A veces resulta difícil enfrentarse a una opinión cuando la obra de la que vas a hablar te ha hecho pasar por toda una gama de emociones que, en última instancia, forman una sensación positiva por haber sido todo un viaje.
House of Sayuri, como película de terror, es una experiencia que vale la pena afrontar sin tener mucha idea de lo que vas a ver. La película de Kōji Shiraishi, autor reconocido entre los fans del ‹J-horror› por películas como La maldición (2005) o Grotesque (2009), recupera, quién sabe si a propósito, el espíritu del disparate que uno espera ver en cierto cine asiático con la formalidad y seriedad que lo mantiene vivo entre sus fans, que entrarán en su juego con tanto miedo como ilusión.

Dividida en 4 actos bien diferenciados, lo que Shiraishi tiene claro es que nadie se aburra. El primer tramo, que corresponde a un ‹J-horror› estricto, es un cúmulo de situaciones terroríficas que nos sirven para conocer la personalidad de Sayuri, un espíritu risueño (jijiji) que habita el hogar al que la familia protagonista se ha mudado. Tras esta primera media hora —o algo menos—, uno empieza a preguntarse qué queda por ver si todo “esto” ya ha pasado, temiendo que tras tanta escalera de emociones (ojo con la traviesa fantasma) la película se pueda venir abajo. Y no, vaya que no.
Porque lo verdaderamente divertido de House of Sayuri es comprobar cómo una película que parece saber perfectamente qué clase de obra estamos viendo empieza poco a poco a desobedecer sus propias reglas. Shiraishi juega con nuestras expectativas con una confianza bastante admirable y, cuando creemos haber entendido el tono, lo cambia; y, cuando esperamos que vuelva a la normalidad, vuelve a retorcerlo; y, cuando finalmente asumimos el disparate, todavía encuentra alguna manera de llevarlo un poco más lejos.
Como me debo a mi consejo sobre ver House of Sayuri a ciegas para entrar en su montaña rusa en todo su esplendor, no desarrollaré más pensamientos al respecto de la trama, si bien quiero dejar claro que no es una película que se diría rara, bizarra o desagradable, pese a, en cierta medida, serlo. Es, más bien, una película que sabe qué giros son predecibles y, a sabiendas, los retuerce para confundir hasta volverlo casi todo impredecible y, sobre todo, entretenido.

También hay algo especialmente agradecido en cómo entiende el humor. No parece que Shiraishi quiera convertir el terror en una comedia, sino encontrar ese punto en el que lo grotesco puede resultar tan excesivo que termina provocando una carcajada que ayuda a aliviar un poco la tensión. La violencia, además, acompaña esta transformación de manera bastante natural, pasando de la inquietud y el suspense de los primeros compases a una sucesión de situaciones cada vez más salvajes, absurdas y, en ocasiones, genuinamente desagradables. Y, contra todo pronóstico, la película consigue que ese cambio no parezca un simple capricho en su contexto.
Con los recursos mínimos y necesarios para hacer funcionar una película de terror, al menos en apariencia, apariencia de telefilm y una seguridad indiscutible en la dirección que nos conduce con mano firme hacia todo tipo de derroteros, House of Sayuri es un delirio orgulloso de serlo y, seguramente por ello, muy disfrutable de ver, de sufrir y de cuestionar. Puede que no todo funcione con la misma intensidad y que, una vez abandonada aquella primera atmósfera de ‹J-horror› clásico, parte de su encanto dependa más de la sorpresa que de la construcción del miedo, pero resulta difícil reprocharle que no intente hacer algo distinto con lo que tiene.
Al final, pocas cosas hay más satisfactorias en el terror que una película que consigue hacerte creer durante un rato que sabes perfectamente hacia dónde va para, después, demostrarte que no tenías ni idea.






