Decía el escritor James Baldwin que «el amor nunca ha sido un movimiento que goce de popularidad: el mundo aguanta en pie por el amor y la pasión de un número muy reducido de personas». Tender Loving Care, escrita y dirigida por Mike Leigh, retrata estas delicadas redes de cuidados que nos sostienen a partir de cuatro personajes. Tenemos a Amy (Kate O’Flynn) y Rosie (Alice Bailey Johnson), trabajadoras sociales y mejores amigas, quienes vuelven a compartir piso tras la ruptura de Amy y se acompañan en sus crisis personales y laborales. Ambas visitan a menudo a los padres de Amy, Birdie (Marion Bailey) y Geoff (Paul Jesson), que tratan de mantener el mejor de los ánimos mientras se enfrentan al inexorable avance de la vejez.
El largometraje se concentra en esta suerte de familia y genera un espacio emocional íntimo para hacernos partícipes de ella. La mayoría de secuencias suceden en espacios cerrados, con una luz cálida y de bajo contraste. Y Leigh hace suya la poética del primer plano para acercarse (y acercarnos) a sus protagonistas. La mirada, la sonrisa, las lágrimas contenidas; cada gesto, articulado con una precisión magistral por las actrices, adquiere una presencia total en pantalla. La cámara deja que sea el rostro el que narre y se convierte así en una reivindicación de la humanidad radical como punto de vista.
Porque Leigh no deja de mirar el mundo, y la intimidad de Tender Loving Care nunca la empequeñece. La cotidianidad de los cuatro personajes se intercala con los casos que atienden Amy y Rosie en su trabajo: adolescentes abandonados, madres lidiando con la adicción, hombres hospitalizados sin un hogar al que volver. Son individuos en los márgenes del sistema que conocemos en una única secuencia cada uno, y esta estructura tiene un propósito doble. Por una parte, reproduce el contacto esporádico que las trabajadoras sociales tienen con ellos, suficiente para conocer su historia pero no para ofrecerles el apoyo o la ayuda material que necesitarían. Por otra, presenta todo un abanico social que amplía continuamente el universo de la película y que va construyendo no ya el retrato de una familia sino de todo un país. La historia central se sitúa en un contexto de distribución desigual de los cuidados, donde las redes informales de amistad y afecto son a menudo las únicas que permanecen cuando las garantías institucionales se desmoronan.
La que será con toda probabilidad la última película de Mike Leigh solo es posible como resultado de la maestría que da una carrera como la suya. El Festival de San Sebastián ha sabido reconocerlo, y la ha premiado con la Concha de Oro, además de Mejor Guion y Mejor Interpretación Protagonista para Kate O’Flynn (ex-aequo). Es motivo de celebración: Tender Loving Care es una gran obra sin aspavientos, de discreta y meticulosa contundencia, que llega desde lo trivial a lo profundo y de lo íntimo a lo político. En el plano final, la cámara se aleja de los personajes, regalándoles un momento de respeto cuando lo necesitan; y este movimiento sirve de despedida de una mirada que se va con el mismo cuidado y empatía con los que ha observado.









