¿Cómo una película que parece criticar la religión termina siendo una película religiosa? Pues eso precisamente es lo que consigue hacer La chica del coro. Una película que se muestra con simbología femenina, casi obscena a ojos del creyente más beato, pero que termina siendo casi una alegoría al hallazgo del amor a Dios que tanto se predica en el cristianismo.
Casi como si de una radiografía de la figura de la sombra de Carl Jung se tratara, La chica del coro nos presenta a Lucija, una joven que canta en un coro de iglesia y cuya vida se nos muestra como muy represiva y recta, sobre todo a nivel sexual, siendo el máximo exponente de esto su madre, que pese a ser buena con ella, es muy estricta con ese asunto.
Pero en el coro conoce a un grupo de chicas que son casi como esa figura antagónica que quiere liberar a Lucija de esas restricciones que se autoimpone por culpa de su madre y que sin embargo, casi de manera irónica, terminan representando la figura del diablo, tentando a la protagonista a cometer el pecado que más la persigue: la lujuria.
Secuencias como la del vestuario, con esa alegoría a la fecundación de una flor, o momentos como el de mirar a los obreros y oler su camiseta, lejos de mostrar actos de rebeldía, parecen más bien tentaciones que el diablo pone en el camino de la protagonista, casi como si de Jesús en el desierto se tratara. Siendo la figura del diablo en este caso Marija, que no solo la incita a hacer esos actos, sino que incluso llega a hacerla dudar sobre hacia cuál de los sexos se siente atraída.
Toda esta confusión y a la vez descubrimiento por parte de Lucija hace que comience a escuchar una voz, una voz sutil y lejana que casi la incita a pecar. Siendo esta la personificación de esa sombra de Jung, esa parte de ti que te tienta a hacer aquello que está mal visto en tu entorno y que la joven intenta controlar, llegando esta idea a su punto más alto en dos escenas concretas. La primera de ellas, aquella en la que Lucija, por un “verdad o atrevimiento”, besa a la estatua de la Virgen María, siendo no solo una ofensa a sus propias creencias, sino también un punto de ruptura con todo lo que había defendido hasta ese momento, bajo la atenta mirada de Marija, la cual encarna de la mejor manera tanto en esta escena como en la del beso esa figura del demonio tentando constantemente.
La segunda escena que mejor representa esta idea, y la que simboliza el clímax del conflicto interno de Lucija, es aquella en la que va a devolverle la camiseta al albañil, el cual se está bañando en un río. Cuando este se acerca lentamente a ella, Lucija, apenas capaz de contenerse, se marcha nerviosa y se alivia en el baño en una especie de clímax simbólico que la hace caer en su punto más bajo a ojos de la religión a la que sirve. Esto provoca que después falle durante el ensayo y casi sufra un ataque de ansiedad que la lleva a escapar, encontrándose entonces con un grupo de monjas las cuales, aunque no se llegue a entender del todo, parecen perdonar sus pecados a través del bautismo. Tras ello, Lucija vuelve a la rectitud que había perdido, pero ahora sabiendo más. Algo escenificado magistralmente con la escena de la uva ya madura y no agria como la primera vez, simbolizando así la limpieza de sus pecados.
En definitiva, La chica del coro es una película que, sin pretender serlo, termina siendo un alegato religioso y que, uniendo la crítica y la alabanza, muestra de la mejor manera tanto lo bueno como lo malo de seguir esa doctrina. No se limita a hacer una crítica banal; en cambio, nos muestra los grises no solo de la religión, sino también del propio ser humano. Una película infaltable que demuestra que no hace falta señalar a un lado y alabar al otro para transmitir un mensaje sin perder el sello autoral.









