Huo Meng filma, en su segundo largometraje, un poema campestre que honra la tradición rural china, situado en un periodo de cambios veloces a inicios de los años noventa provocados por la transformación socioeconómica que agitó al país. Meng, cuya primera película ya se situó lejos de los grandes núcleos urbanos, nos coloca en el nido de una familia de cuatro generaciones, que sigue ceremonialmente y de forma cíclica los ritos agrícolas y místicos que parecen nacer de la propia tierra en la que habitan. Esa relación con la tierra, de dar y tomar, de veneración y trabajo, de vida y muerte, constituye una forma de relación total con la naturaleza que, en nuestro presente homogenizado y despojado de lazos terrenales, resulta lejana y arcaica.
En parte Vivir la tierra es un trabajo de conservación y de memoria, donde las ceremonias mortuorias, como la que inicia la obra, o los procesos de arado, siembra y recogida, que sirven de esqueleto narrativo, son tan protagonistas como los miembros de la familia, que a su vez parecen constituir un solo personaje difuminado. Esta cápsula en el tiempo de tradiciones centenarias se nos presenta en el momento preciso en el que empieza a germinar la semilla del cambio. Los más jóvenes de la familia, que a su vez gozan del mayor protagonismo en la pantalla, se hallan entre un pasado inmóvil y cuadriculado y un futuro volátil e imprevisible. La tierra sólida sobre la que se cimentó la vida y cultura rural se torna fangosa a los pies de las nuevas generaciones, prácticamente obligadas a migrar a la ciudad en busca de un asentamiento firme.
Los padres de Xu Chuang son unos de los muchos que se ven forzados a buscar trabajo en las urbes. Su hijo de diez años —en quien por edad y protagonismo se puede identificar una relación admitida con la infancia del propio autor— se queda en el pueblo con su familia no biológica. Su inocente y curiosa mirada infantil, tanto por lo personal como por lo colectivo, sirve de pretexto para la dualidad dialectal de la cinta. Huo Meng alterna entre el paisajismo social y el retrato intimista, entre la recreación documental y la dramática. Pese a su acercamiento realista, en ocasiones prácticamente antropológico, el cineasta consigue instantes de notable expresividad visual mediante composiciones y movimientos de cámara agudos, que solo en contadas ocasiones se pasan de formalistas. Son justamente los escasos momentos oníricos (las pesadillas de Xu Chuang) los que echan a perder ese equilibrio formal, tan cuidadosamente establecido hasta ese punto. Aun así, Huo Meng logra destellos fascinantes en ambas ramas estilísticas. Las festividades y celebraciones se filman conjugando a la perfección espontaneidad y orden, y sin tener que renunciar a grandes coreografías. En lo individual, cada personaje, tal vez por su similitud con el intérprete (en su mayoría no profesionales), despierta una verdad imposible de falsear.
Cabe decir que ese tránsito perpetuo entre lo costumbrista y lo esquematizado a veces exige de un mayor compromiso. Esta indecisión o tibieza diferencia a Huo Meng de otros cineastas coterráneos con películas similares como Zhang Yimou, cuya ¡Vivir! demuestra, incluso en exceso, una voluntad dramática mucho más crítica, o como Jia Zhangke, que ya desde sus inicios manifestó una personalidad formal y política significativamente más arriesgada. Vivir la tierra indudablemente está dirigida por un cineasta de mirada aguda y mano hábil, capaz a su vez de momentos de brillantez y de pequeños deslices. En su totalidad, se trata de una cinta que vale la pena; honesta y vigorosa, y filmada con cabeza y corazón, aunque no siempre se encuentren en el proceso.









