Camp (Avalon Fast)

El cine de género continúa deformando su mirada y difuminando sus límites. Lo terrorífico ya no brota de las imágenes que el espectador debe asimilar como tal, sino de aquellas estampas que generan una reacción en sus personajes, indagando en un horror que pervive de forma interna y surge de la propia experiencia, de lo vivido.

Emily, protagonista del segundo largometraje de Avalon Fast, vive marcada por la tragedia, perseguida precisamente por las imágenes de un horror, como decía, latente. Aquello que rastrea la cineasta canadiense con su cámara, es el trauma de los sucesos pasados, de lo que en realidad somete a la protagonista hasta el punto de terminar en un campamento cristiano para adolescentes con problemas.

La llegada a un nuevo lugar desde el que afrontar esos eventos que marcaron el periplo de Emily no solo está sujeta, pues, a la propia huida que emprende, sino también al hecho de poder encontrar, como ella misma reconoce, un remanso de paz entre sus nuevos compañeros, aliviando así un dolor que la acompaña a donde quiera que vaya.

Avalon Fast dispone, como es lógico, dicho espacio como uno desde el que generar un contraste con la realidad y dar forma a un relato teñido por lo fantástico y notas de un terror que se afianza más en lo temático —por los elementos que recogemos de ese campamento, con ritos velados, adolescencias turbulentas y conductas atípicas— que en lo que podamos atisbar en sus imágenes; es más una representación que un hecho concreto, siempre acompañado por esos recuerdos de los que Emily no se puede deshacer, y que la cineasta dibuja en secuencias sujetas a un extraño onirismo.

Camp no huye de los tropos del género, pero los resignifica como algo volátil, vaporoso, que pervive en un ambiente enrarecido pero casi nunca amenazador. El trance, una vez más, está tanto en la etapa que afrontan algunos de sus personajes —como esa muchacha que Emily intentará acoger en su seno ante su problemático devenir y los cambios hormonales típicos de dicho periodo—, como en un profundo trauma que su protagonista rara vez se atreve a exteriorizar.

El estigma da forma a una mirada pertrechada en el duelo que, pese a todo, no se encierra en sí misma. Emily avista con claridad la meta de una conciliación que le permita continuar adelante sin arrastrar esa culpa y pesar que la atenazan, pero concibe el gesto comprensivo como una forma de atisbar dicha reparación. Sus vínculos más estrechos quizá sean contados, pero en ellos se percibe una honestidad vital en esa búsqueda.

La cineasta transforma el espacio en cuestión en un receptáculo que reformular mediante las constantes del género, algo que refuerza desde su poderosa concepción visual. Pero sin perder nunca la perspectiva de un dolor que es precisamente el encargado de desfigurar una (ir)realidad sujeta a las misteriosas directrices del lugar. Lo ritual se sostiene como parte identitaria de ese campamento, pero el camino de Emily siempre arrastra la misma marca, el mismo tormento.

Es por ello que Camp apela al horror más como una idea en ocasiones enigmática e inalcanzable que como la explicitación de un temor concebible y físico, que solo se alcanza a través de un acto final catártico y consecuente con lo visto.

Quizá en esas latitudes, el film de la canadiense no encuentre siempre la representación más precisa, perdiéndose en una morosidad que aletarga sus atmósferas y mitiga las virtudes de su dominio tonal. En ese aspecto, Camp no explota todo el potencial que parecía atesorar, y aunque sus derivas resultan en ocasiones de lo más estimulantes, no terminan concretándose. Hay, no obstante, motivos para seguir de cerca a una autora que, más allá de saber dibujar un imaginario propio, dota de una organicidad al conjunto desde la que continuar proponiendo rupturas que sitúen el género en latitudes más ricas.

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