Henry Johnson (David Mamet)

David Mamet regresa al cine adaptando una obra teatral propia. Regresa, sí, pero sin hacer concesiones a nadie: Henry Johnson es una película incómoda, radical, antipática, exigente, hostil y profundamente desesperanzada. Un trabajo a contracorriente en el que su autor, exacerbando aquello que le dio fama y prestigio (esa barroca arquitectura verbal que aquí alcanza unos niveles de refinamiento y complejidad verdaderamente llamativos), intenta hablar de poder, manipulación, justicia y moral, valiéndose de la figura de un apocado e inteligente abogado (Evan Jonigkeit) que, en su empeño por entender al otro y hacer lo que cree correcto, acaba sumido en una espiral de oprobio y autodestrucción. Para ello estructura su obra en tres actos (o cuatro secuencias largas), construidos sobre tensos y enrevesados intercambios verbales (algunos, como el primero, de una inteligencia casi diabólica), dentro de un planteamiento formal y narrativo minimalista y abstracto, brechtiano en su depuración escénica, y vertebrado en base a elipsis abruptas, casi mareantes en su alcance y osadía, que dejan al espectador en una tierra ignota en la que deberá esforzarse por desentrañar el sentido que subyace bajo esa catarata de palabras que, especialmente en lo que atañe al segmento de Shia LaBeouf, cae sobre el espectador de forma inclemente.

Uno de los principales problemas, a mi juicio, radica en esto mismo: dada su naturaleza casi de ensayo filosófico, la película rechaza frontalmente cualquier forma de realismo, y eso le otorga un cariz agobiante y un tanto artificioso a todo el asunto, con los personajes hablando, discutiendo y razonando como si no fueran individuos reales, sino instrumentos al servicio de una idea. Que la cinta se mueva y respire en un campo eminentemente teórico tampoco debería suponer un problema, en todo caso. Quizás sí lo sea que Mamet no sepa controlar su verbo escurridizo y, en ocasiones, algo críptico, pero esto puede delatar más las limitaciones de quien esto escribe que no las de su autor. Dicho de otro modo: a veces cuesta seguir el hilo que nos lleva de un tema a otro; es una obra muy densa, de lenguaje recargado y tono obscuro y enfebrecido, y eso incide en cierta sensación de desconcierto, de desorientación casi argumental, que poco a poco se va diluyendo conforme avanza y se impone el sentido. Mamet, en resumen, suele ir durante todo el metraje varios pasos por delante del espectador, tanto para lo bueno (ese esquivo despliegue narrativo provoca fascinación) como para lo malo (también puede provocar que parte del público se harte y abandone a mitad de camino).

Salvando este escollo, la película constituye una ‹rara avis› apasionante dentro del adocenado cine imperante. Con elementos mínimos, Mamet construye una fábula oscura que analiza estos tiempos oscuros en que vivimos (tiempos de confusión e incertidumbre moral), cuestionando el sistema, sus mecanismos de control y el sentido de la compasión y la empatía en un escenario en el que se prioriza el individualismo, el engaño y la manipulación. Su reparto, excepcional del primero al último (Jonigkeit y LaBeouf están muy bien, pero Chris Bauer y Dominic Hoffman dominan sus personajes con una autoridad admirable), contribuye al éxito de la película; el resto lo pone la inteligencia de Mamet, al servicio de un pesimismo demoledor. Si Clint Eastwood, en Jurado Nº 2 (otro estudio moral sobre las luces y sombras de la ley), cerró su carrera con un plano/contraplano que nos reafirmaba en la idea de que la justicia siempre llega y prevalece, aunque el sistema falle como tal, en Henry Johnson el humanismo del autor de Sin perdón se troca en pura amargura, condensada en esa shakespeariana y demoledora sentencia —«Eso es todo»— que cierra ominosamente la película, cayendo, como piedra en un pozo sin fondo, en la conciencia del espectador, al que no se le ofrece vislumbre ni atisbo de esperanza. Para echarse a temblar.

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