientos más animalísticos? Los cuerpos del cine son avatares que portan y exageran nuestras pulsiones y afectos, que tanto nos cuesta naturalizar en la vida real.

Es difícil intuir si el tiempo le concederá a Piaffe el prestigio que se merece en tanto que película que sobresale con creces de las corrientes de la corrección política, pero su paso por la sección oficial de Locarno ya es motivo suficiente como para tenerla en el radar. Sus cotas de ambigüedad con tal de que el espectador extraiga conclusiones por sí mismo, sin restringirle la libertad de interpretación y sobre todo devolviéndole el gusto por mirar una imagen en la era donde lo miramos todo, son más que encomiables. Una estupenda película.

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