Hay películas que necesitan levantar la voz para hablar del poder y otras que prefieren sentarse en una esquina de la habitación y esperar a que el poder se levante. Porque, como diría la denostada Cersei Lannister, el poder es poder, y parece que el Pierre Schoeller de Los anónimos ya era consciente de eso.
El director francés reconstruye el asesinato del prefecto Claude Érignac, ocurrido en Córcega en 1998, desde un lugar sorprendentemente poco espectacular. No hay grandes persecuciones, ni una épica de la resistencia corsa, ni policías convertidos en héroes de novela negra. Hay interrogatorios, seguimientos, reuniones, expedientes, llamadas telefónicas y hombres y mujeres que hablan demasiado poco. Una película policial que entiende que, cuando la historia es suficientemente interesante, quizá no le haga falta incorporar adornos.
Y eso tiene algo de paradójico. Porque Los anónimos es una película sobre una organización clandestina y sobre personas que han decidido vivir al margen de la identidad que el Estado puede reconocer, pero Schoeller filma precisamente el proceso mediante el cual esas personas van dejando de ser anónimas. El poder empieza por ponerles un nombre, después una cara, después una relación con otros nombres y otras caras, hasta convertir una red de individuos en un relato que pueda ser juzgado en diferentes ámbitos de la sociedad.
Quizá por eso me haya interesado más la película cuando deja de parecer una reconstrucción de un crimen y empieza a ser una película sobre los mecanismos del Estado. Olivier Gourmet interpreta al policía encargado de avanzar por un caso en el que cada respuesta parece generar otra pregunta, mientras Mathieu Amalric se coloca en el otro extremo de la maquinaria, como responsable de una célula antiterrorista cuya seguridad roza por momentos la megalomanía. Entre ambos, no hay tanto una lucha entre buenos y malos como dos formas distintas de ejercer el poder, de quien necesita encontrar la verdad y a quien necesita demostrar que puede encontrarla.
Schoeller rueda todo esto con una sequedad que puede hacerse algo pesada. Es una película poco preocupada por seducir al espectador y bastante más interesada en observar a sus personajes y el entorno. Por momentos, parece que estamos viendo un documental al que le han colocado actores; en otros, las imágenes de archivo terminan de borrar la línea entre la reconstrucción y la historia. El resultado tiene algo casi quirúrgico: instituciones, procedimientos, cuerpos y rostros atrapados dentro de una maquinaria que no deja demasiado espacio para la individualidad.
Y ahí están, sobre todo, los miembros del comando. La dirección de actores resulta extraordinaria porque nunca parece necesitar explicar demasiado sobre quiénes son. No son caricaturas de terroristas ni héroes románticos de una causa nacionalista. Son hombres que han construido una identidad alrededor de una idea y que, poco a poco, descubren lo difícil que resulta mantenerla cuando el Estado empieza a estrechar el círculo. Pierre-Laurent Santelli y Didier Ferrari destacan especialmente en esa parte más íntima y humana de la película.
Incluso sus defectos parecen reforzar involuntariamente esa distancia. Aunque pensaba que era cosa de la edición que he visto, al parecer la ausencia de subtítulos en algunos pasajes en corso se planteó a propósito para dejar al espectador fuera de conversaciones que deberían contribuir a comprender mejor a los personajes investigados. Una prueba más de que Los anónimos no es una película demasiado interesada en facilitarnos las cosas.
Quizá porque su verdadero interés no está tanto en indagar en el hecho real o en hablar sobre la causa corsa. Su verdadero interés es entender qué sucede cuando una persona se convierte en una pieza dentro de un conflicto que la supera. Entonces es cuando entendemos que los anónimos dejan de serlo cuando el Estado los nombra… Y quizás ahí empieza la historia que Schoeller de verdad quiere contar.








