Una página de locura (Teinosuke Kinugasa)

Este año 2026 se cumplen 100 años del estreno en Tokio de Una página de locura (狂った一頁). Dirigida por Teinosuke Kinugasa (Japón, 1896-1982), la película cuenta la historia de un hombre que entra a trabajar en un hospital psiquiátrico con el fin de liberar a su esposa recluida en el mismo.

Tengo que empezar reconociendo que el breve argumento que he enunciado en el párrafo anterior no ha sido tanto consecuencia del visionado de este film, sino de lecturas que a posteriori he realizado sobre el mismo. Esto es así porque el guión, escrito por un jovencísimo y futuro Premio Nobel, Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972) e integrante del movimiento literario ‹Shinkankaku-ha›, que pretendía romper con el realismo tradicional y sustituirlo por percepciones e impresiones, hace que el detalle del argumento no sea muy evidente e incluso resulte secundario en la fundamentación artística de una película, que apela más a las sensaciones visuales que a las certezas narrativas, con la inclusión de imágenes que, en ocasiones, incluso podríamos conectar con el surrealismo.

Se trata de una película que se mueve en márgenes diferentes a lo que habitualmente es el cine mudo y que, en cierta forma, desde el ámbito visual emparenta con el cine de Dziga Vertov. La obra abraza lo experimental y vanguardista: es audaz, expresionista, presenta vertiginosos movimientos de cámara y ‹zooms›, utiliza imágenes superpuestas y transmite una sensación insana, enfermiza y desasosegante de locura, en la que la realidad resulta algo inaprensible para un espectador que debe dejarse llevar por el influjo de la imagen.

Un film que juega más con la percepción que con el relato, donde elementos como el baile, el agua o los barrotes de las celdas se repiten de forma constante, erigiéndose en símbolos que buscan recrear una atmósfera desconcertante. Esta además se acrecienta por la ausencia de rótulos (casi un tabú en el cine japonés de la época donde la figura del ‹benshi› o narrador, que explicaba las películas al público de las salas durante su visionado, estaba muy asentada) y que parece querer incitar al espectador a sentir únicamente a través de las imágenes, sin intermediario alguno ni trama evidente.

El director, con una carrera que abarca cuatro décadas, hasta los años 60, y con una extensísima filmografía que incluye como película más reconocida La puerta del infierno (1953) hace un ejercicio de estilo en esta obra de culto. La cinta se creyó desaparecida durante casi medio siglo hasta que él mismo encontró una copia por casualidad en 1971 en un almacén de su propiedad, aunque con parte de su metraje destruido por el deterioro. Su recuperación constituye hoy el redescubrimiento de una singularidad en la historia no solo del cine japonés, sino del cine en general.

La angustia de un hombre que intenta rescatar a la mujer, la figura ambigua del director del sanatorio, los enfermos, el ambiente tétrico y viciado del lugar, la presencia de la locura y el recuerdo, la angustia, un terror que apela más a la psique que al susto… todo ello es lo que pretenden plasmar esta sucesión de imágenes que buscan trazar una historia en cada uno de nosotros, por encima de una trama que se diluye y que nos lleva de la tragedia a la mascarada.

Una experiencia sensorial, que sumerge al espectador en la propia demencia de los personajes y que sin duda merece la pena como artefacto cinematográfico único y de gran interés.

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