La alternativa | La casa del ángel (Leopoldo Torre Nilsson)

Adaptando una novela homónima de Beatriz Guido, La casa del ángel narra desde la perspectiva de Ana, una adolescente de 14 años que ha crecido en un entorno religioso y en el que toda expresión sexual es reprimida por su estricta madre, frente a un padre más preocupado por la política. Cuando Ana, quien ha interiorizado las enseñanzas de su madre, se empieza a exponer a las charlas de sus hermanas, más rebeldes, y comienza a sentir atracción por Pablo Aguirre, un joven político, su burbuja se comienza a resquebrajar y se enfrenta a un mundo completamente nuevo.

Leopoldo Torre Nilsson es uno de los directores fundamentales del cine argentino, y con La casa del ángel queda muy claro el por qué. En primer lugar, por la ambiciosa presentación visual, que tiene ecos muy obvios de las perspectivas radicales de Ciudadano Kane, y que aboga por el uso repetido de planos subjetivos y primeros planos agresivos; se deduce una impronta autoral marcada y una intención constante de elevar a nivel artístico y expresivo el texto original. Todo este esfuerzo hace que la película sea siempre visualmente llamativa y que esté plagada de planos memorables que potencian el viaje introspectivo de la protagonista, aunque en alguna ocasión se sienta que esta puesta en escena llama demasiado la atención sobre sí misma.

Y, si bien este despliegue es de por sí fascinante, la base narrativa que maneja la película, y que vertebra y da sentido a ese esfuerzo visual, es sin duda una de las miradas más complejas y exhaustivas que se han realizado sobre el proceso de autodescubrimiento sexual femenino. Lo es no solo por lo que cuenta de Ana como una chica reprimida que de repente descubre y afronta el deseo, aunque ya con eso hay capas y capas que se manifiestan en miedos, inseguridades y un constante tira y afloja entre la curiosidad cada vez más ineludible y la represión interiorizada; sino también por su retrato de un descubrimiento de la sexualidad marcado por el riesgo y por dinámicas de poder que le oprimen. Su despertar no es feliz, sino que está sujeto a su condición de mujer, joven e indefensa frente a una sociedad machista que tiene en último término el propósito de anularla. El personaje de Pablo, de quien Ana se enamora a primera vista, es despreciable, y Ana pasa de desearle a tenerle miedo, y de tenerle miedo a, finalmente, concluir su desarrollo personal como un apéndice sin voluntad de su ahora esposo, quien le trata sin afecto en su rutina matrimonial; este final infeliz es lo que da comienzo a la narración, estructurando el resto de la cinta en un ‹flashback› que ya condiciona durante todo el metraje al espectador a asociar su salida del nido con la conformidad asfixiante en la que se acabará convirtiendo su vida.

Paralelamente, la cinta trata temas como la falta de escrúpulos en la política, la corrupción y la disonancia entre la imagen pública y la privada con Pablo, y la complejidad y los matices de este personaje darían para toda una película paralela por sí solos, una que reflexiona sobre la situación política en el país y la integridad ideológica de los viejos valores. Pese a estar ambientada en los años veinte, su análisis del privilegio económico y moral de las clases pudientes, de la retórica política como un arma de doble filo que esconde intenciones y un estilo de vida mucho menos edificante de lo proclamado, o del honor decimonónico como una reivindicación performativa y vacía, hacen de esta una obra atemporal, que resonó casi cuarenta años después de la era en la que se ambienta, y que resuena también a más de un siglo de distancia de esta.

La casa del ángel es una película extraordinaria, una que se ramifica en numerosas implicaciones y no parece terminar nunca, sustentada por interpretaciones excelentes y por la agudeza de un guion que explora hasta las últimas consecuencias todos sus temas, pese a su breve metraje. Del mismo modo que su expresión visual es en ocasiones recargada y excesiva, también lo es su discurso, explicitado en los monólogos y diálogos de sus personajes, y hay momentos en los que se echa de menos una construcción narrativa más sutil; pero la complejidad y la ambición de este maravilloso artefacto narrativo es tal que se le puede perdonar e incluso aplaudir el exceso, por todo lo que el espectador se lleva tras su visionado. Nilsson realiza aquí una obra esencial para entender social y políticamente su país, una por la que no pasan los años y que, si acaso, tiene cada vez más fuerza y pertinencia.

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