An Impossibly Small Object (David Verbeek)

Durante los primeros minutos de An Impossibly Small Object, el protagonista del film es interpelado acerca de una fotografía tomada en las calles de Taipei durante un trayecto nocturno. Un acto que va más allá de cualquier respuesta, y desde el que David Verbeek, fotógrafo de profesión —además de cineasta a descubrir, con más de media docena de títulos a sus espaldas— y, en un gesto para nada casual, rostro central —por así decirlo— del film, emprende una búsqueda que se establece desde la imagen como forma de cuestionar y valorar el lenguaje en el que se enmarca, pero descubre sin embargo una amplia relación en el periplo emprendido por el cineasta, encontrando de ese modo motivos a través de los que trasladar una inquietud que, si bien se ve reflejada en las estampas tomadas por Verbeek al mismo tiempo, adquiere así una dimensionalidad a través de la que dotar de mayor profundidad a tal introspección.

An Impossibly Small Object nos traslada a dos lugares que bien podrían ser el epicentro del particular universo de David Verbeek: por un lado, su Holanda natal, desde la que definir un cierto desazón que se refleja especialmente en las conversaciones con sus padres; y por el otro, Taipei —una de tantas ciudades que han acogido al neerlandés en su confluencia con el continente asiático como segundo hogar—, donde su percepción visual (y vital) toma una magnitud distinta mediante las fotografías que realizará entre los oscuros callejones de la capital taiwanesa.

El vínculo sujeto entre el fotógrafo y el propio objetivo no nos lleva tanto a un reflejo de aquello que el primero desea capturar —que también—, sino a la lectura que se establece en torno a la imagen captada. Desde la fascinación sin motivo aparente que puede desentrañar una representación (en este caso, visual) capturada en décimas de segundo, al significado que puede atesorar ese modo de detener el tiempo, no siempre preso de una conciencia o intención concretas, pasando por la cantidad de interpretaciones que puede llegar a suscitar una estampa que en ocasiones terminará siendo contemplada por un significado alejado de la voluntad inicial. Una oportunidad, en definitiva, para que el público encuentre su misma historia encerrada en capturas cotidianas —pero sostenidas a veces por un marco patente de irrealidad— que bien podrían distanciarse de estas, pero dotan de un valor añadido al dispositivo.

Esa voluntad de crear nuevos mundos a través de un retrato que puede resultar tan sencillo como complejo al mismo tiempo, lo traslada Verbeek a un terreno en el que apelar a lo fantástico como respuesta a un recorrido que desplaza su cualidad de tangible, sumergiéndose en escenarios que revelan, desde la perspectiva del autor de R U There, una capacidad atmosférica inapelable —y que no deja, en cierto modo, de apuntar a algunos referentes del cineasta como David Lynch, por más que sus imágenes estén lejos de las creadas por el de Montana—; algo que logra en especial gracias a unas composiciones sonoras que evocan directamente a otros universos, y a un tratamiento de los espacios que, por momentos, se antoja irreal, conduciendo a una transformación en la que apropiarse de esa orografía tan propia, trasladada sin embargo a un microcosmos desde el que dibujar la inquietud a partir de un particular sosiego, apelando al carácter meramente visual de sus composiciones.

El vuelo de una cometa extraviada sobre el cielo de Taipei como parte de una serie fotográfica sobre la noche o el retrato de una ciudad que se deviene entre fantasmagórica y enigmática, se sobreponen así a su naturaleza intrínseca, elevando una representación donde la inevitable huida de lo familiar se detiene en la indecisión para terminar reflejando de algún modo una sensación de pérdida desde la que volcarse en lo emocional sin necesidad de huir de un discurso necesario. An Impossibly Small Object es una obra sugestiva, colmada de estímulos y, ante todo, la captura de un estado que se funde con una facilidad inusitada a través del prisma de Verbeek con la ciudad, como si entre las bellas y enigmáticas estampas capturadas por su objetivo y la propia circunstancia no se encontrasen los límites de dos dimensiones que confluyen en absoluta armonía.