El síndrome Rembrandt (Pierre Schoeller)

Aunque no tenga tanto que ver con el de Stendhal, el título El síndrome Rembrandt (Rembrandt en francés) juega bastante bien con la idea que nos presenta y a la que se acerca, la de una reacción extrema frente a la belleza, si bien en este caso no se sabe si más como enfermedad, locura o sensatez. Al parecer depende del contexto en que se desenvuelva la persona, lo cual no deja de ser una lógica muy contemporánea: soy y me preocupo en función de quiénes somos y qué nos importa.

El director Pierre Schoeller parte de una idea interesante, y es que los burgueses se empiezan a preocupar por el cambio climático (ahora falta que pongan de su parte y que los señoritos del campo también). Una ingeniera vinculada a la industria nuclear contempla varios cuadros de Rembrandt y algo se rompe dentro de ella. No hay una explicación médica, ni psicológica, ni sobrenatural (creo). Solo una sensación constante que amenaza con cambiar su manera de estar en el mundo, al ser por fin consciente de que el mundo se acaba mientras se bebe un buen vino, se critica el trazo de las pinturas de un museo y la hija que estudia en el extranjero te ofrece la relación perfecta porque cuando os empezáis a molestar se va. La “ecoansiedad” convertida en un lujo burgués. La conciencia climática como un acto estético.

Durante su primera hora, El síndrome Rembrandt parece convencida de que esa sensación o grieta desembocará en una película incómoda. Una que hablará de nuestra incapacidad para asumir el desastre climático, de la responsabilidad individual o de la distancia entre saber y actuar. Incluso da la impresión de que terminará encontrando un lugar íntimo desde el que abordar esas preguntas. Pero la película avanza siempre a oscuras (casi literalmente a veces).

Confunde el misterio con la ausencia de información y la intriga con la acumulación de escenas que apenas modifican a sus personajes. Las conversaciones prometen profundidad, aunque casi siempre terminan suspendidas en una vaguedad filosófica que parece más preocupada por sonar trascendente que por descubrir algo. Durante buena parte del metraje uno sigue esperando que todas esas piezas encuentren una forma común. Y cuando parece que van a hacerlo, uno descubre que, en realidad, no acaban de pasar.

Es una lástima porque Schoeller encuentra imágenes poderosas y una atmósfera que sostiene durante bastante tiempo la ilusión de que detrás de tanto silencio va a existir una revelación proporcionada por actores muy solventes. También ayuda la voz de Romain Duris, probablemente el actor que más voces en ‹off› ha hecho en el cine francés contemporáneo (así hablando de memoria). Con esa voz sería casi un desperdicio no utilizarla, también diré.

Sin embargo, ni siquiera Duris ni Camille Cottin consiguen convertir en algo vivo un matrimonio que el guion insiste en presentar como profundamente enamorado mientras él la desprecia a la mínima oportunidad y ella parece incapaz de soportarlo demasiado tiempo. No hay tensión. Tampoco pasión. Solo una sucesión de escenas funcionales que describen un amor profundo sin llegar nunca a sentir que exista.

Quizás ahí aparezca la contradicción más interesante de la película. El síndrome Rembrandt quiere discutir sobre una situación muy actual especialmente en Francia, país que cuenta con un montón de centrales nucleares, al parecer, y donde se vanaglorian de tener una élite ilustrada que, por primera vez, empieza a sentirse interpelada por el colapso climático. Personas con acceso al conocimiento, al arte y al privilegio que descubren, quizá demasiado tarde, que la cultura no inmuniza contra la catástrofe. La película intuye esa contradicción, pero nunca se atreve a dar donde más duele. Se queda observando la culpa desde una distancia prudencial.

Hay incluso momentos involuntariamente cómicos. Uno de mis favoritos —si la memoria no lo tergiversa demasiado— llega cuando un personaje dice: «Necesito que sea discreto». La respuesta es inmediata: «Soy físico nuclear». Es una de esas réplicas que parecen escritas para provocar solemnidad y terminan provocando exactamente lo contrario.

Mi sensación es que he visto una película mucho menos ambiciosa de lo que aparentaba. No porque renuncie a ofrecer respuestas, sino porque acaba renunciando también a formular las preguntas con verdadera precisión. Durante una hora consigue convencerte de que está a punto de enfrentarte a una verdad incómoda, que cuestione el privilegio o que hable de que lo que otros llevan años viviendo (y nosotros viendo desde el móvil) nos está llegando a nosotros también. Después descubres que esa promesa era, como la “ecoansiedad” de sus personajes, más una pose que una experiencia, algo difícil de conectar con el argumento, la narración o el cierre final.

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