La deriva (Tsai Ming-liang)

«El Tathāgata no viene de ninguna parte ni va a ninguna parte. Por eso es llamado el Tathāgata.»

Con esta frase extraída del Sutra del diamante da pie la décimo tercera pieza de La serie del Caminante, raíz creativa y experimental del inconmensurable Tsai Ming-liang. A riesgo de equivocarme —y asumiendo mi total ignorancia alrededor del budismo—, el Tathāgata hace referencia al principio espiritual de aquel que alcanza la verdad o el máximo estado de trascendencia. Si tomamos en cuenta la cita seleccionada, tal vez podamos dilucidar con más claridad el camino incierto que guía al monje de sotana roja que interpreta devotamente, una vez más, el actor Lee Kang-sheng, que, como feliz curiosidad, ahora recorre con parsimonia y solemnidad el paisaje de San Sebastián.

A modo de advertencia, cabe señalar previamente que La deriva (2026) es un ejemplo radical de un cine en los márgenes y ajeno a cualquier convención. En esta ocasión, el ritmo y la cadencia que propone el director taiwanés es más tendido (incluso) al de sus ficciones más recordadas —pienso en títulos como The Hole (1998), Goodbye, Dragon Inn (2004) o Days (2020), por ejemplo—. Para aquellos espectadores totalmente inadvertidos, es pertinente destacar a Tsai Ming-liang como uno de los máximos exponentes contemporáneos del slow-cinema, y su obra —reservada para la paciencia de unos pocos— apela a unas determinadas sensibilidades donde el transcurrir del tiempo circula sobre las superfícies como un hilo transversal y orgánico sobre el que reflexionar (y/o evadirse) del presente; en un ejercicio de ‹stand-by› frente a la velocidad incesante que ejecuta la urbe y los ciclos del día a día.

La deriva es otra apertura sobre el espacio y el tiempo: una manera de observar el instante presente y acompasarse en él. En este sentido, el film busca transitar en la inmediatez, mostrando el contraste de la lentitud del monje con el ritmo regular de su alrededor y generando estas fricciones en el curso de todas las cosas.

Para distinguir su propuesta, aparte del encanto de la localización escogida, es interesante reconocer ciertas fugas ajenas o colindantes al trayecto del protagonista. De hecho, la película comienza mostrando el mar embravecido; un plano que viene acompañado por otro desde el perfil de una figura humana que lo observa —imagen que recuperará en los últimos compases del film, descubriendo su mirada al espectador—. Esta construcción narrativa está cimentada en la intuición, y su concatenación de escenarios amplifica el conjunto y su ambición, que va desde la tranquilidad de un anciano que da de comer a las gallinas hasta un concierto de punk en el interior de una sala cerrada. En esta sucesión también se articula el silencio revelador de una serie de personajes solitarios que ven con melancolía el transitar del personaje extranjero, en planos igualmente tendidos que recuerdan a la pesadumbre existencial del primer cine de Chantal Akerman.

Por lo que concierne a la imagen de San Sebastián, resulta llamativo el contraste producido entre naturaleza y civilización, acentuado por la incorporación iconográfica de las esculturas de hormigón y hierro de autores como Eduardo Chillida o Jorge de Oteiza. En ese sentido, la relación de ambas sensibilidades —a través de distintos tiempos y espacios— se conjugan a favor de la espiritualidad en la que cree el director. Estos continuos choques entre el mundo tecnológico (o meramente físico) y la postura imperturbable del monje colisionan en la fragmentación de distintos elementos, representado, por ejemplo, en el reflejo de unas escaleras mecánicas que no paran de repetir el mismo movimiento sin que nadie suba ni baje por ellas.

Como sentencia desde el principio, La deriva viene y va hacia ninguna parte. No hay conclusiones precipitadas ni diálogos que respondan a la búsqueda de explicaciones adicionales. En su sencillez pragmática y elemental, el Caminante de Tsai Ming-liang sigue recorriendo el curso de la vida para imprimir el desconcierto del mundo presente. Por supuesto, el tiempo avanza inclemente como un sendero innegociable, pero ir un poco más despacio es, contra todo pronóstico, una manera con la que uno parece poder alcanzarlo.

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