Kokuho. El maestro del kabuki (Lee Sang-il)

Tesoro nacional, sacrificio infinitesimal

No son pocas las películas que para la cinefilia apasionada por el cine del reino del sol naciente resultan auténticos documentos de aproximación cultural, ilustrativos tratados sobre determinadas parcelas artísticas del insondable legado japonés. En esta ocasión nos sumergimos en el fascinante mundo del teatro tradicional nipón. En el periodo clásico, recordemos por ejemplo al ‹sensei› Kurosawa y su extraordinaria apropiación de los recursos expresivos del teatro Nô en su espectacular adaptación de Macbeth, Trono de sangre (1957). Ahora, en pleno siglo XXI, Lee Sang-il, responsable de títulos como Hula Girls (2006) o Rage (2016), sobre el guion de Satoko Okudera, nos propone un poderoso drama, épico y poético a un tiempo, que adapta la novela homónima de Shūichi Yoshida, en torno al más popular teatro ‹kabuki›.

En 1964, en Nagasaki, Kikuo Tachibana (Ryō Yoshizawa) es un joven marcado por la violencia. Su padre, perteneciente a la ‹yakuza›, es asesinado una noche fatídica de teatro aficionado por una banda rival ante los ojos del hijo desorientado. Esa contradicción irresoluble entre el origen fatídico y la salvación por el arte, va a ensamblar una historia personal de superación, disciplina y sacrificio sin tregua hasta convertirse en el mejor actor ‹onnogata›, es decir, aquellos que a partir de cierto momento en la evolución de la disciplina interpretan roles femeninos. De hecho, la potencia visual de la película, que en ningún momento va a decaer, nos introduce en su universo con ese primoroso plano detalle del cuello del actor por detrás que el maquillaje blanco impenetrable va transformando. E inmediatamente después del ataque mortal, será el descomunal búho tatuado en la espalda del hijo maldito el que nos recuerde su estirpe criminal, y también el que nos presente el título de la película —el enfrentamiento insalvable de dos mundos opuestos—.

Después de la tragedia, Kikuo es acogido en su casa por Hanjiro Hanai (el siempre fantástico Ken Watanabe), un prestigioso actor de ‹kabuki›, que descubre su talento emergente y decide convertirse en su maestro para que siga sus pasos. Kikuo deberá competir desde pequeño con Shunsuke, el hijo del actor, ya que ambos aspiran a convertirse en el mejor ‹onnogata› de su generación. Su prolongada andadura a lo largo de 50 años de la Historia del Japón contemporáneo, concita tanta rivalidad y esfuerzo sobrehumano, como también una hermosa historia de amistad y recíproca admiración.

No cabe duda de que para el observador occidental, este ejercicio teatral tan exigente, que en última instancia pretende recrear la esencia misma de la feminidad en el escenario, puede resultar demasiado ajeno y confuso. Sobre lo que no se puede admitir discusión alguna es sobre el virtuosismo preciosista con el que la cámara del cineasta japonés aprehende la delicada ritualidad, la vibrante belleza de los ropajes, los colores, los maquillajes o los peinados de los intérpretes. Sobre las concurridas tablas, asistiremos a las representaciones de obras clásicas de la tradición del teatro ‹kabuki› como La doncella garza, La doncella de la Glicinia, Los amantes suicidas de Sonezaki o Dos leones, de manera que lo que ocurre en la vida real o ente bambalinas se construye sobre la complejidad emocional y vivencial de la relación cambiante entre los propios protagonistas, en un paralelismo precioso y perfectamente ensamblado en el curso narrativo del film, que cobra un sentido alegórico mediante prolongadas secuencias que nos permiten acercarnos a este arte milenario como si en el mismo patio de butacas estuviésemos. En consonancia con todo lo anterior, los apartados de dirección de arte, fotografía, vestuario y acompañamiento musical son apabullantes, y en su densidad expresiva resultan casi hipnóticos. En este sentido, cabe recordar la nominación del film al Oscar al mejor maquillaje en la última edición de los galardones norteamericanos. Además, alcanzó otro récord en los Premios de la Academia de cine de Japón con 10 estatuillas otorgadas.

Y para concluir, quisiera terminar como lo hace la misma película, con esa última representación de La chica garza, en azulados efluvios de conocimiento y melancolía, que ponen ante los ojos del ya emblemático Kokuho todas esas renuncias inconfesables que han forjado la leyenda, pero también nos recuerdan todas las lagrimas contenidas o derramadas, como los copos de nieve que cubren a la joven mujer perdida hasta que baje el telón.

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