Dry Leaf (Alexandre Koberidze)

En un mundo capitalista los ciudadanos se organizan bajo la lógica de la posición de clase: los individuos con mayor poder adquisitivo son aquellos mejor valorados socialmente. Con el advenimiento del digital, en la actual sociedad de las imágenes ocurre algo similar: estamos sometidos a la nitidez de las imágenes, y muy especialmente a su resolución. La jerarquía es clara: la imagen con más resolución resultará más atractiva a los ojos del gran público, mientras que la imagen borrosa, pixelada o fuera de foco verá su valor rebajado.

La última película del georgiano Alexandre Koberidze, Dry Leaf (2025), en un arrebato igualmente lírico como contestatario, se adhiere a la corriente de las imágenes pobres, como hiciera Hong Sang-soo en 2023 con su artefacto experimental In Water (2023), cuyas imágenes aparecían siempre fuera de foco. Mucho más lejos fue Agnès Varda quién, en una muestra entusiasta —igualmente intelectual como infantil, de aprender a través del asombro— por las posibilidades de la imagen digital, se convirtió en espigadora en Los espigadores y la espigadora (2000), y recolectó todas esas imágenes que otros cineastas desecharían por antiestéticas. El espíritu de Koberidze se hermana con este credo, pero también podría hacerlo con el manifiesto Por un cine imperfecto, del cineasta cubano Julio García Espinosa, quien subrayaba en los años 60 que el cine imperfecto, además de portar con orgullo la enseña de su imperfección, era siempre popular y comprometido. Si Dry Leaf resulta emocionante es, en parte, por bracear a contracorriente de los modos modernos de producción (filmada con el antiguo móvil Sony Ericsson del 2008 de Koberidze, aparentemente el mismo con el que rodó su primer largometraje —Que el verano no vuelva nunca más (2017)—, y contando con su padre como protagonista y su hermano como compositor), pero también por oponerse frontalmente contra la imagen actual aséptica, pomposa en detalles y perfectamente nítida.

El principal foco de interés de la última película de Koberidze se apoya en que intuimos mucho más que vemos, en que nuestro cerebro deberá hacer el trabajo de rellenar los huecos de información que nos ofrece la imagen pobre. El cineasta se cuestiona a lo largo de las tres horas de metraje qué vemos como espectadores y si importan tanto las imágenes como el modo de ensamblarlas. Además, nos exige un peaje: debemos enfrentarnos de forma activa a las imágenes. El ejercicio resulta divertido, y es que Dry Leaf encaja a la perfección con la dimensión lúdica que el georgiano introduce habitualmente en sus películas (en ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, por ejemplo, instaba al espectador a cerrar los ojos, advirtiéndole que al volver a abrirlos se habría producido un milagro). Buen ejemplo de ello es una escena en la que el cineasta dirige su ‹zoom› hacia la portería de un campo de futbol asilvestrado: en primera instancia podríamos pensar que busca un detalle, algún elemento de interés que habíamos ignorado dentro del mar de píxeles que inunda la pantalla. Pero el ‹zoom› no se detiene y funciona, además de como burla (¿realmente esperábamos encontrar “algo” acercándonos a un objeto ya de por sí nebuloso?), como reflexión sobre las propiedades de la imagen pobre, que tiende a la más pura de las abstracciones: una idea visual deudora del cine de vanguardia.

En esta búsqueda de una hija desaparecida (que podría funcionar como antagonista verdaderamente espiritual y mística de Sirāt, como reverso rural de las sinfonías urbanas de Vertov/Ruttmann o emparentarse incluso con el periplo espacial-paisajístico de Centauros del desierto) se nos invita a ralentizar el tiempo y a disfrutar, pura y llanamente, del acto de la mirada. Las pinceladas que cubren este lienzo del postimpresionismo digital, sin embargo, no impiden ver el humanismo de Koberidze. Arraigado a su tierra, a su amor por el futbol, por los animales, por la naturaleza y por las personas, se cuestiona el valor de las relaciones humanas y de nuestro vínculo con la tierra. La ternura en la mirada de Irakli, hilo conductor de la película, ¿no es la misma que la de su hija, que la de su acompañante invisible Levan o que la del propio cineasta? En el gesto de pararnos y observar lo que nos rodea, vemos al viento meciendo arboledas, a “perretes” durmiendo plácidamente al sol, a asnos retozando alegremente con la hojarasca. Ya habréis advertido que apenas hemos esbozado la trama de la película… ¿por qué? Porque es poco más que un pretexto y porque al final del día, antes de caer rendidos en nuestras camas, podremos pensar sobre los caminos. Sobre lo maravilloso que resulta que existan los caminos.

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