Milk (Stefanie Kolk)

La asepsia de la distancia

El tópico suele hablar de la franqueza algo chocante de la idiosincrasia neerlandesa. Y, como también es bien sabido, cualquier tópico existe porque encierra parte de verdad. Algo así parece ser lo que nos quiere transmitir el debut de Stefanie Kolk en su drama obstétrico Milk. Un film que se caracteriza por su frontalidad a la hora de transmitir su mensaje de forma tan fría que puede rozar incluso la apariencia de indiferencia ante el dolor; como si fuera más producto de una observación científica que de una exploración cinematográfica del sufrimiento.

Pero si fina es la línea entre sinceridad y crueldad, también lo es la que separa el alejamiento posicional en la puesta en escena de la voluntad de desentenderse de lo que pasa. Y es que Kolk parece muy interesada en dejar fluir, en no intervenir en el propio proceso de sanación de sus protagonistas, envolviéndolos en una atmósfera tan aséptica como torturadora. Pocas cosas son tan terribles como la sensación de vacío y que este se transmita a todo su entorno. Sin embargo, ello no es óbice para que, en esta postura casi “bressoniana”, haya algo que transmite una calidez extraña. Un amor no expresado en pequeños detalles ocultos entre tanto mecanicismo y que, paradójicamente, forma parte de lo que nos da un halo de esperanza (por tenue que este sea).

El rito del exorcismo silencioso

Sí, el rito mecánico de extracción de leche se presenta en toda su crudeza por su simbolismo, claro está. Pero, al mismo tiempo, cada extracción empieza a asemejarse menos a un acto de dolor por lo que trae consigo y más a un silencioso exorcismo, donde cada gota extraída en silencio es un paso más hacia la purificación, hacia alcanzar una especie de catarsis. Un rito, pues, que se combina con el mutismo. Ese con el que se extrae la leche, pero también del que la protagonista hace gala en excursiones silenciosas con otra gente. Una especie de terapia del dolor que, lejos del tópico de que lo que no se expresa produce más daño, parece indicar lo contrario.

La expiación fantasma

Silencio, rituales y comunidad. Hay algo que, sin mencionarlo, parece claramente religioso en Milk. Una especie de terapia de tipo protestante donde la expiación depende del diálogo interno, aunque en este caso no con Dios, sino con uno mismo. Un diálogo fantasma del que no somos oyentes activos, pero que podemos comprender perfectamente. No se trata de negociar con la propia pena, sino de contraponer el consuelo ajeno —a veces inútil por la comprensión superficial de la problemática— con una especie de cara a cara con el duelo en su estado más puro.

Contra el pornodrama

Milk, pues, es una propuesta arriesgada, dura y a veces de difícil digestión por lo árido de su planteamiento. Una película que puede resultar contraintuitiva en su omisión de la deriva pornodramática en la que fácilmente se podría haber desarrollado. Pero precisamente en su dificultad reside quizás su mayor virtud, sobre todo al dejar respirar y dar espacio a la reflexión, tanto sobre sus formas como sobre la historia que nos narra. Una propuesta para que también nosotros dialoguemos en silencio: sea sobre lo que sea que nos haga sufrir.

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